Pedir perdón y perdonar en la política

Francesc Torralba escribió, hace unos meses, sobre “El perdón, virtud política” , en el Centre d’Estudis Jordi Pujol (aquí). Acertado, como siempre. Se refiere a pedir perdón, que presenta como una “virtud política (…) un valor esencial, no solo en la vida privada, sino también en el espacio público (…) un acto valioso pera rehacer los vínculos y ganar en credibilidad”. Supone, dice, conciencia y humildad; no es una derrota, ni un acto de debilidad, sino que expresa dignidad y es un acto de coraje, de fortaleza, porque “supone reconocer el mal que se ha causado y, al mismo tiempo, tener la audacia de decirlo a la víctima de la ofensa”. Y lo relaciona con la vergüenza, que no es una virtud, dice, pero sí es el comienzo de la virtud. “La vergüenza no es el perdón, pero es lo que puede activar la petición de perdón y el único camino para rehacer la confianza y curar, de nuevo, la herida provocada”.

Antonio Argandoña.-Profesor del IESE

Antonio Argandoña.-Profesor del IESE

Estoy de acuerdo con el profesor Torralba. Y supongo que algún día añadirá la otra cara de la moneda: perdonar. Si pedir perdón es una virtud política, perdonar debe serlo también, aunque una y otra se producen también, y más frecuentemente, en la vida privada. Y en la de los negocios, donde tantas veces pisamos el callo del cliente, del proveedor o del empleado, lo que exige reconocerlo, pedir perdón y compensar, si procede, el daño causado. Pero aquí quiero referirme a la concesión de perdón que, cuando se produce, da lugar al efecto curativo a que aludía el profesor Torralba. Porque, sin eso, lo que podemos encontrar es un paripé: hice algo mal, salgo en la prensa pidiendo perdón y… ya está, yo ya he cumplido, “aquí no ha pasado nada”. No puede ser así, al menos mientras lo otra parte no me perdone. ¡Ahora sí que podemos volver a empezar! No como si no hubiese pasado nada, que sí, que ha pasado. Pero con la herida restañada.

Perdonar no es de “primos”, no es un acto de debilidad. Devuelve las actitudes al principio, pero, como ha habido consecuencias, exige algo más que un decir “perdóname”. Exige decir “no lo volveré a hacer”, y poner los medios para que sea así. Y como hemos dado mal ejemplo, exige reconocerlo públicamente y tratar de borrar ese mal ejemplo. Y si ha habido daños económicos, hay que compensar. Y también si son psicológicos, sociales, de convivencia… Perdonar, vuelvo a decirlo, no es “no ha pasado nada”. Esto puede ser válido en la familia o entre amigos, donde la amistad, el cariño y la confianza guían la actuación de todos. Hicimos algo que lesionó esa confianza, y la petición de perdón y la concesión de perdón devuelven, ahora sí, las cosas a donde estaban en su origen, porque ahí no hay contratos que cumplir, equilibrio de intereses que mantener, deberes de justicia que observar (y si había un deber de justicia, el perdón lo ha superado). Acabo. Malo es que los políticos no pidan perdón. Malo es que se queden tranquilos cuando han pedido perdón y no van más allá de eso. Y malo es que los ciudadanos no perdonemos. Porque, insisto, perdonar no es decir “ya está, no ha pasado nada”, sino “ya está, volvemos a nuestras actitudes de partida, pero tú corriges tu conducta, remedias el daño causado, corriges el mal ejemplo…”. Y, si procede, dimites.

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