Nostalgia del amor libre

legaliteNo hace aún tanto tiempo la postura que pasaba por progresista en cuestiones afectivas era el amor libre, el compromiso sin papeles. Para el que quería vivir sus sentimientos al margen de los convencionalismos legales, el matrimonio era visto como “cárcel del amor”, una institución conservadora, que imponía reglas comunes a la espontaneidad del afecto. Por supuesto, los homosexuales consideraban el estilo de vida matrimonial y la constitución de una familia como algo ajeno a su estilo de vida y reclamaban su derecho a mantenerse al margen de estas instituciones. Frente a la inmensa mayoría que creía en el matrimonio, ellos exigían que la sociedad respetara el ejercicio de una sexualidad distinta, y rechazaban tanto la heterosexualidad obligatoria como su encaje en instituciones tradicionales.

Todo esto ha cambiado a medida que el movimiento gay, antes radical, ha buscado un plus de respetabilidad reivindicando el derecho a integrarse en una institución tan tradicional como el matrimonio. Si antes se afirmaba el derecho a la diferencia, ahora se trata de imitar la estructura familiar heterosexual, declarando la aspiración a un compromiso duradero, a adoptar niños, a casarse con una ceremonia solemne y, a ser posible, por la Iglesia. Precisamente en un momento en que hasta el matrimonio heterosexual parece un compromiso frágil, los activistas gays se apuntan a su visión más idílica. En poco tiempo, hemos pasado de la rebeldía de las novelas de D.H. Lawrence a la preocupación casamentera de Jane Austen.

Esta aspiración ha encontrado eco en políticos que enarbolan la bandera de las bodas gays como la nueva causa progresista por excelencia. Para políticos conservadores, como David Cameron, dar luz verde a las bodas gay es un modo de demostrar que no solo le preocupan los intereses de la City. Incluso puede pensar que la redefinición del matrimonio lo refuerza y favorece la estabilidad social. “Soy un gran defensor del matrimonio –ha dicho– y no quiero que los homosexuales estén excluidos de una gran institución”.

Esta convicción de que el matrimonio se refuerza incluyendo a personas de situaciones dispares es una idea peregrina, que nunca aplicaríamos a otras instituciones. Es como pensar que una orquesta sinfónica se refuerza incluyendo a gente que toque la vuvuzela o una bocina, pues también ellos producen sonidos. Más bien, el derecho siempre ha buscado una variedad de fórmulas en función de las situaciones y los compromisos que desea asumir una persona. Todo el mundo tiene derecho a hacer negocios, pero no hay por qué someter a la misma regulación la sociedad anónima y la de responsabilidad limitada o la comanditaria.

Pero la izquierda se ha contagiado también de esta fiebre matrimonial. Para defender el discutido proyecto gubernamental de “matrimonio para todos”, el secretario del partido socialista francés, Harlem Désir, asegura “la total determinación de los socialistas de inscribir en la ley el derecho de todos los que se aman a casarse y a adoptar”. Es curioso que esto parezca una demanda social en un país que inventó el Pacto Civil de Solidaridad (PACS) precisamente para que los se quieren no tuvieran que casarse, una fórmula que ha tenido mucho éxito y a la que puedan acogerse también las parejas homosexuales.

Tampoco puede decirse que el hecho de convivir sin casarse desacredite a una pareja en Francia, cuando en el Elíseo el presidente de la República y la primera dama forman una pareja no casada, aunque seguro que se quieren.

Es de temer que este proselitismo matrimonial acabe transformándose en una nueva presión social sobre los homosexuales que nunca han pretendido casarse. “Pero ¿no os vais a casar?”, se les dirá con cierto aire de reprobación, empujándoles a normalizar sus relaciones. Al final, el “matrimonio para todos” puede convertirse en un deber, bajo la amenaza del reproche social.
El Sonar

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