Nuevos y curiosos dogmas

Vicente Morro López. Secretario de FCAPA-Valencia. La cultura dominante ha impuesto un pensamiento único, una verdad oficial sobre diferentes aspectos de nuestra sociedad. Este pensamiento lo deben acatar todos los que no quieran quedarse fuera del rebaño, como denunciaba Georges Brassens en La Mauvaise Réputation. Este credo, políticamente correcto, establece una serie de principios que los buenos ciudadanos deben dar por válidos. En el fondo, son unos nuevos dogmas. Reclaman el mismo acatamiento y sometimiento de la voluntad que los viejos dogmas, pero son menos racionales y, en ocasiones, contrarios a la naturaleza de las cosas y a la mera realidad objetiva. A veces niegan incluso evidencias científicas, pero como han sido confirmados por “la mayoría” –siempre coyuntural por su propia esencia-, deben ser asumidos. Estos nuevos dogmas establecen lo que es verdad y lo que es mentira, lo que es bueno y lo que es malo, lo que es justo y lo que es injusto. El que se atreve a cuestionarlos sabe que se arriesga al ostracismo cultural y social, cuando no a la persecución pura y dura.

Vamos a repasar algunos de estos dogmas, de estos mitos, y vamos a comprobar cómo algunos datos nos permiten pensar que las cosas no están tan claras como nos las presentan. Los hechos no son tan evidentes como se intenta hacerlos aparecer: al menos caben interpretaciones diversas, y hasta contrarias. Puede, incluso, que nos hayan mentido, que nos hayan contado medias verdades, que nos hayan ocultado o malinterpretado datos. Veamos.

A) Repiten, machaconamente, que el mundo está a punto de “explotar”. Lo hemos abarrotado con millones de seres humanos y vamos a destrozarlo. Ya lo predijeron, en su día y entre otros, el Club de Roma, en 1972 con su informe Los límites del crecimiento, o antes Paul Erlich, en 1968 con La bomba demográfica. Es cierto que sus predicciones tuvieron escaso éxito, pues la realidad se ocupó de desmentirlas, pero eran las oficialmente correctas. Erlich, por ejemplo, contumaz –pertinaz en mantener sus errores-, todavía en 2009 se permitía tacharnos de «egoístas e irresponsables» a quienes teníamos más de dos hijos. Pues, dicho sea de paso, yo tengo cinco, y bien orgulloso que estoy, y me considero exactamente lo contrario de lo que dice el equivocado señor Erlich. Leamos una pequeña muestra de su catastrofismo, tomada de la obra previamente indicada: «La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado… En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas se morirán de hambre a pesar de cualquier programa de choque que se emprenda ahora… Pero estos programas sólo proporcionaran un aplazamiento a menos que se acompañen con esfuerzos decididos y exitosos de control de la población.»

Pues ya somos 7.000.000.000 de personas y el mundo sigue girando. ¡Qué monstruosidad!, dicen “los sabios”, los funcionarios de la ONUy los miembros de algunas bien remuneradas ONG. Organizaciones y organismos que seguramente asistieron, entre el 20 y 22 de junio pasados, a la Cumbre sobre el Desarrollo Sostenible Río+20, celebrada en Río de Janeiro rememorando la denominada Cumbre de la Tierra, celebrada en la misma ciudad en 1992. Para este encuentro, entre otros muchos papeles, se preparó un documento por el Global Network of Science Academies (IAP), un think tank de la “comunidad científica”. Este distinguido grupo alertó, en la línea habitual, de los graves peligros de no controlar la población mundial y de no modificar los hábitos de consumo. Imperialismo demográfico, una vez más.

En las 59 páginas del documento final de la Cumbre, El futuro que queremos, redactado en la jerga común de las agencias de Naciones Unidas, encontramos lo de siempre: muchas palabras, algunas buenas intenciones, críticas al incremento de población, perspectiva de género y mucha salud sexual y reproductiva. Se habla de la pobreza, pero no se toma ninguna medida concreta -¡aquí sí que tendrían un gran campo de actuación la señora Gates y las fundaciones supuestamente filantrópicas de algunos millonarios, si quisieran!-. Por cierto, como muestra reveladora, en el documento aparece cinco veces el concepto de “salud sexual y reproductiva”, mientras que sólo cuatro veces la idea de “familia”, pero tres de ellas en la expresión “planificación familiar” (la otra es en un contexto irrelevante). Curioso, o puede que no tanto, es también que el concepto de “género” aparece citado 26 veces, acompañado de “enfoque de”, “perspectiva de”, “igualdad entre”, “cuestiones de” o “paridad de”. Por supuesto, las palabras “padre”, “hijo” o “madre” –proscritas en la neolengua políticamente correcta- no aparecen ni una sola vez. Perdón, “madre” se menciona una vez: «Madre Tierra».

Pero ahora viene lo extraño. Según la FAO, en 2009 se producían alimentos suficientes en el mundo para llegar a las 2.831 calorías por persona. Es más, Jean Ziegler, Relator Especial sobre el derecho a la alimentación, ya había denunciado en el séptimo periodo de sesiones del Consejo de Derechos Humanos, el 10 de enero de 2008, que «El hambre y las hambrunas no son inevitables. Según la Organizaciónde las Naciones Unidas para la Agriculturay la Alimentación(FAO), el mundo produce ya suficientes alimentos para atender a cada niño, mujer y varón, y podría dar de comer a 12.000 millones de personas, es decir el doble de la población actual [entonces]. El mundo es más rico que nunca, así que, ¿cómo podemos aceptar que cada año 6 millones de niños menores de 5 años mueran a causa de la malnutrición y de las enfermedades a que da lugar?»

El número 21 del documento final de Río+20 predice unos 9.000.000.000 de personas para 2050. Entonces, ¿hasta 12.000.000.000 que decía Ziegler? El problema no está en la superpoblación, sino en el desigual reparto de la riqueza, a nivel mundial y en el interior de cada país o estado. Pero es más fácil actuar contra la población, repartiendo preservativos, esterilizando seres humanos y promoviendo el aborto bajo el eufemismo de “salud sexual y reproductiva”, que sobre el egoísmo y avaricia de los ricos. Y ricos, en este contexto, somos todos los que vivimos en los países desarrollados del primer mundo. Esa tarea es mucho más difícil y, por supuesto, más cansada para los burócratas internacionales.

B) Otro dogma: la revolución sexual de los años 60 y70 haliberado a la mujer de todas sus esclavitudes y «trampas»: matrimonio, maternidad, familia. Por lo tanto, ahora la mujer es dueña de sí misma. Y supongo yo, creo que en buena lógica, que debería ser más feliz. Pues no. Millones de mujeres no lo ven tan claro. Algo raro debe haber.

Una de esas mujeres se atrevió a decirlo públicamente, y nada menos que en un artículo publicado el pasado 24 de marzo en el Wall Street Journal. Mary Eberstadt tituló su artículo de la siguiente manera: “¿Ha sido buena la revolución sexual para las mujeres? No.” ¿Te imaginas, querido lector, lo que estaríamos oyendo si alguien osara titular así un artículo en España? Vale la pena buscar el artículo en la web y leerlo, pues desmonta muchos mitos, dogmas y prejuicios actuales. La autora, investigadora del Hoover Institute y miembro del consejo asesor de Policy Review, cita un interesante estudio titulado La paradoja del descenso de la felicidad femenina, realizado por dos investigadoras de la Wharton School (University of Pennsylvania). A partir de datos obtenidos de encuestas y estadísticas oficiales, las autoras muestran que el grado de satisfacción que declaran las mujeres ha descendido progresivamente en los últimos 35 años.

Nos habían dicho que la ruptura de la familia, la anticoncepción –habitual o de emergencia-, la infidelidad y las aventuras, las “pruebas” antes del matrimonio, las uniones libres de papeles y formalidades iban a crear un mundo mejor para las mujeres. Parece que no ha sido así. El final del artículo es verdaderamente magistral: «Si la revolución sexual ha hecho a las mujeres más felices, no quiero imaginarme cómo seríamos si nos hubiera hecho más infelices.»

C) Veamos otra supuesta verdad: la familia tradicional es una antigualla del pasado, un residuo patriarcal y machista que hay que eliminar, pues acaba castrando la libertad de sus miembros y convirtiéndose en una cárcel en la que hay que darse, obligadamente, a los demás: hijos, ancianos, cónyuge. ¿Es mejor algo más libre, más sencillo, menos formal, más light?

Quizá pueda parecernos mejor la situación que exponemos a continuación. La relató su protagonista, Melanie Thernstrom, en un artículo publicado en el New York Times Magazine en diciembre de 2010. El caso se recoge en un interesantísimo y breve libro titulado Cómo explicar la revolución sexual (Colom, E. y Requena, P.): «Melanie… tenía más de 40 años cuando se casó con Michael. Deseaban tener hijos, pero estos no venían de modo natural. Intentaron los métodos de fecundación asistida, que también fracasaron. Por fin se les aconsejó que recurrieran a una persona que suministrara los óvulos y a un útero de alquiler. Melanie y Michael querían tener dos hijos de la misma edad y distinto sexo; pero el ginecólogo consideró que un embarazo gemelar podría ser peligroso, por lo que se tomó la decisión de que fueran dos los úteros. Así pues, una mujer proporcionó los óvulos, que fueron fecundados por el esperma de Michael el mismo día. Entre los embriones generados, dos se transfirieron también el mismo día al útero de dos mujeres diferentes [el triste destino del resto de embriones hermanos es fácil de adivinar]. La duración del embarazo no fue idéntica, y los dos “gemelos” generados por cuatro mujeres y un varón (además del equipo médico correspondiente), nacieron con cinco días de diferencia. Melanie, que actuará como madre de los niños, intenta con su artículo convencer –y quizá convencerse- de que el modo en que nacieron no es un “hecho productivo”, sino un “evento de familia extendida”.» ¡Dios mío, el lenguaje lo aguanta todo!

Desde luego, esto parece menos aburrido que una familia corriente. Además, es como ir al supermercado: póngame dos, un chico y una chica, por favor, ¡y bien cumpliditos! ¡Y rubios, si es posible! El hijo ya no es un don, alguien que viene. Es algo –y lo digo conscientemente- a lo que tengo derecho y que yo encargo cuándo y cómo me interesa, sobre todo si me lo puedo pagar. Ejemplos recientes hemos tenido en España.

No sé si seré el único al que esto le parece raro. Debo estar ya haciéndome viejo, pues la familia me parece lo más natural. Digo la familia, sin más. Mal andamos cuando hay que poner adjetivos para saber de qué hablamos: me recuerda a cuando el general Franco llamaba orgánica a su “democracia”. Si a la familia le hemos de poner apellidos –extendida, reconstituida, monoparental, homoparental, moderna, tradicional- quizá es que no sepamos ya a lo que nos estamos refiriendo.

D) Un último caso. Toda unión matrimonial tiene dos factores, el número de los contrayentes y su sexo. Como ya he hablado de mi “avanzada” edad, no os parecerá extraño que recuerde que, en España, antes –antiguamente- el matrimonio estaba formado por dos contrayentes de distinto sexo, un hombre y una mujer. Ya no es así: los contrayentes siguen siendo sólo dos, de momento, pero el otro factor ha variado pues no es necesario que sean de distinto sexo. En otros lugares y culturas el factor numérico es variable –poligamia y, en mucha menor medida, poliandria-. Pero aún hay cosas más raras, o menos frecuentes, para decirlo en lenguaje políticamente correcto. ¡Cualquier cosa menos aceptar lo que la naturaleza nos presenta!

Algunas mujeres ya se han decidido a dar el paso, interior supongo, de casarse consigo mismas. Al menos dos taiwanesas y una estadounidense han “formalizado” esta situación, incluso con ceremonia pública ante sus amigos, alegando no haber encontrado a nadie mejor que ellas mismas para casarse –la americana, después de divorciarse de su anterior marido-. El factor número, en estos casos, se ha transformado en un solo cónyuge. De momento es algo anecdótico, pero quizá sea una muestra del riesgo de banalizar la familia y el matrimonio como institución.

Ciertamente, pasan cosas muy extrañas en nuestra sociedad. En nuestras manos está poner un poco de orden y sentido común. Para esto tendremos que empezar a liberarnos, a base de luz y razón, de estos curiosos y nuevos/viejos dogmas impuestos.