Los mejores profesores universitarios, para todos y gratis

Las tecnologías on-line acaparan la mayor parte de las innovaciones educativas. En el ámbito universitario, la herramienta estrella son los MOOCs (Massive open on-line courses). Son cursos sobre temas muy variados a los que pueden acceder alumnos desde cualquier punto del mundo, con tal de que estén conectados a Internet.

2012 ha sido el año de su explosión mediática, gracias a los acuerdos firmados por algunas de las universidades más importantes del mundo (sobre todo norteamericanas) para ofrecer formación a precios muy bajos o gratuitamente a través de algunas plataformas como Coursera (con más de 200 cursos de todas las ramas), EdX o Udacity (estas dos con pocos cursos y centrados en las tecnologías y las ciencias). (ver Aceprensa 10-05-2012).

Para algunos, los MOOCs son la respuesta a la crisis universitaria: eliminarán las desigualdades por razones económicas y los problemas de deuda, al tiempo que permitirán a cualquier universitario del mundo recibir instrucción de los mejores profesores, independientemente de dónde viva. A simple vista, todo son ventajas. Sin embargo, también suscitan escepticismo, sobre todo entre los profesores y los directivos de las universidades.

Estudiar delante de un ordenador supone enfrentarse a una gran variedad de posibles distracciones

Cómo financiarlos

Hasta ahora, la mayor parte de los MOOCs ofrecidos por las principales plataformas son gratuitos. Esto plantea un problema de financiación que puede abordarse de varias formas. En primer lugar, podrían financiarse con dinero público, pero esto es poco probable por dos razones: la alta tasa de abandonos (cercana al 90%) hace la inversión poco rentable; por otro lado, estos cursos no tienen un “interés estratégico” para el país que los subvencione, que no verá traducida esa inversión en riqueza salvo en el caso de los estudiantes nacionales o los que planeen establecerse allí.

Otra opción es empezar a cobrar por ellos, algo que ya han anunciado (aunque para un futuro todavía no definido) los creadores de algunas de estas plataformas –se ha barajado la alternativa de que el dinero se pueda recuperar si se obtienen buenas calificaciones, tal y como sucede en la universidad tradicional con las matrículas de honor–.

Otra forma de obtener ingresos es la publicidad: empresas como Google o Microsoft ya están esponsorizando algunos cursos de los que más tarde podrían reclutar trabajadores, como programación de gráficos en 3D o desarrollo de aplicaciones para Android. En este mismo sentido, Udacity ya ha puesto en marcha un sistema por el que ofrece los currículos de sus estudiantes a empresas que estén buscando un perfil concreto de empleado. A cambio, estas pagan una tasa a Udacity si contratan a alguien a través de este servicio.

Uno de los obstáculos es la evaluación de los alumnos y el reconocimiento de los títulos

Problemas con los titulos

Además del dinero, los MOOCs se enfrentan a otros problemas prácticos. Uno de los más importantes es la evaluación: ¿cómo asegurar a distancia que quien realiza el examen es el mismo que ha seguido el curso?, ¿o que quien lo ha seguido es el mismo que dice haberlo hecho y que recibirá el certificado? Un problema adicional relacionado con la distancia es que el profesor, si quiere hacer un seguimiento personalizado (la gran ventaja de los MOOCs, según sus defensores), tiene que estar atento a las evoluciones de alumnos repartidos en distintos husos horarios, que se conectan cuando quieren o pueden. Nada que ver con dar la clase y examinar a todos los alumnos en un sitio y a una hora.

Otro obstáculo es el reconocimiento oficial de los cursos. Hasta ahora, al terminar uno de ellos, el alumno recibe un certificado con el respaldo de la universidad a la que pertenezca el profesor, pero sin equivalencia oficial en créditos. El American Council on Education (ACE), la asociación universitaria más importante de Estados Unidos, está preparando un informe sobre la posibilidad de que los MOOCs –por lo menos los de Coursera, la plataforma con más cursos on-line– puedan servir para obtener un grado tan oficial como el de las universidades tradicionales.

El vínculo con el profesor

Una de las pegas que se suele poner a los MOOCs es que marginan los estudios humanísticos, porque favorecen la visualización rápida de textos y vídeos en perjuicio de la lectura profunda y la reflexión.

Hasta ahora la mayor parte de los cursos ofrecidos por las principales plataformas son gratuitos

Otra de las objeciones más frecuentes a los MOOCs es que eliminan la parte “física” del aprendizaje. En un artículo en el NewYork Times, David Brooks señala la importancia del vínculo que se crea cuando “un grupo de estudiantes interesados en una materia comparten aula con un profesor apasionado”. No obstante, la intensidad del vínculo no solo depende de poder verse las caras, sino también del número de estudiantes. Por eso, un artículo en la página web de Inside Higher Education critica a Brooks por asimilar los MOOCs a los cursos on-line tradicionales. La diferencia entre estos y aquellos es precisamente la masificación del alumnado. Según los autores, un curso on-line no debería sobrepasar los 50 estudiantes, y eso contando con que el diseño permita la interacción del profesor con cada alumno.

Otro requisito importante es que los alumnos estén motivados. Por un lado, estudiar delante de un ordenador supone enfrentarse a una gran variedad de posibles distracciones; además, si el curso es gratuito, resulta muy fácil dejarlo y empezarlo otra vez “cuando tenga más tiempo”.

¿Se aprende más?

Con todo, la pregunta más importante sobre los MOOC debería ser: ¿enseñan mejor que los cursos tradicionales? Sus defensores destacan algunas ventajas competitivas. Una es que liberan al profesor de los primeros pasos en la enseñanza, los puramente informativos (la información está en Internet), y así puede centrarse en la discusión de problemas prácticos, el debate y la síntesis. Según Brooks, es en esta segunda etapa donde reside el valor distintivo del profesor, y los cursos on-line potencian este valor.

Otra ventaja es que son mucho más asequibles para personas que estén aprendiendo el idioma, porque pueden repasar los contenidos las veces que quieran. Por otro lado, como suelen ofrecer test cada pocas lecciones, el alumno puede conocer más en concreto sus lagunas. Si el profesor tuviera acceso a esos resultados, y tiempo para analizarlos, podría hacer un diagnóstico más preciso de las necesidades de cada estudiante. La interactividad sería completa, algo que no es fácil en los cursos masificados.

Tras haber completado un curso de física ofrecido por Udacity, Amanda Ripley explicaba en Time por qué la formación on-line tiene más posibilidades para adaptarse a la forma de aprender del cerebro que las clases tradicionales: cada 3 minutos tenía que responder a unas preguntas para seguir avanzando, lo que hacía difícil distraerse; podía pararse cuando quisiera a investigar más a fondo una cuestión, sin tener que depender del ritmo que marcan los demás alumnos; los bloques teóricos no duraban más de 20 minutos (según Ripley hay estudios que demuestran que este es el umbral en el que la atención empieza a perder intensidad y necesita cambiar de objeto, o al menos de modo de trabajo); por último, los vídeos y las distintas localizaciones en las que el profesor se había grabado explicando (lugares relacionados con la materia explicada) ayudaron a Ripley a unir conceptos con imágenes y a grabarlos mejor en su memoria.

Repercusiones en las universidades presenciales

Ripley también comenta en el artículo los resultados de un experimento realizado por el fundador de Udacity, Sebastian Thrun, cuando aún daba clases en la universidad de Standford. Decidió volcar sus clases de inteligencia emocional en un curso on-line, y permitió a los alumnos que quisieron cursar la asignatura por esta vía, junto con otros estudiantes de todo el mundo. Así lo hicieron más de tres cuartos de la clase. Al acabar se llevó dos sorpresas que le empujaron a crear su actual empresa y a renunciar a su plaza en la universidad. La primera fue que sus alumnos de Standford mejoraron significativamente las notas que habían sacado otros estudiantes de esa asignatura en años anteriores, con él mismo como profesor. La segunda fue que ninguno de ellos estaba entre las mejores 400 notas.

Amanda Ripley visitó otras universidades presenciales para comparar las ventajas y desventajas de los MOOCs. Su conclusión fue que las universidades de élite (pone Georgetown como ejemplo) no desaparecerán al extenderse los cursos abiertos on-line. El atractivo de estas universidades no reside solo en la calidad de sus profesores, sino en el ambiente de los campus y en el sentimiento de “exclusividad”. Como reconoce uno de los co-fundadores de Udacity, “si te puedes permitir vivir en una burbuja como la de esos campus, es algo maravilloso”.

Tampoco cree Ripley que peligren las universidades que se encuentran justo en el otro extremo, es decir, las dirigidas a estudiantes de entornos socio-económicos más bajos o con una base muy floja en algunas materias. Este tipo de alumnos necesitan muchas veces un profesor de carne y hueso que les enseñe, además de la materia propiamente dicha, técnicas de estudio, disciplina, que les motive y les siga muy de cerca. En cambio, las universidades medias son las que más deberían temer el auge de los MOOCs.

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