El PSOE y su obsesión con la iglesia

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Una vez más, cumpliendo aquella ley no escrita que dice que cuando el PSOE va mal se utiliza a la Iglesia como chivo expiatorio, Rubalcaba ha afirmado por enésima vez que quiere revisar los acuerdos de España con la Santa Sede para implantar, dice, un modelo aconfesional, que significa que la enseñanza religiosa salga fuera del curriculum académico y, sobre todo, fuera del horario escolar. Se trata, dice, de construir un Estado laico, como si el actual no lo fuera. Laico significa neutral, pero no significa ni mucho menos que rechace el hecho religioso que existe en su sociedad o que lo considere negativo. Todo lo contrario, el Estado debe celebrar la condición religiosa en la medida en que ésta contribuye a la paz, al dialogo y a la convivencia. Al Estado le debe preocupar poco si una persona tiene esta o aquella confesión, si esta o aquella confesión es enseñada en el ámbito público, porque lo que le interesa no son las confidencias sino buenos ciudadanos, y la Religión es un hecho objetivo y evidente, en particular la católica, que hace buenos ciudadanos. Las encuestas señalan claramente que participan más en las elecciones, y por consiguiente son menos abstencionistas; son quienes nutren en gran medida las ONG y entidades solidarias; mantienen vínculos más estables en el matrimonio; poseen mejor capacidad educativa hacia sus hijos; la violencia contra la mujer es mucho más escasa; su natalidad, sin ser óptima, está mucho más cercana al nivel de sostenibilidad que nuestro país necesita desesperadamente; y así podríamos seguir con una serie de características colectivas que las encuestas de distinta procedencia identifican con claridad.

Desde este punto de vista, solo una ideología que vea a la Religión como un enemigo a priori puede tener interés en llevarla fuera de las aulas, más cuando el hecho religioso, y ésta es una característica del Estado laico, aconfesional, no se impone ni mucho menos sino que resulta de libre elección. Por lo que tendría que velar el Estado es por que la clase de Religión confesional, la católica y las demás que se desarrollen en las religiones reconocidas por el Estado, puedan desempeñarse en las mejores condiciones posibles.

Hay otro factor nada menor: estado laico no significa ausente de la tradición cultural del propio país, porque entonces esta institución no la estaría sirviendo. Y es un hecho evidente que en España, como en toda Europa, la tradición cultural posee un fuerte componente cristiano. No único, pero sí decisivo, sin el que resulta incomprensible. Por lo tanto, conocer el hecho religioso es una condición necesaria para entender la cultura europea y la cultura del propio país. Lo que propone Rubalcaba no es un Estado laico, sino laicista, donde el ciudadano religioso deba sentirse como de segunda clase, porque toda una dimensión suya está prohibida, debe ser censurada.

Este es un camino equivocado y no va a salvar al PSOE del fondo del pozo. Debería aprender el socialismo replanteado, centrado en la justicia social, que podría encontrar en parte de los católicos una base formidable que de esta manera ahuyenta. Porque, en realidad, el socialismo español no es tanto un partido de transformación social como un aparato cada vez más reducido en el que sectores importantes de la masonería española lo utilizan como instrumento. Esta es la realidad que debe ser enunciada, y esto explica porque el PSOE en lo económico se ha convertido en un partido liberal, como demostró Rodríguez Zapatero, mientras acentúa sus características contrarias al hecho religioso en una sociedad y en un Estado que si algo les característica es por su acusada laicidad. Cuando se plantea este tema salen siempre a relucir determinados actos religiosos, por ejemplo los funerales con motivo de un gran accidente. Hay que decir que en estos casos lo que funciona es lo que apuntábamos antes, la concepción religiosa de una parte de la sociedad y también de una determinada tradición cultural. El ceremonial religioso no se impone a las víctimas de una desgracia. En todo caso son ellas que lo solicitan o asumen porque es lo que desean.

No son los acuerdos con la Santa Sede los que imprimen una determinada característica a las relaciones del Estado con la Iglesia sino la propia Constitución española, que confiere a la dimensión religiosa una valoración positiva y cita y subraya de una manera específica a la propia Iglesia católica. Si Rubalcaba quiere terminar con esta concepción lo que debe hacer no es modificar los acuerdos con la Santa Sede sino decir claramente que quiere alterar el pacto constitucional en este punto.

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