Las monedas locales pueden ser útiles

Antonio Argandoña.-Profesor del IESE
Antonio Argandoña.-Profesor del IESE
Hablaba hace unos días con Jordi Griera sobre las monedas locales, esas que están proliferando ahora con la crisis. Se trata de monedas sin el respaldo de una autoridad reconocida, como un banco central o un gobierno, emitidas, por ejemplo, por una asociación de comerciantes o de vecinos, un ayuntamiento, un barrio o una ONG. Hay varias razones para la emisión de monedas locales. En primer lugar, el fomento de la economía local: las monedas locales no tienen validez más allá de un territorio limitado, de modo que deben ser gastadas dentro de él, con lo que esto tiene de desarrollo económico y social, cohesión, creación de riqueza para la zona, ahorro de energía en el transporte, etc. Y, en segundo lugar, la recuperación económica de la región en una época de crisis.

Aquí no pretendo hacer un estudio detallado del fenómeno de las monedas locales, de las que dice Wikipedia que en los últimos años se han puesto en circulación más de 2.500 (aquí). La clave de una moneda es la confianza que se tenga en el que la emite. En un ambiente local, esa confianza es relativamente fácil; a nivel nacional es mucho más difícil, por lo que debe ser reconocida por las autoridades o el banco central. Por tanto, el primer problema, la confianza, está resuelto, al menos mientras no ocurra algo que la deteriore (por ejemplo, una emisión excesiva que genere inflación en términos de la moneda local, o un fraude).

¿Puede contribuir una moneda local a la recuperación económica de una zona? Sí, claro. Supongamos que usted tiene ahora 100 euros para vivir en los próximos días, pero que un kilo de pan cuesta 100 euros: el hambre está llamando a su puerta. Y si esto se generaliza en su comarca, todos pasarán hambre. La solución obvia es que la falta de demanda baje el precio del pan, pero los precios son muy rígidos a la baja, quizá porque lo son los costes, incluyendo los impuestos, o porque la demanda es elevada en otros lugares, de modo que los panaderos desvían la oferta hacia lugares en que la gente puede pagar.

Si los precios no bajan, la solución es que aumente la cantidad de dinero; con 900 euros más, usted podría comprar 10 kilos de pan. El problema es quién le proporciona ese dinero. Esa es la función de la moneda local: los tenderos de la comarca le regalan a usted 900 vales para comprar en la comarca, de modo que ellos venderán el pan a cambio de esa moneda, que podrán dedicar luego a otras compras o a contratar trabajadores, etc., siempre dentro de la comarca. En la medida en que las relaciones económicas con el exterior no sean demasiado intensas, el esquema puede funcionar bien. Porque su continuidad exige que el dinero no se quede en la caja de las familias o de los tenderos, sino que circule.

La emisión de moneda local ha resuelto un problema de liquidez. Hace un par de años corría un chiste parecido. A un pueblo de la costa llega un turista, que propone al hotelero que le alquile una habitación por un mes. El hotelero le pide un adelanto de 100 euros, que el turista le da, y sale a pasear por el pueblo. El del hotel corre a pagar la deuda de 100 euros que tenía con el carnicero; este hace lo propio con el panadero; este con el de reparación de automóviles, y así hasta que los 100 euros regresan al hotel, justo cuando el turista vuelve, dice que el lugar no la ha gustado, reclama sus 100 euros y se marcha. Se han arreglado muchos problemas, que eran uno solo: falta de liquidez. Otros problemas no tienen tan fácil remedio.

Por supuesto, a las autoridades y al banco central no les gustará que corran por ahí monedas locales -también porque, en manos de desaprensivos, pueden generar pirámides y fraudes diversos que, al final, acabarán exigiendo la intervención del gobierno. Pero me parecen una buena solución, sobre todo porque la han creado espontáneamente los propios ciudadanos, no el Estado. Por cierto, que esos ciudadanos han contribuido a la recuperación del papel del mercado que, quizás, criticaban en sus reuniones.Blog Antonio Argandoña.-

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