Un reto para los sindicatos

En este blog critico, a menudo, a los sindicatos. ¿Es un “tic” de economista liberal? Quizás lo fue hace muchos años. Ahora me inclino a pensar que pueden ser muy útiles a los trabajadores y a la sociedad. Pero que, en buena medida, lo han dejado de ser. Por eso les critico: para ver si reaccionan y se convierten, de nuevo, en un factor creativo de la sociedad española, en vez de ser una rémora.

Lo que provoca esta entrada es un post en MercatorNet, que he leído hace un rato, titulado “Won’t Back Down” (aquí, en inglés). Es el título de una película de segunda fila, norteamericana, que trata de lo que pasa en una escuela que es un fracaso desde todos los puntos de vista. El diagnóstico de ese fracaso es la actitud del sindicato de maestros. Por ejemplo, explica el fracaso de la hija de la protagonista como la consecuencia de una maestra incapaz de enseñar, pero que está “protegida por el sistema de tenure [de prohibición de despido, diríamos en España], vigente en un sistema que sirve para desmoralizar a los maestros como Nona Alberts, a los que se pide abiertamente que falsifiquen las listas de asistencia para hacer que el dinero sigua llegando a la escuela”. Más adelante, un dirigente del sindicato menciona “la verdad del darwinismo social” que, en la película, quiere decir “que el sindicato siempre sale adelante aunque todos los demás se retrasen”.

¿Por qué quiero hablar de esto hoy, aquí, en el contexto de la economía española? Porque, como la autora del blog dice, “mucha gente recuerda cuando… los sindicatos fueron una reforma y no una barrera” en el sistema educativo norteamericano. “La sindicación rescató a muchos maestros de la opresión”. Esta es la faceta positiva del sindicalismo. ”Pero esos beneficios han sido ya ampliamente apropiados”: lo que fueron reivindicaciones positivas se han convertido ahora en ‘derechos’ adquiridos, a costa de las familias, de los alumnos y de la sociedad. “En la película, un jefe del sindicato refleja esto muy bien cuando dice a un colega dubitativo que el sindicato representará a los estudiantes el día en que los estudiantes paguen la cuota del sindicato”. Y sigue: “Este es el problema, en una palabra: el sindicato de maestros acabó ayudando a los maestros a costa de los estudiantes”. En la empresa, el sindicato se enfrenta a la propiedad; en la escuela, se enfrenta a los alumnos.

La película acaba “con un baile cuyo tema musical se corresponde con el discurso inaugural de John F. Kennedy (20 de enero de 1961): ‘Así pues, mis compañeros americanos, no os preguntéis por lo que vuestro país puede hacer por vosotros; preguntaos lo que vosotros podéis hacer por vuestro país’. Esto es un claro rechazo de la cultura del ’derecho’, cuyo único requisito para tenerlo es haber fracasado” -o, añadiría yo, tener una ley que protege los ‘derechos’ de uno, de los sindicatos en este claso, derechos que, como he dicho antes estaban justificados en su día, porque estaban orientados al servicio de la sociedad, pero que se han convertido en ‘derechos’ intocables, en servicio propio. Y añade: “y es tambien un grito a muchos preogresistas, para recordarles quizás que ahora es tiempo para dar poder (empowerment) a la gente, no para darles ‘derechos’”. Me recordaba algo que he puesta ya en alguna entrada anterior: lo que me contaba un director de personal, hace unos años, cuando las vacas eran gordas. La primera pregunta de muchos chicos jóvenes cuando llegaban a una entrevista de trabajo era: ¿cuánto tiempo tengo que trabajar para tener ’derecho’ al paro?

Los sindicatos y los sindicalistas tienen ahora un reto importante -y lo mismo se puede decir de los partidos y de los políticos, de los bancos y de los banqueros, de las empresas y de los empresarios,…: pueden seguir mirándose el ombligo, defendiendo sus ‘derechos’ y privilegios, a costa de los demás, o pueden plantearse en serio volver a ser una fuerza de renovación social, económica y ética. Ya sé que esto es duro: es cortar la rama en que están sentados, es decir, complicarse la vida. Pero es también una oportunidad.Blog Antonio Argandoña.-Profesor del IESE

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