¿Qué hacemos con el paro?

Antonio Argandoña.-Profesor del IESE
Antonio Argandoña.-Profesor del IESE
Ese es el título de mi artículo en El Periódico de ayer (aquí). No pretende ser una propuesta completa, claro, pero sí trata de recordar algunas cosas que me parecen importantes. A partir de un chiste (viejo y malo, como los que me gustan), hago notar al lector que sabemos cómo reducir el paro, pero que no queremos poner los medios, hacer fuerza.

El primer medio es la moderación salarial. En el fondo, lo que tengo en la cabeza es una lección elemental de economía: la cantidad vendida de un producto depende del precio; si el precio de los plátanos es demasiado caro, respecto de las preferencias de los consumidores, su renta disponible y el precio de otras frutas, no venderemos muchos. La moderación salarial recoge esa misma idea, bajo la imagen de que no existen sueldos de 2.500 euros para jóvenes sin experiencia; solo hay sueldos de 700. Y esto vale también para los demás: no esperemos que nuestros sueldos se revaloricen cada año por encima de la inflación. Lo de “yo valgo más” no vale: quizás valías más hace unos años, pero ahora no. Ahora somos más pobres.

La segunda recomendación es la flexibilidad laboral. La de las horas y el salario, por ejemplo, porque no siempre hay trabajo para todos cinco días a la semana, y habrá que acomodarse. Y la flexibilidad funciona, como muestran sus resultados en otros países. Luego menciono la reducción de la maraña de contratos de todo tipo que, en definitiva, sirve para encubrir unos costes de despido demasiado altos. Las empresas contratan pensando en el rendimiento del empleado, en su coste mensual y, muy importante, en el coste que tendrá despedirlo, si llega el momento. Y moderar los costes de despido es, precisamente, una manera de invitar a los empleadores a contratar más. Esto, dicen algunos, no tiene sentido, porque lo que quiere el empresario es despedir barato. Y argumento que no es así: lo que quiere es tener trabajadores eficientes, bien formados y dispuestos a trabajar. Despedir no es un objetivo en la empresa; producir sí lo es.

Y acabo, como he hecho otras veces, manifestando mi repulsa hacia una sociedad que permite que haya casi un millón de jóvenes de menos de 25 años sin empleo actual y, lo que es peor, sin la expectativa de un empleo decente en los próximos años. Porque, además, cuando se jubilen les rebajaremos la pensión en función de los años no trabajados. Y esto no es otra cosa que el fracaso de una sociedad. O, como leía hace pocos días en un medio de comunicación, el fracaso de una generación: la nuestra.

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