La elegancia, fuerza contenida

Azorín definía la elegancia como fuerza contenida. Una persona elegante sería aquella que no manifiesta de forma espontánea toda su fuerza, toda su energía, toda su potestad, sino que las contiene y las expresa de forma delicada. Por eso, decía ahora Rubén Darío, que la elegancia suprema consiste en no hacerse notar.

Por desgracia, nuestros hijos no encuentran a su alrededor muchos modelos de elegancia, porque lo que se lleva en los escaparates que ellos contemplan (la calle, la tele o Internet) es el sé tú mismo, la espontaneidad, el dejarse llevar; lo que se traduce, por lo general, en zafiedad o cursilería. La primera es un defecto de forma y la segunda, un exceso; pero ambas, lejos de contener, precipitan hacia fuera una intimidad que, por el hecho de no encauzarse, se pierde.

Nuestros hijos, sobre todo los adolescentes, necesitan aprender a contener toda esa energía vital que tienen en su interior y dejarla salir con delicadeza. Como están comenzando a vivir, no han tomado la medida a sus posibilidades y no saben cómo exteriorizar su intimidad. También están aprendiendo a elegir (la palabra elegancia está emparentada con el verbo latino eligo, elegir) y les cuesta elegir bien. Lo elegante es para ellos algo postizo que desvirtúa la naturalidad, cuando es justamente lo contrario.

Los padres podemos hacer mucho para que nuestros hijos sean elegantes: en ello nos va más de lo que pensamos, porque, aunque lo parezca, no estamos jugando en el campo de la estética, sino en el de la formación del carácter. La persona con carácter, la que ha aprendido a encauzar su temperamento, a no dejarse llevar sino a saber elegir, se manifiesta a los demás con esa cualidad invisible que llamamos elegancia.

Tendríamos que comenzar por dar ejemplo, es decir, por vivir nosotros mismos con elegancia, no admitiendo zafiedades, espontaneidad mal entendida, falta de delicadeza, salidas de tono, sin caer en la rigidez ni en la afectación, porque una persona elegante se caracteriza por ser natural, delicada, discreta, flexible y sencilla.

No nos cansemos de corregir: gestos, posturas, formas de hablar y de vestir… Es importante que les hagamos ver la impresión que pueden causar en los demás. Los adolescentes se miran mucho al espejo pero no ven lo que los otros ven: hemos de ponerles otro espejo para que vean el reflejo de su reflejo. Un tipo de ropa puede significar para ellos comodidad, pero puede ser interpretado de muchas otras maneras por las personas que están a su alrededor.

De todas formas, no esperemos que, de buenas a primeras, vaya todo sobre ruedas, porque hay mucha vitalidad, mucha fuerza que contener.Fuente:Familia actual

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