El Papa que no quería serlo

“Que Dios os perdone lo que habéis hecho”, les dijo el Papa Francisco a los cardenales poco después de su elección. Una exclamación que, con su punta de humor, pone de relieve que la búsqueda de un líder en la Iglesia tiene muy poco que ver con los procesos de selección del mundo político o económico.

Antes del Cónclave, que iba a dejar malparados los pronósticos de tantos expertos, los clichés informativos nos hablaban de las “luchas de poder” en el Vaticano, casi como si estuviéramos ante la convención de un partido político. Sin duda, entre los cardenales habría diversas opiniones sobre el tipo de líder que ahora necesita la Iglesia. Pero, a diferencia de otro tipo de elecciones, en un Cónclave no se trata de que un candidato se imponga a otros, sino de encontrar entre todos la persona más adecuada para gobernar la Barca de Pedro.

La mayoría exigida de dos tercios no indica un triunfo personal de uno sobre otros, sino que se ha alcanzado entre todos un consenso suficiente de que esa persona es la que la Iglesia necesita ahora. En la Iglesia, tanto en la elección del Papa como en otras cuestiones de decisión colectiva, siempre se busca un consenso lo más amplio posible, y no una simple mayoría como puede bastar en un parlamento.

La peculiaridad de la elección se revela también en que nadie se postula candidato, y en que el elegido habría preferido que saliera otro. El puesto de Papa no es un puesto ambicionado, sino temido por el que puede resultar elegido, ante la responsabilidad que supone tomar las riendas de la Iglesia. Por no remontarnos más, basta pensar que tanto Ratzinger como Bergoglio resultaron elegidos en un momento de su vida en que ya solo aspiraban a un jubilación tranquila.

papa-franciscoSin duda, a la hora de la elección cuentan las características personales de los posibles candidatos. Pero, a la vez, nada es menos personal que este puesto. Como ha escrito Joaquín Navarro-Valls, “llegar a ser Papa es morir al instante a uno mismo. Es aceptar que uno ya no es portador de proyectos personales propios, sino que se ha convertido en el que sostiene a toda la Iglesia para siempre y debe encarnar definitivamente la voluntad de Dios”. De ahí que las propias ideas, los gustos o proyectos personales del nuevo Papa, no sean decisivos a la hora de pronosticar por dónde va a ir el gobierno de la Iglesia.

A diferencia de un político, un Papa no viene con su programa, sino con el deseo de poner sus cualidades personales al servicio de la difusión del Evangelio. Es este un programa que la Iglesia ha recibido para siempre, aunque en cada momento tenga que reinventar los modos más adecuados para hacerlo llegar a la humanidad.

También en estos días ha habido muchas sugerencias sobre lo que tiene que hacer el Papa Francisco para “reformar la Iglesia”. Algunos piensan que es la Iglesia la que debe convertirse a lo que está dispuesto a aceptar el espíritu de la época, en vez de pretender que el hombre de hoy se convierta al espíritu del Evangelio. No hay que hacer muchas cábalas para pronosticar que se van a equivocar tanto como con las quinielas de papables. Por eso, tras la luna de miel con el Papa Francisco, sencillo y directo, es inevitable que lleguen los desencuentros. Pero también eso va incluido en el empleo de Papa.

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