La Iglesia Católica no se opone a los trasplantes de órganos, pero prohibe extraerlos cuando no se ha confirmado la muerte

¿QUÉ DICE LA IGLESIA CATÓLICA DEL PROCESO DE LA DONACIÓN Y TRASPLANTE DE ÓRGANOS?
Ver articulo en la columna izquierda.-
Observatorio de Bioética ICV.-En numerosas ocasiones la Iglesia no solo ha considerado lícita la donación de órganos, sino que la ha definido como un verdadero acto de amor, que recomienda vivamente.[ix]

¿De dónde provienen, pues, las agrias críticas a las que nos referimos?

Lejos de esgrimir inconvenientes al proceso de donación y trasplante de órganos, lo que exige es el respeto a la dignidad personal de todo ser humano, desde su concepción a su muerte natural. Esto es, un agonizante sigue siendo un ser humano plenamente digno, merecedor de todo respeto, por lo que constituye un acto grave cualquier intervención que le provoque la muerte directamente, extremo que sucedería en el caso de la extracción de órganos a un paciente que no haya muerto.

A este respecto, la Iglesia Católica considera válido el criterio de muerte encefálica global como criterio para determinar el momento de la muerte, según consta en un documento elaborado por Academia Pontificia de las Ciencias titulado “Por qué el concepto de muerte cerebral es válido como definición de muerte”, publicado en 2008.[x]

Son los postulados utilitaristas, que relativizan el concepto de dignidad humana y lo someten a su utilidad, los que se muestran partidarios de “facilitar” el proceso de donación de órganos, simplificando el diagnóstico de muerte. Podría decirse desde esta ética utilitarista, que el individuo que está a punto de morirse no es ya merecedor de derechos en la misma medida que el resto, por lo que, en función de la utilidad de sus órganos para un tercero, podría intervenirse sobre él, aún no definitivamente muerto, en aras de mejorar la eficacia de la técnica y en beneficio de los posibles receptores.

Es el mismo criterio que se aplica a los ancianos para los que se solicita la eutanasia, o los fetos enfermos, o los embriones congelados o sobrantes de las técnicas de reproducción asistida, o los descartados como consecuencia del diagnóstico genético preimplantacional. Al fin de al cabo, no son útiles, por lo que no serían dignos.

La Iglesia Católica se ha manifestado en contra de estos criterios utilitaristas con la misma nitidez con la que se ha mostrado a favor de la donación y trasplante de órganos.

Pero ninguna vida vale más que otra, y nunca ha reconocido lícito matar a unos para salvar a otros, porque cada vida es digna de ser vida en sí misma.

Salvaguardar el derecho a la vida de todo ser humano no es ir contra el progreso. Al contrario, atentar contra él es la más regresiva de las actitudes posibles.

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