Guardar silencio

Familia actual.-01/07/2013.-Lo que nuestra época necesita, por encima de todo, es silencio. Hay demasiado ruido, fuera y dentro, como para poder oírnos entre nosotros y a nosotros mismos. Todo proyecto humano se fragua en el silencio y la familia es nuestro gran proyecto vital. El pensamiento sereno, la reflexión sosegada, el diálogo fecundo son necesarios para poder encontrar esas líneas que se nos han podido ir borrando a fuerza de estar más pendientes del ruido que de los silencios.

silencioEl silencio es algo que se nos pide a menudo. Basta que prestemos un poco de atención a nuestro alrededor para advertir que nada nos es tan solicitado y lo solicitamos tanto como el silencio. Sin él no sería posible llevar a cabo una conversación, seguir una clase, asistir a una conferencia; tampoco podríamos disfrutar de una película, una obra de teatro o un concierto; sin su complicidad, no podríamos prestar atención a un telenoticias, leer una novela, pensar. Es la condición imprescindible para estar con los demás.

Nuestra vida está llena de silencios. Voluntarios unos, forzados otros, circunstanciales o esenciales, materiales o espirituales, cargados de sentido o simples formas del callar. Los silencios que se nos imponen tienen que ver con una suerte de impotencia, mientras que los que nos imponemos a nosotros mismos no son simples formas de inacción, sino una actividad, quizá la más humana, porque el hombre es el único animal que calla, justamente porque es el único animal que habla. En la medida en que es posible hablar, se hace posible también el silencio.

Hay muchos tipos de silencio: el silencio prudente, del que calla cuando hay que callar o no habla más de lo necesario (Gracián decía que “el silencio es el santuario de la prudencia”); el silencio imprudente, del que no atina ni en el uso de la palabra ni en el del silencio; el silencio legal, el que afirma sin decir nada porque “quien calla, otorga”; el silencio culpable, del pillado in fraganti; el silencio obediente, de los monasterios; el silencio incómodo del ascensor; el silencio inocente, del presunto inocente; el silencio cobarde, del que calla por miedo; el silencio vergonzoso, del niño al que “se le ha comido la lengua el gato”; el silencio impuesto, de los que no pueden hablar; el silencio respetuoso, de las iglesias y las bibliotecas; el silencio deontológico, del secreto profesional; el silencio expectante, cuando la tensión nos impide hablar; el silencio técnico, del psicoanalista, del maestro; el silencio despectivo, del que no contesta a quien le habla; el silencio eufemístico, de los grandes disimuladores; el silencio tácito, porque “a buen entendedor pocas palabras bastan”; el silencio político, de los secretos de estado; el silencio amenazador de las películas de suspense; el silencio engreído, del que calla por soberbia; el silencio dialógico, del que calla para dejar hablar al otro; el silencio del que habla solo porque, como decía Machado, “espera hablar a Dios un día”; el silencio final, el de la muerte.

Aunque el silencio puede ser sumamente expresivo es algo que se guarda. Cuando guardamos silencio preparamos nuestro interior para acoger la verdad, porque la verdad no se impone sino que se acoge. El silencio es necesario para educar.

El verano suele ser una época ruidosa: viajes, verbenas, encuentros, noches de música, gritos en las piscinas…, por eso, es decisivo hacerle un hueco al silencio, porque, de lo contrario, corremos el riesgo de que el exceso de ruido no nos deje oír lo importante.

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