Negocio mortal

La noche del pasado Halloween se tornó en tragedia. Miles de jóvenes acudieron a la llamada de una superfiesta en el pabellón Madrid Arena de la capital de España, pero una avalancha convirtió lo que iba a ser alegría y diversión en dolor y muerte. Murieron cuatro chicas (noticia).

Como padres, no podemos menos que compartir el rotundo dolor de los que perdieron a sus hijas: Belén, Katia, Rocío y Cristina; pero también tenemos la obligación de preocuparnos por lo que está pasando. Muchos adolescentes y jóvenes se dejan la vida en su tiempo de ocio, algunos de forma literal, como ocurrió la semana pasada; otros, de manera metafórica, pero no menos real, porque siempre el modo de vivir el tiempo libre repercute en cómo se vive el tiempo que no es de ocio.

La verdad es que nuestros hijos no encuentran muchas alternativas. Hemos permitido que otros diseñen su forma (casi la única forma) de divertirse y la han convertido en un negocio, que, como tal, tiene que lucrarse a costa de los miles de chicos y chicas que están tutelados por una moda convertida en monopolio.

Ante el negocio del ocio, los padres nos encontramos desarmados y más todavía ante el canto de sirenas que los organizadores de fiestas, festivales y conciertos lanzan a los oídos de los adolescentes. La empresa Thriller Music Park, que organizó la fiesta de Halloween en el Madrid Arena la madrugada del pasado jueves, llamaba la atención de sus jóvenes clientes con estas seductoras palabras: “Dejarse golpear por la contundencia de una experiencia nunca vivida, jamás imaginada, vagamente presentida y, finalmente, rotundamente perpetrada, ese es el destino de TMP, un camino sin retorno hacia la noche de Halloween más alucinante y sorprendente de la que jamás se haya tenido noticia”. Por si fuera poco, había un concurso de disfraces premiado con tres mil euros para el mejor grupo. La sabrosa tarta se coronaba con un discjockey de primera fila, anunciado de esta manera: “El maestro de ceremonias será Steve Aoki, un artista ‘inclasificable’ que lleva años agitando la escena electrónica de Los Ángeles y del mundo entero con su característico sonido vibrante, innovador, convincente y a veces raro”.

Había que estar allí, pensaban muchos adolescentes y jóvenes, era cuestión de hacerse con una entrada (unos veinte euros), aunque ello supusiera falsificar el carné de identidad o no decir “toda la verdad” en casa. ¡Quién se lo va a perder!

El ocio, convertido en negocio, necesita de navegantes a la deriva que no puedan resistirse a una oferta que, a pesar de la distintas presentaciones, siempre cuenta con los mismos ingredientes: música, alcohol, noche, multitud, desenfreno… Los efectos son bien conocidos: adicción a la noche, borracheras, accidentes de tráfico, drogas, peleas, excesos de todo tipo, comas etílicos… Y a veces, por desgracia, produce efectos mortales.

Ante tamaña situación, los padres nos sentimos derrotados, como pequeños comerciantes ante una gran multinacional. Sin embargo, podemos hacer muchas cosas por conseguir un ocio más sano para nuestros hijos, por ejemplo, unirnos para reclamar alternativas o, cuando menos, para exigir de las autoridades un horario nocturno más razonable.

Por suerte, la familia está por encima de todo negocio. Nos lo han demostrado las jóvenes que perdieron la vida el pasado Halloween. La pequeña Belén esperó a que sus padres regresaran de viaje para partir ella y las últimas palabras de Katia, antes de dejar de respirar, fueron: “Dile a mi padre que le quiero”. Seguro que esas mismas palabras pronuncian todas las víctimas que, de una u otra forma, se cobra el negocio del ocio.

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