Forum libertad. Desde el inicio de año se han producido dos hechos que tendrían que hacer disparar las alarmas sobre la escasa libertad de pensamiento y de expresión existente en nuestro país en el debate sobre el sentido de la sexualidad, relaciones de pareja y familia. El pasado mes de febrero la Delegación de Pastoral de la Juventud del Arzobispado de Barcelona invitó al escritor y activista católico Philippe Ariño a dar una conferencia. Ariño sostiene que ha salido dos veces del armario: primero para hacer pública su homosexualidad, y más tarde para manifestar su discrepancia con el discurso del lobby LGBT. Ariño no ataca a nadie, simplemente recomienda la abstinencia sexual a las personas con orientación homosexual, explica la opción personal «de entregar mi homosexualidad a Jesucristo y a su Iglesia», y expresa que «nadie se imagina lo feliz que soy desde que dejé de practicar la homosexualidad». El mero anuncio del acto provocó una oposición frontal de los grupos LGTB y, lo que es más grave, una carta del Parlamento de Cataluña al Arzobispado, pidiendo la suspensión de la conferencia, firmada por diputados de JxSí, Cs, PSC, CSQP y la CUP. El acto se pudo celebrar con más de doscientos asistentes, mayoritariamente jóvenes, pero no sin vivir momentos de cierta tensión provocada por los grupos que se oponían, que llegaron a interrumpir la conferencia.
Hace pocas semanas, el obispo de Solsona fue menospreciado públicamente y declarado persona non grata por el pleno del Ayuntamiento de Cervera, a propuesta del alcalde del PDCAT, por haber dicho esto en una carta dominical: «Yo me pregunto si el fenómeno creciente de la confusión en la orientación sexual de bastantes chicos adolescentes no será debida al hecho de que, en la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida. Incluso la virilidad parecería cuestionada». Las palabras en cursiva pertenecen a la encíclica «La belleza de l´amor» del papa Francisco. Y también estas otras que cita la carta del obispo Novell: «todo niño tiene derecho a recibir el amor de una madre y de un padre, ambos necesarios para su maduración íntegra y armoniosa». El Ayuntamiento de Cervera, si hubiera sido coherente en su gesto sectario, tendría que haber declarado persona non grata también el papa Francisco.
Se trata de dos ejemplos que ponen de manifiesto la actitud intolerante de los que profesan más radicalmente la ideología de género frente a los que no piensan como ellos. La ideología de género ha llegado a ser hegemónica en nuestra sociedad. Veamos cómo se ha desarrollado. Después del fracaso del comunismo como alternativa política y económica a las democracias occidentales, que culmina con la caída del muro de Berlín el año 1989, la metodología marxista se reorientó, adoptando como eje el principio que Friedrich Engels había postulado en la obra «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado» (1884): «El primer antagonismo de clases que aparece en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino». Aquí está el origen, la vinculación entre marxismo y feminismo radical, en una época en la que la corriente principal del feminismo era de raíz anglosajona y sin relación con el comunismo.
El feminismo radical se desarrolló sobre todo con Simone de Beauvoir y su obra El segundo sexo (1949), que comparte la visión filosófica existencialista de Sartre, marxista declarado. La teoría principal de Beauvoir parte de la distinción entre sexo («hembra») y género («mujer»), y sostiene que el género es un producto cultural construido socialmente, y que no se desprende de forma natural del hecho de tener el sexo femenino. Se resume en su célebre frase: «La mujer no nace, se hace». Más adelante, el filósofo Michel Foucault y feministas como Judith Butler dan un paso más y pasan a cuestionar el binomio masculino-femenino, que consideran antinatural. Para estos autores la sexualidad humana es un instrumento de poder, y afirman que no sólo el género sino también el sexo es una construcción artificial al servicio de la dominación de un sexo sobre el otro. Este discurso se irá extendiendo hasta llegar a ser hegemónico en la cultura y en la legislación a partir del cambio de siglo. Si Marx pretendía eliminar las clases sociales, la ideología de género pretende eliminar las identidades femenina y masculina y sustituirlas por múltiples orientaciones sexuales, que pueden variar a lo largo de la vida.
Con este objeto, se pone en marcha un proceso de deconstrucción y de redefinición del lenguaje que se hace oficial a todos los niveles, desde la ONU hasta nuestras administraciones locales: con la palabra «patriarcado», o aquí más recientemente «heteropatriarcado», se transmite una visión negativa y opresora de la paternidad; promoviendo la «pluralidad sexual y afectiva» en la sociedad, en el fondo se defiende una superioridad de las relaciones homosexuales puesto que se cree que éstas, por un lado, liberan a la mujer del dominio del hombre y de la servidumbre de la procreación, y por otra permiten una vivencia de la sexualidad más puramente hedonista; con la defensa de los «diferentes modelos de familia», esta deja de ser una comunidad de base natural (la unión estable entre hombre y mujer y sus hijos en común) y pasa a ser un concepto indeterminado que alcanza todo tipo de relación imaginable que tenga algún vínculo de parentesco.
Esto, en la pràctica, supone la desaparición gradual de la familia como institución y la legitimación de las relaciones a la carta, sin vínculos estables ni compromisos. Si la familia es la célula de la sociedad, su debilitamiento, camuflado en forma de pluralismo sano, supone el triunfo del individualismo sobre el interés del grupo y de la comunidad. Por eso, no deja de sorprender que el gran argumento ideológico de la izquierda en el siglo XXI pase por debilitar el matrimonio y la familia. Desnaturalizada la familia, que es la principal institución que hay entre el poder económico y político, y la persona, ésta es ahora mucho más manipulable por el consumismo y por las ideologías.
El «nuevo orden» debería tranquilo después de conseguir en Cataluña una hegemonía política, social y cultural casi absoluta. Pero no lo está porque se siente con los pies de barro. Tal como fracasó el marxismo tradicional, también lo hará la ideología de género, que se basa en una idea irreal de la persona, de su sexualidad y de los vínculos afectivos y familiares. La conciencia de los mismos promotores de la ideología de género sobre la debilidad de los fundamentos de lo que predican podría explicar estas actitudes intolerantes ante los que discrepan. Esta intolerancia amenaza la libertad de pensamiento y de expresión, y demuestra muy poca confianza en la capacidad de las personas para conocer los diferentes valores y opciones de vida, discernir y decidir libremente en aquello que más nos afecta.





