
La tesis de Landrum es que hablamos mucho de ética pública, pero no somos conscientes de que esa ética necesita un marco moral en el que pueda prosperar. “Demasiado a menudo parece que tratamos de cultivar la ética pública en un vacío: ¿cómo podemos esperar que haya honestidad, si no tenemos un gran aprecio por la verdad? Es literalmente imposible tener honestidad en los medios de comunicación [el artículo va dirigido a periodistas] si no hay objetividad en la información periodística. Con los medios compitiendo por el poder y los beneficios, cada uno trata de presentar su punto de vista sobre el mundo a expensas del otro. Alimentados por el mito, muy extendido, de la neutralidad secular, el resultado es una sutil pero clara manipulación de los hechos y la realidad para que coincidan con la agenda particular de cada uno, y el efecto de todo ello es la pérdida de la confianza pública”. Y añade más adelante: “Calificando a toda restricción como ‘moralidad anticuada’ parece que conocemos el coste de todo y el valor de nada”. Y menciona a un rabino judío, que decía recientemente que “necesitamos volver a aprender la disciplina de la libertad”. Y añade: “Debemos aprovechar esta oportunidad para ir más allá de hacer lo que funciona y de lo que la gente quiere, para hacer lo que hay que hacer”.





