La nota de corte genética

El Sonar.-En los modernos pecados capitales uno de los más graves es excluir. En cualquier actividad, no se debe excluir a nadie, o al menos, no hay que decirlo. Por olvidarlo, se ha metido en aguas turbulentas Mike Jeffries, el consejero delegado de la marca de ropa Abercrombie & Fitch. Un reciente libro ha resucitado las declaraciones que hizo en 2006 a la web Salon. “No hacemos ropa para gordas ni para chicos que no sean cool”, dijo con sincera prepotencia Jeffries. “Queremos gente guapa en nuestras tiendas. Dependientes y clientes… ¿Somos excluyentes? Por supuesto”.

No hacía falta mucha intuición para comprenderlo. Sus agresivas estrategias publicitarias de tono erótico y los modelos masculinos bellos y cachas que atienden en sus tiendas a torso descubierto, revelan a qué público se dirige. Y no le ha ido mal: en 2011 la marca ganó 40 millones de euros.

abercrombiefitchPero la cuenta de resultados puede debilitarse, a raíz de la tempestad que se ha formado en las redes sociales al volver a sacar a la luz pública las declaraciones de hace siete años. Eso de excluir a gordas, feos y debiluchos para hacer caso solo a la gente guapa te puede arruinar la imagen de marca. Algunas estrellas han anunciado que no volverán a comprar en estas tiendas que no saben tratar con dignidad y respeto a todos

Tan feo se ha puesto el asunto que Jeffries se ha visto obligado a sacar un comunicado en el que asegura que, aunque, “como muchas marcas, nos dirigimos a un cierto tipo de clientes”, sin embargo “estamos fuertemente comprometidos con la diversidad y la inclusión”.

Queda bonito este compromiso. Pero la realidad es que, en lo que se refiere al nacimiento, la sociedad actual consagra el derecho a excluir al que no supere cierta nota de corte genética cada vez más alta. Basta ver la reacción indignada con la que algunos sectores están atacando la aún nonata reforma de la ley del aborto en España, que, en otras cosas, pretende exigir más garantías para que no se pueda eliminar a cualquier feto que sufra alguna anomalía. El derecho a excluir se presenta aquí como derecho a decidir.

La libertad reproductiva se entiende así como el derecho a un hijo sano. En un reciente artículo (El País, 21.05-13), el filósofo Jesús Mosterín deja claro este derecho a excluir. Al referirse a los casos de síndrome de Down, dice respetar a los padres que los aceptan y se sacrifican por ellos, aunque a continuación los ningunea diciendo que “no suele ser eso lo que elige la mayoría de la gente razonable en ningún país del mundo”. En cambio, “los padres que prefieren tener hijos capaces de vivir una vida humana en plenitud también tienen derecho a abortar cuando los dados genéticos les hayan sido desfavorables y a ensayar una nueva partida”.

Convendría no perder de vista que nada garantiza que un hijo perfectamente sano no lleve después una vida que amargue la de sus padres. Pero, en cualquier caso, lo más decisivo es que al consagrar el derecho a abortar al niño que no sea “normal”, el legislador excluye al discapacitado del derecho a la vida.

Con una actitud esquizofrénica, la sociedad es cada vez más sensible a la integración de cualquier minoría, y más insensible a la exclusión prenatal de quien no responde plenamente a la normalidad genética. La eugenesia impuesta por el Estado para evitar que la raza degenere nos parecería hoy un grave abuso, pero la eugenesia privada prenatal para evitar discapacitados en la propia familia se asienta como derecho.

Se establece así un doble discurso. Tácitamente se admite que los padres tienen derecho a un hijo sano, aunque después se espera que las empresas no discriminen a un discapacitado. El síndrome de Down es solo una “capacidad diferente” si se trata del empleo, pero una “grave tara” si se trata del aborto. Se nos pide que cambiemos nuestra mirada sobre las personas discapacitadas, pero se nos impide verlas porque el diagnóstico prenatal se utiliza para erradicar a los bebés con minusvalías.

Por mucho que hoy se haga el elogio de las diferencias, el derecho a excluir prenatal es tan radical como la preferencia de Abercrombie & Fitch por la gente guapa.

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