Levantar la copa

Familia actual.-Tras una larga competición deportiva sólo hay un equipo que acaba levantando la copa. Es el que mejor ha jugado, el más regular, el más competitivo. Tras una dura temporada llena de sacrificios, de rigurosos entrenamientos, lesiones, partidos difíciles, momentos de crisis y de dudas, tras haber puesto toda la ilusión en cada encuentro, llega la recompensa. Por fin se puede celebrar la victoria: la tan ansiada copa está en las manos de los ganadores y ya pueden levantarla sobre sus cabezas.

celebracionLa copa que se entrega a los ganadores representa el brindis: han vencido y merecen celebrarlo. Suele ser grande y valiosa, para que quepan todos los sacrificios de la temporada y puedan ser diluidos en el vino de la victoria; para poder compartir la alegría con todos los familiares, amigos, socios, seguidores; para que quede grabada por siempre en el recuerdo de los aficionados.

En latín celebratio significa “reunión numerosa”, por eso, los equipos ganadores nos tienen acostumbrados a salir por las calles, montados en un autobús descapotado, dándose, como se suele decir, un baño de multitudes. El objeto es celebrar la victoria, es decir, compartir el trofeo con toda la afición. En ese momento de la liturgia, cada seguidor pone en la copa su gota de sudor, de sacrificio, de esfuerzo (los títulos no se ganan sin el apoyo de los aficionados) y sus ídolos los disuelven en el licor de la victoria, convierten las penas, las renuncias en alegría, porque tienen en sus manos la cornucopia, la copa que sacia todos los deseos.

Se parece a un acto religioso, porque en el fondo lo es, sólo que en vez de hacer una libación a los dioses, el vino de la celebración se lo beben los propios protagonistas. No nos extrañe pues que ocurra lo que a veces suele ocurrir.

Hace poco pudimos contemplar la celebración del campeonato de liga por parte del Barça: un autobús recorrió la ciudad de Barcelona para que la plantilla del primer equipo pudiera celebrar el título con su afición. Por desgracia, la imagen que dieron ciertos jugadores, ídolos de muchos niños, no fue muy ejemplar que digamos. Algunos de ellos iban pasados de alcohol (“levantaron” demasiado la copa), se quitaron parte de la ropa e, incluso, tiraron un calzoncillo al público. Muchos los justifican: son jóvenes, lo están celebrando, ¡qué importa!, en esos casos hay que ser permisivos, hay que comprender que toda la tensión de la temporada se desata en un momento.

Pero también hay que comprender que desde el olimpo de un autobús descapotado uno no sólo trae la alegría a los que están allá abajo aclamando su nombre, sino que también, y sobre todo, se convierte en el punto de mira de miles de aficionados, muchos de ellos niños, que contemplan extasiados cómo celebran sus ídolos la victoria.

El ejemplo que dieron algunos jugadores del Fútbol Club Barcelona en las calles de la ciudad condal fue indigno de un club que se caracteriza por transmitir valores como la honradez, el esfuerzo, la humildad, el trabajo en equipo… Esos modelos de nuestros hijos deberían cuidar mucho más lo que hacen en una celebración que lo que hacen en el terreno de juego. Bien es verdad que sobre el terreno pasan mucho tiempo y sobre la plataforma apenas unas horas, pero hemos de tener en cuenta que en el primero son vistos desde arriba mientras que en la segunda son ellos los que están arriba.

Es más difícil saber ganar que saber perder, y es todavía más difícil saber celebrar. Por eso, no sólo tenemos que enseñar a nuestros hijos lo primero y lo segundo, sino también a saber celebrar, a ser capaces de levantar la copa con dignidad.

Be the first to comment

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.