Las claves del modelo económico alemán

Las claves del modelo económico alemán.
Argandoña Rámiz, Antonio
Año: 2012
La crisis económica ha acentuado las diferencias entre los países fuertes y los más débiles de Europa. Mientras los periféricos piden ayuda y comprensión para solucionar sus pulverizadas economías, Alemania responde recomendando aplicar su modelo económico basado en la austeridad presupuestaria y la flexibilización del mercado laboral.

Sin embargo, la receta económica no lo es todo. Como explica el profesor del IESE Antonio Argandoña, el modelo alemán se basa en un conjunto de instituciones, políticas y cultura gestados a lo largo de los últimos sesenta años y aceptados de forma bastante generalizada por ciudadanos, políticos, intelectuales, empresas, sindicatos y medios de comunicación.

En el documento «El modelo económico alemán», el autor desarrolla el modelo y las implicaciones que tendría aplicar esta fórmula al resto de Europa y, en particular, a España.

Un modelo solvente
Simplificando mucho, se puede decir que el modelo alemán se basa en una economía abierta, cuyo crecimiento radica no en el consumo sino en la exportación y esta en una alta calidad tecnológica y de innovación.

El país cuenta con un sistema educativo de calidad en todas las etapas y, en particular, con una excelente formación profesional. Esto repercute directamente en la productividad de los empleados.

La industria manufacturera ocupa el lugar central, tanto en el PIB como en el empleo. Y el tejido industrial está compuesto mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas muy sólidas, que se benefician de la alta tecnología y la buena formación. Además, obtienen su financiación a través de los bancos y no del mercado de capitales.

Una característica distintiva del país es el concepto de codeterminación (mitbestimmung), por la que los trabajadores participan en los procesos de decisión de las empresas.

Aunque los sindicatos son fuertes, trabajan de forma cooperativa con la empresa. Se consigue así una acción concertada para hacer frente a los problemas, moderar las exigencias sociales y repartir las cargas y beneficios equitativamente, lo que contribuye a generar confianza entre todos los actores sociales.

Todo ello permite que el país goce de un Estado del bienestar amplio pero no creciente, una competitividad empresarial envidiable y un equilibrio en la mayoría de los indicadores económicos.

Austeridad para resolver los problemas
Partiendo de su modelo, la receta sugerida desde Alemania para resolver los problemas de las economías periféricas es reducir el déficit y el endeudamiento público y privado, aumentar la tasa de ahorro y corregir la pérdida de competitividad mediante una flexibilización del mercado laboral. Es decir, practicar la austeridad en todas sus vertientes.

Sin embargo, su enfoque abre algunos interrogantes:

La austeridad que se está exigiendo a los países deudores agrava la recesión, lo que crea un círculo económico vicioso que cuestiona la conveniencia de que todos los socios de la UE compartan el mismo modelo económico.
Los mercados de referencia para Alemania son los emergentes, pero no se sabe si será viable su modelo cuando estos hayan avanzado en la cadena de progreso tecnológico.
Es importante saber qué papel jugaría Alemania en la transición de los países que pudieran adoptar su modelo.

Exportar el modelo
A menudo se afirma que exportar el modelo germano a países periféricos no es posible, por razones relacionadas con la cultura o la mentalidad de estos países. Ese obstáculo es real, pero la cultura de un país también se transforma.

Para aplicar el modelo alemán en España, por ejemplo, el país tendría que llevar a cabo un conjunto de reformas que le permitieran convertirse en una sociedad más eficiente, ahorradora y cuidadosa con sus cuentas públicas. A eso, según Argandoña, se dirigen las reformas que la economía española está asumiendo en la actualidad.

En este sentido, el autor asegura que lo relevante del modelo alemán para España serían aspectos como la flexibilidad laboral, la sostenibilidad del Estado de bienestar, la estabilidad de las cuentas públicas, la preferencia por una inflación baja y estable, etc. Todo ello adaptado a las necesidades y preferencias de los españoles, que son distintas a las de los germanos.

Responsabilidad compartida
Cuando estalló la crisis de la deuda soberana en 2010, la reacción de Alemania y de otros países que integran el núcleo de la UE fue desentenderse de los problemas de los países periféricos.

Sin embargo, como recuerda el autor, Alemania tiene parte de responsabilidad en la situación actual. En las últimas décadas, sus instituciones financieras invirtieron en deuda pública y privada de los países periféricos, contribuyendo a la burbuja inmobiliaria española o al crecimiento de la deuda griega.

Al comprometer el mínimo de recursos para resolver la crisis, Alemania trata de evitar el «riesgo moral», es decir, que un país fuertemente endeudado reduzca sus esfuerzos cuando se le promete ayuda. Se trata de una actitud comprensible, pero Argandoña recuerda que Alemania, como líder europeo, no puede desentenderse de Europa. Aunque no se sienta responsable, «debe involucrarse más en la solución de los problemas de sus socios, más allá de recordarles y exigirles la disciplina a largo plazo».

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