Mujer, ahí tienes a tu hijo!” María, madre de los creyentes

3 abril, 2020

1. «Todos hemos nacido allí»

Continuamos y concluimos nuestra contemplación de María en el misterio pascual. El objeto de nuestra reflexión de hoy es la palabra que Jesús dirige desde la cruz a María y al discípulo a quien él amaba: «Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!” Después dice al discípulo: “¡Ahí tienes a tu madre!” Y desde aquel momento el discípulo la acogió como algo propio» (Jn 19,26-27).

En Adviento, al terminar nuestras consideraciones sobre María en el misterio de la Encarnación, hemos contemplado a María como Madre de Dios, ahora al finalizar nuestras reflexiones sobre María en el Misterio pascual, la contemplamos como Madre de los cristianos, como Madre nuestra.

Debemos precisar en seguida que no se trata de dos títulos ni de dos verdades que haya que poner en el mismo nivel. «Madre de Dios» es un título definido solemnemente; se basa en una maternidad real, no sólo espiritual; tiene una relación estrechísima, más aún, necesaria con la verdad central de nuestra fe, que Jesús es Dios y hombre en la misma persona; y es, finalmente, un título universalmente acogido en la Iglesia. «Madre de los creyentes», o «Madre nuestra» indica una maternidad espiritual: tiene una relación menos estrecha con la verdad central del credo; no se puede decir que el cristianismo lo haya mantenido «en todas partes, siempre y por todos», sino que refleja la doctrina y la piedad de algunas Iglesias, en particular de la Iglesia católica, aunque, como veremos, no sólo en ella.

San Agustín nos ayuda a captar rápidamente la semejanza y la diferencia entre las dos maternidades de María. Escribe: «María, corporalmente, es solo madre de Cristo, mientras que espiritualmente, en cuanto que hace la voluntad de Dios, es su hermana y madre. Ella no fue madre en el espíritu de la Cabeza que es el mismo Salvador, del cual más bien nació espiritualmente, pero ciertamente lo es de los miembros que somos nosotros, porque cooperó, con su caridad, al nacimiento de los fieles en la Iglesia, que son miembros de esa Cabeza»[1].

En esta meditación, nuestro objetivo quisiera ser el de ver toda la riqueza que hay detrás de este título y el don de Cristo que contiene, de modo que nos sirva, no solo para honrar a María con un título más, sino para edificarnos en la fe y crecer en la imitación de Cristo.

También la maternidad espiritual de María respecto de nosotros, análogamente a la física respecto de Jesús, se realiza a través de dos momentos y dos actos: concebir y dar a luz. María pasó a través de estos dos momentos: nos concibió y dio a luz espiritualmente. Concibió, es decir, acogió en sí misma, cuando —quizá en el momento mismo de su llamada, en la Anunciación, y ciertamente después, a medida que Jesús avanzaba en su misión— empezó a descubrir que ese hijo suyo no era un hijo como los demás, una persona privada, sino que era el Mesías esperado, en torno al cual se estaba formando una comunidad.

Este fue, pues, el tiempo de la concepción, del «sí» del corazón. Ahora, al pie de la cruz, es el momento del sufrimiento del parto. Jesús, en este momento, se dirige a la madre, llamándola «Mujer». Aun sin poderlo afirmar con certeza, conociendo la costumbre del evangelista Juan de hablar, además de directamente, también por alusiones, símbolos y referencias, esta palabra hace pensar en lo que Jesús había dicho: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le llega su hora» (Jn 16,21) y a lo que se lee en el Apocalipsis de la «Mujer encinta que gritaba de dolor en el trance del parto» (cf. Ap 12,1s.).

Aunque esta Mujer es, en primer lugar, la Iglesia, la comunidad de la nueva alianza que da a luz al hombre nuevo y al mundo nuevo, María está involucrada igualmente en primera persona, como el inicio y la representante de aquella comunidad creyente. Ese acercamiento entre María y la figura de la Mujer ha sido acogido pronto por la Iglesia. San Ireneo (discípulo de san Policarpo, ¡a su vez discípulo de Juan!), ve en María a la nueva Eva, la nueva «madre de todos los vivientes»[2].

Pero dirijámonos ahora al texto de Juan, para ver si contiene ya algo de lo que estamos diciendo. Las palabras de Jesús a María: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» y a Juan: «Ahí tienes a tu madre» tienen ciertamente un significado inmediato y concreto. Jesús confía María a Juan y Juan a María.

Sin embargo, esto no agota el significado de la escena. La exégesis moderna, habiendo hecho progresos enormes en el conocimiento del lenguaje y de los modos expresivos del Cuarto Evangelio, está cada vez más convencida de ello que en el tiempo de los Padres. Si se lee el pasaje de Juan únicamente en una clave minúscula, casi de últimas disposiciones testamentarias, resulta —se ha dicho— «un pez fuera del agua» y por lo tanto, una disonancia en el contexto en el cual se encuentra. Para Juan, el momento de la muerte es el momento de la glorificación de Jesús, del cumplimiento definitivo de las Escrituras y de todas las cosas. Cada versículo y cada palabra en ese contexto tienen también un significado simbólico y aluden al cumplimiento de las Escrituras.

Dado este contexto, es más un forzamiento hecho al texto el no ver allí más que un significado privado y personal, que el ver, con la exégesis tradicional, también un significado más universal y eclesial, vinculado, de alguna manera, a la figura de la «mujer» del Génesis 3,15 y del Apocalipsis 12. Este significado eclesial es que el discípulo no representa aquí solo a Juan, sino al discípulo de Jesús en cuanto tal, es decir a todos los discípulos. Ellos son dados a María como hijos suyos por parte de Jesús moribundo, del mismo modo que María es dada a ellos como madre suya.

Las palabras de Jesús, a veces, describen algo que ya está presente, es decir, revelan lo que existe; en cambio, a veces, crean y hacen existir lo que expresan. A este segundo orden pertenecen las palabras de Jesús moribundo a María y a Juan. Como al decir: «Esto es mi cuerpo»…, Jesús hacía del pan su cuerpo, así, teniendo en cuenta las debidas proporciones al decir: «Ahí tienes a tu madre», y «Ahí tienes a tu hijo», Jesús constituye a María como madre de Juan, y a Juan hijo de María. Jesús no se limitó a proclamar la nueva maternidad de María, sino que la instituyó. Por lo tanto, dicha maternidad no viene de María, sino de la Palabra de Dios; no se basa en el mérito, sino en la gracia.

Al pie de la cruz, María se nos muestra como la hija de Sión que, después del luto y de la pérdida de sus hijos, recibe de Dios una nueva descendencia, más numerosa que antes, no según la carne, sino según el Espíritu. Un salmo, que la liturgia aplica a María, dice: «Contaré a Egipto y a Babilonia entre los que me reconocen; también filisteos, tirios y etíopes han nacido allí. Y de Sión se dirá: “Esta ha nacido allí» (Sal 87,2s). Es verdad: ¡todos hemos nacido allí! Se dirá también de María, la nueva Sión: tanto uno como otro han nacido en ella. De mí, de ti, de cada uno, incluso de quienes no lo saben todavía, en el libro de Dios, está escrito: «Este ha nacido allí».

Pero, ¿no hemos «vuelto a nacer por la Palabra de Dios viva y eterna» (cf. 1 Pe 1,23)?; ¿no fuimos «engendrados por Dios» (Jn 1,13)? ¿Renacidos «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5)? Es verdad, pero eso no quita que, en un sentido diferente, subordinado e instrumental, hemos nacido también de la fe y del sufrimiento de María. Si Pablo, que es un siervo y un apóstol de Cristo, puede decir a sus fieles: «Yo os engendré para Cristo cuando os anuncié la Buena Noticia» (1 Cor 4,15), ¡cuánto más puede decirlo María, que es la madre! ¿Quién, más que ella, puede hacer suyas las palabras del Apóstol: «Hijitos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto» (Gál 4,19)? Ella nos da a luz «de nuevo» al pie de la cruz, porque ya lo ha hecho una primera vez, no en el dolor, sino en la alegría, cuando dio al mundo justamente aquella «Palabra viva y eterna», que es Cristo, en la cual fuimos regenerados.

Por tanto, como habíamos aplicado a María al pie de la cruz el canto de lamentación de la Sión destruida, que bebió el cáliz de la ira divina, así ahora, llenos de confianza en las potencialidades y riquezas inagotables de la Palabra de Dios, que van más allá de los esquemas exegéticos, nosotros aplicamos a ella también el canto de la Sión reedificada después del exilio que, llena de estupor, mirando a sus nuevos hijos, exclama: «¿Quién me engendró a éstos? Yo que carecía de hijos y estéril, ¿quién los ha criado?» (Is 49,21).

2. La síntesis mariana del Concilio Vaticano II

La doctrina tradicional católica de María, Madre de los cristianos, recibió una nueva formulación en la constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, donde se inserta en el cuadro más amplio, respecto del lugar de María en la historia de la salvación y en el misterio de Cristo.

«La Santísima Virgen —se lee— predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia»[3].

El Concilio mismo se preocupa de precisar el sentido de esta maternidad de María, diciendo: «La misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta»[4].

Junto al título de Madre de Dios y de los creyentes, la otra categoría fundamental que el Concilio usa para ilustrar el papel de María, es la de modelo o figura: «La Virgen Santísima —se lee—, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó san Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo»[5].

La novedad más grande de este tratado sobre la Virgen consiste, como se sabe, exactamente en el lugar en el cual ella se inserta, es decir, en el tratado sobre la Iglesia. Con esto, el Concilio —no sin sufrimientos y laceraciones, como es inevitable en estos casos— llevaba adelante una profunda renovación de la mariología, respecto a la de los últimos siglos. El discurso sobre María ya no está separado, como si ella ocupase una posición intermedia entre Cristo y la Iglesia, sino reconducido al ámbito de la Iglesia como estaba en la época de los Padres.

María es vista, como decía san Agustín, como el miembro más excelente de la Iglesia, pero un miembro de ella, no externo o superior a ella: «Santa es María, dichosa es María, pero más importante es la Iglesia que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una parte de la Iglesia, un miembro santo, excelente, superior a todos los demás, pero, sin embargo, un miembro de todo el cuerpo. Si es un miembro de todo el cuerpo, sin duda, más importante que un miembro, es el cuerpo»[6].

En seguida después del Concilio, Pablo VI desarrolló ulteriormente la idea de la maternidad de María hacia los creyentes, atribuyéndole, explícita y solemnemente, el título de Madre de la Iglesia: «Para gloria de la Virgen y para nuestro consuelo, proclamamos a María Santísima «Madre de la Iglesia», es decir, de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre amorosísima; y queremos que con dicho dulcísimo título, de ahora en adelante, la Virgen sea todavía más honrada e invocada por todo el pueblo cristiano»[7].

3. «Y desde aquel momento el discípulo la acogió como algo propio»

Sin embargo, ha llegado el momento de pasar de la contemplación de un título o momento de la vida de María a su imitación práctica; es decir, de considerar a María en su aspecto de figura y espejo de la Iglesia. La aplicación es simple: debemos imitar a Juan, tomando a María con nosotros en nuestra vida espiritual. Todo está aquí.

«Y el discípulo la acogió como algo propio» (eis tá ídia). Se piensa bastante poco en lo que contiene esta breve frase. Detrás de la misma hay una noticia de importancia enorme e históricamente segura, porque la da la misma persona interesada. María pasó, por lo tanto, los últimos años de la vida con Juan. Lo que se lee en el Cuarto Evangelio, a propósito de María en Caná de Galilea y al pie de la cruz, fue escrito por uno que vivía bajo el mismo techo con María, porque es imposible no admitir una relación cercana, si no la identidad, entre «el discípulo que Jesús amaba» y el autor del Cuarto Evangelio. La frase: «Y el Verbo se hizo carne», fue escrita por uno que vivía bajo el mismo techo con aquella en cuyo seno se había realizado este milagro, o al menos por uno que la había conocido y frecuentado.

¿Quién puede decir qué significó, para el discípulo que Jesús amaba, tener consigo, en su casa, día y noche, a María? ¿Orar con ella, compartir con ella las comidas, tenerla delante como oyente cuando hablaba a sus fieles, celebrar con ella el misterio del Señor? ¿Se puede pensar que María vivió en el círculo del discípulo que Jesús amaba, sin que haya tenido ninguna influencia en la lenta actividad de reflexión y de profundización que llevó a la redacción del Cuarto Evangelio? En la antigüedad, parece que Orígenes intuyó al menos el secreto que está bajo este hecho y al cual los estudiosos y críticos del Cuarto Evangelio y los investigadores de sus fuentes no prestan, por lo general, atención alguna. Él escribe: «Primicia de los Evangelios es el de Juan, cuyo sentido profundo no puede captar quien no haya apoyado la cabeza sobre el pecho de Jesús ni haya recibido de él a María, como su propia madre»[8].

Ahora nos preguntamos: ¿qué puede significar concretamente para nosotros acoger a María en nuestra casa? Creo que esto se inserta en el núcleo sobrio y sano de la espiritualidad montfortiana de la entrega a María. Esto consiste en «hacer todas las acciones propias por medio de María, con María, en María y por María, para poder cumplirlas de modo más perfecto por medio de Jesús, con Jesús, en Jesús y por Jesús».

 «Debemos abandonarnos al espíritu de María para ser movidos y guiados según su querer. Debemos ponernos y quedarnos en sus manos virginales como un instrumento entre las manos de un operario, como un laúd en las manos de un hábil organista. Debemos perdernos y abandonarnos en ella como una piedra que se tira al mar. Es posible hacer todo esto simplemente y en un instante, con una sola mirada interior o un delicado movimiento de la voluntad, o incluso con alguna palabra breve»[9].

Pero, ¿no se usurpa de este modo el lugar del Espíritu Santo en la vida cristiana, desde el momento en que es por el Espíritu Santo por quien nos debemos «dejar conducir» (cf. Gál 5,18), al que debemos dejar obrar y orar en nosotros (cf. Rom 8,26), para parecernos a Cristo? ¿No está escrito que el cristiano debe hacer todo «en el Espíritu Santo»? Este inconveniente —de atribuir al menos de hecho, tácitamente, a María las funciones propias del Espíritu Santo en la vida cristiana— ha sido reconocido como presente en ciertas formas de devoción mariana anteriores al Concilio[10].

Esto se debía a la falta de una conciencia clara y activa del lugar del Espíritu Santo en la Iglesia. El desarrollo de un fuerte sentido de la pneumatología no lleva, desde ningún punto de vista, a la necesidad de rechazar esta espiritualidad de la entrega en María, sino que sólo clarifica su naturaleza. María es precisamente uno de los medios privilegiados a través del cual el Espíritu Santo puede guiar a las almas y conducirlas a la semejanza con Cristo, justamente porque María forma parte de la Palabra de Dios y es ella misma una palabra de Dios en acción. En este punto Grignion de Montfort anticipa los tiempos cuando escribe: «El Espíritu Santo, que es estéril en Dios, es decir, no da origen a otra persona divina–, se hizo fecundo por María, su Esposa. Con Ella, en Ella y de Ella produjo su obra maestra, que es un Dios hecho hombre, y produce todos los días, hasta el fin del mundo, a los predestinados y miembros de esta Cabeza adorable. Por ello, cuanto más encuentra el Espíritu Santo en un alma a María, su querida e indisoluble Esposa, tanto más poderoso y dinámico se muestra el Espíritu Santo para producir a Jesucristo en esa alma y a ésta en Jesucristo»[11].

La frase «ad Jesum per Mariam», a Jesús por María, sólo es aceptable si se entiende en el sentido de que el Espíritu Santo nos guía a Jesús sirviéndose de María. La mediación creada de María, entre nosotros y Jesús, encuentra toda su validez, si se entiende como una manera de mediación increada que es el Espíritu Santo.

Para entender, recurramos a una analogía desde abajo. Pablo exhorta a sus fieles a mirar lo que hace él y a que ellos hagan también lo que ven que él hace: «Lo que aprendisteis y recibisteis, escuchasteis y visteis en mí ponedlo en práctica» (Flp 4,9). Ahora bien, es cierto que Pablo no intenta ponerse en el lugar del Espíritu Santo; simplemente piensa que imitarlo significa secundar al Espíritu, desde el momento en que piensa que también él tiene al Espíritu de Dios (cf. 1 Cor 7,40). Esto vale a fortiori para María y explica el sentido del programa de Grignion de Montfort de «hacer todo con María y como María». Ella puede decir de verdad como Pablo y más que Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 11,1). De hecho, ella es nuestro modelo y maestra precisamente porque es perfecta discípula e imitadora de Cristo.

..En un sentido espiritual, esto significa tomar a María consigo: tomarla como compañera y consejera, sabiendo que ella conoce, mejor que nosotros, cuáles son los deseos de Dios respecto de nosotros. Si se aprende a consultar y a escuchar en cada cosa a María, ella se convierte verdaderamente, para nosotros, en la maestra incomparable en los caminos de Dios, que enseña interiormente, sin un clamor de palabras. No se trata de una posibilidad abstracta, sino de una realidad de hecho, experimentada, tanto hoy como en el pasado, por innumerables almas.

La valentía que has manifestado…»

Antes de concluir nuestra contemplación de María en el misterio pascual, junto a la cruz, querría que le dedicáramos también un pensamiento como modelo de esperanza. Llega un momento en la vida, en el cual nos es necesaria una fe y una esperanza como la de María. Esto pasa cuando parece que Dios ya no escucha nuestras oraciones, cuando se diría que se contradice a sí mismo y a sus promesas, cuando nos hace pasar de derrota en derrota y las fuerzas de las tinieblas parecen triunfar sobre todos los frentes alrededor de nosotros y se produce oscuridad dentro de nosotros, como se produjo oscuridad aquel día sobre el Calvario (cf. Mt 27,45). Cuando, como dice un salmo, él parece «haber olvidado su bondad y cerrado con ira sus entrañas» (cf. Sal 77,10). Cuando te llega esta hora, recuerda la fe de María y grita también tú, como lo hicieron otros: «¡Padre mío, ya no te entiendo, pero confío en ti!»

Quizás Dios nos está pidiendo justamente ahora que le sacrifiquemos, como Abraham, a nuestro «Isaac», es decir la persona, cosa, proyecto, fundación, o tarea, que nos es querida, que Dios mismo un día nos confió, y por el cual hemos trabajado toda la vida. Esta es la ocasión que Dios nos ofrece para mostrarle que él nos es más querido que todo lo demás, incluso que sus dones, incluso que el trabajo que hacemos por él.

Dios dijo a Abraham: «Te he constituido padre de multitud de pueblos» (Gén 17,5), y después del sacrificio de Isaac: «Por haber obrado así, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré tu descendencia… Por tu descendencia se bendecirán todas la naciones de la tierra por haber obedecido mi voz» (Gén 22,16-18). Lo mismo, y mucho más, dice ahora a María: ¡Te haré Madre de muchos pueblos, madre de mi Iglesia! En tu nombre serán benditas todas las estirpes de la tierra. ¡Todas las generaciones te llamarán bienaventurada!

Uno de los padres de la Reforma, Calvino, al comentar Génesis 12,3, dice que «Abraham no solo será ejemplo e intercesor, sino una causa de bendición»[12]. Esto podría hacer comprensible y aceptable a todos los cristianos la afirmación de san Ireneo: «Igual que Eva, al desobedecer, se convirtió en causa de la muerte para ella y para todo el género humano, así María, al obedecer, se convirtió en causa de salvación (causa salutis) para sí misma y para todo el género humano»[13]. Como Abraham, María no es solo un ejemplo, sino también causa de salvación, aunque, se entiende, de naturaleza instrumental, fruto de la gracia, no del mérito.

Está escrito que cuando Judit volvió entre los suyos, después de haber puesto en riesgo la propia vida por su pueblo, los habitantes de la ciudad corrieron a su encuentro y el sumo sacerdote la bendijo diciendo: «Que el Altísimo te bendiga, hija, más que a todas las mujeres de la tierra… Jamás se olvidará en el corazón de los hombres la valentía que has manifestado» (Jdt 13,18s). Dirigimos las mismas palabras a María: ¡Bendita tú entre las mujeres! ¡La valentía que has manifestado jamás será olvidada en el corazón de los hombres y en el recuerdo de la Iglesia!

Resumimos ahora toda la participación de María en el Misterio Pascual, aplicando a ella, con las debidas diferencias, las palabras con las cuales san Pablo resumió el Misterio pascual de Cristo:     

María, aun siendo la Madre de Dios

no consideró como un tesoro celoso su relación única con Dios,

sino que se despojó a sí misma de toda pretensión,

asumiendo el nombre de sierva

y apareciendo en su exterior como cualquier otra mujer.

Vivió en la humildad y en el escondimiento

obedeciendo a Dios, hasta la muerte de su Hijo,

y una muerte de cruz.

Por esto Dios la exaltó y le dio el nombre

que, después del de Jesús,

está por encima todo otro nombre,

para que al nombre de María toda cabeza se incline:

en el cielo, en la tierra y en los abismos,

y toda lengua proclame

que María es la Madre del Señor,

para gloria de Dios Padre. ¡Amén!

Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco.

[1] San Agustín, La santa virginidad, 5-6: PL 40,399.
[2] San Ireneo, Adversus Haereses, III, 22,4.
[3] Lumen gentium, 61.
[4] Lumen gentium, 60.
[5] Lumen gentium, 63.
[6] San Agustín, Discurso 72 A (=Denis 25), 7: Miscelanea Agostiniana I, 163.
[7] San Pablo VI, Discurso de clausura del tercer período del Concilio: AAS 56 (1964) 1016.
[8] Orígenes, Comentario al Evangelio de Juan I, 6, 23: SCh 120, 70-72.
[9] San Luis Mª Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a María, nn. 257.259.
[10] Cf. H. Mühlen, Una persona mystica (Paderborn 1967) [trad. ital. (Ciudad Nueva, Roma 1968) 575ss.; trad. esp. El Espíritu Santo en la Iglesia (Secretariado Trinitario, Salamanca 1998)].
[11] Tratado, n. 20.
[12] Calvino, Le livre de la Génèse, I (Ginebra 1961) 195; cf. G. von Rad, Genesi (Paideia, Brescia 1978) 204 [trad. esp. El libro del Génesis (Sígueme, Salamanca 42008)].
[13] San Ireneo, Adversus Haereses, III, 22,4: SCh 211, 441.

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