Rebeldes sin causa | Familia Actual

Formar el cerebroMientras la vida sigue, los responsables de la educación de este país siguen deshojando la margarita de reformas y contrarreformas. Como los amantes desesperados, confían en que, a base de darle vueltas, la rueda de la fortuna acabe dándoles la razón. Conforme van arrancando pétalos, van canturreando: “Filosofía, sí; Filosofía, no; Filosofía, sí; Filosofía, no…”

Ahora parece que volvemos a estar en el “no”. Una vez más, la Filosofía ha sido arrinconada en el currículum del Bachillerato. Los conocimientos que reclama nuestro tiempo son tan extensos que hay que prescindir de lo superfluo, como un barco que se hunde. Puestos a sacrificar alguna disciplina, ¿cuál menos conflictiva que la vieja Filosofía, esa asignatura con olor a rancio, obsoleta y anacrónica, que, además, no tiene ninguna utilidad práctica? Nadie la va a echar en falta, a lo sumo protestarán cuatro locos filósofos, esos que siempre están quejándose de todo por vocación. Hay que cubrir las necesidades educativas de nuestros alumnos, hay que atender a los mínimos, a lo práctico: la Filosofía, en cambio, al igual que las otras materias humanísticas, es un artículo de lujo.

Además, ¿qué les puede aportar a nuestros adolescentes el estudio de la Filosofía? ¿Complicarse la vida? ¡Que la disfruten, que son dos días! ¿Pensamiento propio? ¡Que no piensen, que consuman! ¿Espíritu crítico? ¡Cuanto menos espíritu, mejor! ¿Hacerse preguntas? ¡Ya les damos nosotros las respuestas! ¿Llegar al fondo de las cosas? ¡Con lo bien que se flota en la superficie! ¿Raíces culturales? ¡Con lo peligroso que es echar raíces! ¿Acaso va a venir vestida de blanco a consolarles como a Boecio en la prisión de Pavía? ¡Para eso ya hemos inventado mil formas de evasión! Los adolescentes no están para filosofías, se nos dirá: lo que tienen que hacer es quemar hormonas y prepararse para un futuro profesional terriblemente competitivo.

Nosotros, como padres y educadores, no lo vemos así. Creemos que es bueno que la Filosofía, y las humanidades, estén presentes en la etapa vital de la adolescencia porque, entre otras cosas, el adolescente se encuentra en la segunda “edad del porqué”. Como los niños pequeños, que no dejan de preguntar el porqué de todo, el adolescente se hace preguntas profundas sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre el destino del mundo, la felicidad y la libertad, pero, a diferencia del niño, tiene que responderlas él mismo: no le valen ya las respuestas de los adultos, sino que quiere encontrar sus propias respuestas. Para ello, ¿qué mejor oportunidad que la que le brinda la filosofía?

Nuestra experiencia como profesores de Filosofía nos muestra que, en general, a los adolescentes les gusta y que les es intelectualmente muy provechosa. Dentro de su menú semanal de asignaturas, la Filosofía actúa como un complemento vitamínico que les aporta lo que los otros “saberes” no les permiten saborear. Dentro de sus actividades diarias, la filosofía les entrena para afrontar todas aquellas cuestiones vitales que no se solucionan a golpe de calculadora, de análisis sintáctico o de aplicación de alguna fórmula científica. Dentro de su maduración personal, les otorga herramientas intelectuales que les permiten tener criterio propio, razonar sus propias convicciones, entender los problemas sociales, éticos y políticos del mundo que les rodea, comprender y respetar las opiniones ajenas, expresarse, etc.

Pretender desterrar la Filosofía del plan de estudios no es un buen plan, porque les vamos a privar a los adolescentes de una magnífica oportunidad para que se hagan las preguntas (y ensayen respuestas) propias de su edad, para que ejerciten esa rebeldía intelectual que les es propia y que parece que algunos tanto temen. Prefieren que no piensen, que sean rebeldes sin causa.

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