Padres ilusionados

escaparateFamilia actual.-21/12/12La ilusión es el optimismo iluminado. Porque si bien la palabra ilusión significa etimológicamente engaño, burla, ironía, también está emparentada con el término luz. Ilusionarse con algo, en el sentido positivo de la palabra, quiere decir iluminar el camino que nos conduce hacia él.

Nada se consigue si no se enciende esa luz que nos guía. A oscuras podemos avanzar a tientas, probablemente nuestro caminar será más prudente, más comedido, más seguro; sin embargo, también será más lento y, como consecuencia, más corto. Por eso, el optimismo necesita iluminarse para llegar más lejos.

Continuamente los hijos nos enseñan a no perder la ilusión. Ellos lo iluminan todo: a cada paso, van encendiendo lámparas que alimentan nuestro optimismo. Los hijos nos ilusionan, es decir, nos permiten ver lo que antes no veíamos. Hacen que nos ilusionemos por las cosas que para nosotros ya habían perdido brillo y lo hacen de mil maneras. Cada cual a su modo y, en cada edad, de forma diferente. A veces son como estrellas lejanas que nos sirven de referencia; otras, como esas bengalas que se lanzan al cielo y durante unos segundos convierten la noche en día.

Pero la ilusión puede convertirse en mera ilusión. En ocasiones, nos entusiasmamos por cosas inconsistentes, por algo que desaparece justo cuando lo vamos a alcanzar. Son las falsas ilusiones que nos convierten en ilusos, en soñadores cándidos, en demasiado incautos. Es el riesgo que hemos de correr como padres: los hijos inflaman la llama de nuestras expectativas, pero nosotros hemos de saber controlarla no vaya a ser que nos quememos.

Padres ilusionados es un pleonasmo, una redundancia, pues no se puede ser madre, no se puede ser padre sin ilusión. No es propio del talante de los padres dejarse vencer por el desengaño, plantarse ante las contrariedades, instalarse en el desaliento.

Los niños escriben su carta a los Reyes Magos pero quien lee las cartas y trae los juguetes somos los padres. De esa forma, los hijos nos ilusionan porque nos convierten en los principales expendedores de sus ilusiones. Nos implican en sus sueños y nos hacen soñar.

Esa luz tan necesaria para ilusionarnos como padres la encontramos en el rostro de nuestros hijos. Cuando parece que estamos de vuelta de todo, ellos nos hacen regresar a ese estado de inocencia donde nos sentimos como niños. Cuando les ayudamos a escribir la carta a los Reyes Magos o a desenvolver un regalo con la máxima expectación, vemos en sus ojos esa chispa que nos llena de una ilusión olvidada.

Deberíamos dormirnos todas las noches con la ilusión de despertar y correr a abrir nuestros regalos, como duermen nuestros hijos la noche de Reyes. Deberíamos asistir a lo cotidiano como acudió nuestro hijo la primera vez que fue a ver un partido de su equipo. Deberíamos preparar la cena diaria como preparamos una fiesta sorpresa. Son cosas que sólo se hacen cuando estamos ilusionados con un proyecto a largo plazo en el que no nos incluimos como beneficiarios, sino como padres.

Esta Navidad, y siempre, dejémonos iluminar por los hijos.

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