Disforia de género en niños: ¿cuáles son las respuestas?

Entrevista de Genetique a Jean-Pierre Lebrun es psiquiatra y psicoanalista, miembro del Observatoire des discours idéologiques sur l’enfant et l’adolescent, agrégé de l’enseignement supérieur de l’Université catholique de Louvain, ex presidente de la Asociación Lacaniana Internacional y de la Asociación Freudiana de Bélgica, director de las colecciones «Humus» y «Singulier-Pluriel» de Erès, autor de varios libros sobre subjetividad y conexión social, entre ellos Le monde sans limite (Erès, 1997, última reeditación. paperback 2016), y Un immonde sans limite (Erès, 2020).

Gènéthique: Los medios de comunicación transmitieron recientemente la historia de niños muy pequeños, de 5 o 6 años, que rechazan su sexo morfológico: un niño que dice ser una niña, una niña que dice ser un niño. A esta temprana edad, ¿ves en esta petición del niño alguna patología o solo una etapa de la infancia frente a los límites de la vida? 

Jean-Pierre Lebrun: Desde que el mundo es mundo, los niños han estado cuestionando su identidad sexual basada en su identidad sexual, que les está prescrita por su anatomía. El ser humano es un ser de habla y los in-fans, los que aún no hablan, deben integrar que su sexo anatómico no le da todas las claves –ni mucho menos– de su «sexuación», es decir, de la forma en que se situará como sexualizado en este mundo del habla.

A menudo les ha pasado a los padres decir sobre sus hijos que hacían tales preguntas que se resolverían espontáneamente … con el tiempo. Y la mayoría de las veces, ¡no se equivocaron! Como usted mismo lo ha dicho muy bien, se trata de dar al niño la oportunidad de «enfrentarse a los límites de la vida». El niño tiene el tiempo de la infancia para este enfrentamiento.

Así que nada patológico en eso; pero en este planteamiento, en este viaje, lo que ya puede dejar claro que lo patológico podría ser posible, es que el niño se aferra, cueste lo que cueste, a su idea, a la idea que tiene de la realidad –en este caso anatómica– que es la suya… hasta el punto de negar esto último.

G: Esta creencia de pertenecer al sexo opuesto también afecta a los preadolenos, que temen la llegada de la pubertad, o a los adolescentes puberales que piden hormonas para parecerse al sexo deseado. ¿Es diferente el análisis de la situación a estas edades? 

JPL: Sí, porque la adolescencia es como la segunda sesión en los exámenes de «la confrontación con los límites de la vida». Una oportunidad para ponerse al día con lo que no se ha logrado lo suficiente, que realmente no se registró durante la infancia. Sin embargo, ante el fracaso, siempre hay una forma de considerar que lo que no se ha hecho es el trabajo que se debería haber hecho, sino que son las demandas las que no eran legítimas ni justificadas.

Y en la aprehensión del adolescente a esta sentencia, hay una multiplicidad de factores que pueden intervenir: va desde la influencia de los demás hasta su capacidad de «hacer el esfuerzo» solicitado, desde el impacto de los discursos que circulan a su alrededor hasta su negativa a aceptar enfrentar la experiencia de los límites, desde su necesidad de transgredir para constituirse como sujeto a su capacidad de rechazar cualquier cosa que no tenga que se solicita….

En definitiva, se trata de un abanico de posibilidades que puede desplegar ya sea para, como usted dice, «enfrentarse a los límites de la vida», o por el contrario, para considerar que estos límites no tienen cabida.

De hecho, no es difícil pensar que las enormes posibilidades técnicas que ofrece hoy el desarrollo de la ciencia y, en este caso, de la medicina, puedan invitar, o incluso animar, a los jóvenes de hoy en día a negarse a aceptar estos límites.

Incluso la muerte, de alguna manera límite último pero por lo tanto en el corazón de toda la existencia – somos los únicos animales que saben muy temprano en su existencia que van a morir – es hoy cuestionada por algunos. Y todo lo relacionado con el transhumanismo refuerza la idea de que borrar el límite podría ser posible. Por lo tanto, es difícil para algunos jóvenes no referirse a ella para poder considerar que la confrontación con los límites se ha vuelto ilegítima hoy en día…

G: La creencia de un niño en ser una niña (y viceversa) a menudo se identifica como disforia de género. Pero, ¿cómo llamamos disforia de género? ¿Es un error de la naturaleza como dicen algunos, o es un trastorno objetivo, o un síntoma de otra patología? 

JPL: La disforia de género califica precisamente a quien cree que la anatomía que es suya –su sexo– no se corresponde con lo que cree que es, lo que define como su género. Entonces podemos ver claramente que esta pregunta ya estaba presente en lo que acabo de llamar «sexuación», pero que a partir de ahora el sentimiento puede tomar el valor de absoluto, que puede llegar a querer estar completamente libre del determinante anatómico, en otras palabras, negarlo explícitamente.

Por lo tanto, no hay ningún error de la naturaleza en este asunto, pero puede haber la convicción íntima de que existe uno y luego darse la auto-legitimidad para sacar las consecuencias.

G: ¿Podría esta convicción íntima del niño, especialmente del niño muy pequeño, tener otras fuentes y, por lo tanto, otros remedios que la transición que ahora se propone a estos niños?

JPL: Bien se puede percibir que esta idea de poder cambiar de género, de poder vivir mejor los sentimientos, obviamente puede aprovecharse de lo (casi) técnicamente posible de hoy para extenderse sin más límites. Pero independientemente del hecho de que tarde o temprano, todavía será inevitable tener que enfrentarse a lo que es límite, debemos apreciar la capacidad de distraernos así del verdadero trabajo psíquico que debe hacer el niño para integrar lo que hace que nuestra suerte para todos. Como muy bien escribe el filósofo Olivier Rey, la verdadera nocividad de las promesas transhumanistas radica en su capacidad para cautivar a la mente, para entretenerla desde lo que debería importarle.

No obstante, hay que reconocer que el anuncio de esta promesa ilusoria de poder elegir el género negando el sexo, o considerando que ya no está ligado al cuerpo, es mucho más atractivo que el de tener que «enfrentarse a los límites de la vida humana».

Es por eso que la transición propuesta hoy podría empacar a muchos jóvenes que están invitados a no tener que preocuparse por sus determinantes anatómicos.

G: El niño puede ser puesto en dificultades por el deseo de satisfacer a sus padres. En algunos casos, ¿podría la creencia del niño de que es una niña (y viceversa) revelar el deseo del niño de ser esa otra persona que cree que sus padres querían, la niña (o niño) que esperaban? ¿O no puede este deseo de ser otro a veces revelar el deseo del niño de reemplazar a otro que sus padres han perdido antes que él? 

JPL: Todos estos caminos son posibles. Sólo habrá una respuesta pertinente caso por caso. Y esto es lo que hace que las palabras de todos sean escuchadas y tenidas en cuenta, no porque designen la realidad inmediata, sino para poder ser incluidos en este trabajo de investigación por cada uno de sus identidades sexuales. Y aquí de nuevo: dos caminos diferentes: o bien esta identidad sexual se construye dando su lugar a la identidad sexual, o se libera de su determinación anatómica y piensa que no puede ser otra cosa que lo que pensaría o quisiera ser…

G: En paralelo con la búsqueda de causas y remedios para el sufrimiento del niño relacionado con su sexo masculino o femenino, ¿no es apropiado, también, tener como objetivo ayudar al niño al niño a aceptar lo que es, incluso si hubiera preferido ser otra persona? ¿Podemos comparar la decepción de ser un niño y no una niña, o viceversa, con la decepción de haber nacido en un país así, en un momento así, en un entorno así, todos estos elementos que se nos imponen con la vida? 

JPL: Usted hace la pregunta correcta: ¿qué se debe apoyar? Lo que el niño piensa que es… o ¿qué es realmente parte de ella y a partir de la cual debe construirse? La respuesta a esta pregunta es, por supuesto, individual, pero también es social, porque el discurso de lo colectivo influirá en el significado de la respuesta individual. Y es en esto en lo que la disforia de género es el síntoma de la sociedad de individuos que surgió hace menos de medio siglo. La sociedad de los individuos, es decir, una sociedad que ya no hace realmente sociedad al principio (como ha sido el caso durante unos milenios). Por otro lado, hace que la sociedad a partir del individuo que se pone en el punto de partida, el individuo se ve obligado a «convivir» con otros individuos. Pero muchas veces entonces sin reconocer más que la sociedad es siempre más que la suma de sus miembros.

La filósofa Myriam Revault d’Allones lo escribe muy bien en su obra reciente: «Se trata, en efecto, de construir un orden político a partir de una multiplicidad de individuos instalados en una posición de fundación ante cualquier constitución del vínculo social. De ahí la tendencia a considerar la política como el instrumento y la garantía del logro de los objetivos individuales. (…) Sin embargo, si consideramos que las instituciones sociales son sólo un instrumento externo o extrínseco destinado a garantizar los derechos previos del sujeto individual, el consentimiento de los individuos con respecto a estas mismas instituciones es necesariamente condicional y revocable: tienen obligaciones hacia la comunidad sólo en la medida en que, a cambio, garantiza sus derechos. Lo que se abre entonces es el horizonte de un desapalancamiento del individuo con respecto a la sociedad. [1]

Es entonces una dimensión de trascendencia –profana– que viene faltando y que ya no tiene los recursos para acabar con derivas de todo tipo: cambiar de género negando la restricción del sexo, ¡por qué no como individualidad, sino como sociedad significa ajustarse a las desidératas de cada una! Pero sin más entonces tener lo que puede hacernos Uno!

Inmediatamente adivinamos el callejón sin salida en el que esto podría llevarnos: afirmar no tener el color de su piel o sus ojos, no haber tenido los padres que tuvimos, no haber tenido que hablar el idioma de su cultura, no haber nacido en la fecha de inscribirse en el registro civil….

En principio, la ley debería en este sentido ser capaz de objetar y recordar a todo el mundo que hay un espacio de inaccesibilidad que tiene la tarea de determinar y garantizar. Pero la propia ley se deja llevar hoy por la preocupación que tiene de seguir la llamada evolución de las costumbres y por lo tanto se encuentra en el rezago de la opinión que, a su vez, a través de las redes sociales, ha tomado cada vez más fuerza y poder. Por lo tanto, es de temer que la autoridad del colectivo sea completamente anémica y, por lo tanto, solo vaya en la dirección de la reivindicación de aquellos que quieren y creen poder liberarse de cualquier restricción.

G: Algunos padres de estos niños muy pequeños deciden satisfacer el deseo del niño de ser un niño o una niña, vestirlo con el sexo correspondiente, cambiar su nombre y dirigirse a él en consecuencia. Creen que encontrarán la manera de aliviar la infelicidad del niño, sin consecuencias porque siempre será posible volver al nombre y género de origen. ¿Esta aquiescencia de los que te rodean al deseo del niño de ser un niño o una niña parece inofensiva, oportuna o, por el contrario, peligrosa? 

JPL: De nuevo, no hay respuesta válida que no sea caso por caso. Dicho esto, es obvio que aceptar desde el principio esta afirmación por parte de un niño no le permite registrarse en la conflictualidad –la revuelta adolescente– que hasta hace poco tenía su lugar en la construcción del aparato psíquico de cada uno.

Digo «hasta hace poco» porque también aquí tendremos que tener en cuenta los efectos de la evolución de estas tres o cuatro décadas.

Espontáneamente, los padres siempre tuvieron la legitimidad de su lugar generacional y su sentido común para apoyar el choque de la revuelta de sus jóvenes pero hoy en día, esto se pone en duda y muchos padres ya no saben a quién dedicarse para encontrar su camino en el lugar que tienen que ocupar. A menudo sienten que ya no tienen derecho a oponerse a la omnipotencia infantil y, además, ya no encuentran en el discurso social imperante lo que les refuerza en este sentido. A menudo sucede que se sienten obligados a ceder, sobre todo porque se les dice que solo el amor que tienen por sus hijos debe guiarlos en su tarea educativa y que el recordatorio de los límites ya no sería parte de lo que se trata de transmitir.

También es inmediatamente comprensible que enfrentarse a un adolescente en rebeldía amenazando con suicidarse si no gana su caso los arroje al mayor desorden. Y más aún porque la medicina viene entonces, con su diagnóstico y su supuesto tratamiento, a proporcionar a estos mismos niños o adolescentes lo suficiente como para legitimar sus reclamos y, por lo tanto, llevar –sin querer– agua a su molino.

G: Visto desde fuera, parece que el diagnóstico de disforia de género es un diagnóstico hecho a sí mismo en este caso por el propio niño y que los médicos especializados que reciben a estos niños aceptan este «autodiagnóstico». ¿Es eso correcto? ¿Hay otros casos en los que el paciente puede así hacer su propio diagnóstico y sin la verificación del médico?

JPL: Sí, así es y como todo el mundo sabe, el autodiagnóstico está floreciendo hoy en día en conexión directa con Internet y el conocimiento al que permite el acceso. Ahora es frecuente que un paciente venga a ver a su médico con el diagnóstico en el bolsillo. Pero lo que esta posibilidad abarca hasta hace poco inaudita es que legitima el hecho de poder pensar por uno mismo, de ser el auto-emprendedor de uno mismo y por lo tanto sugiere también que el niño podría e incluso debería autodeterminarse lo antes posible.

Sin embargo, uno no tiene que pensar muy lejos para darse cuenta de que lo que especifica el ser humano y los infans es la dependencia en la que está hacia los demás, hacia el Otro. No hay manera de pensar en un ser humano sin pensar que tuvo que construirse a sí mismo a partir de los primeros que lo rodearon. Declararlo capaz de autodeterminarse raya en lo absurdo, ya que es obvio que su probada prematuridad lo obliga a depender de sus primeros otros.

Esta es quizás la otra cara de lo que, desde Freud y Françoise Dolto, se consideraba con razón como un paso adelante, a saber, que el niño era una persona, mientras que hasta entonces solo esperaba crecer para ser tomado en serio y tener derecho al capítulo. Pero a partir de ahí pensar que inmediatamente sería una persona por derecho propio, sin tener que hacer el trabajo psíquico que se le impone para crecer y que por lo tanto también puede prescindir de los de la generación anterior, este es el paso que se dio rápidamente y que les permite no tener que hacerse preguntas siempre eminentemente difíciles.

En cierto modo, ¡que el niño se autodetermine legitima a los padres para que no puedan asumir su trabajo como padres! Es cierto que es más conveniente concebirse a uno mismo como padres siempre al servicio de tener que hacer más para amar al hijo que tener que poner límites a los jóvenes que son cada vez más hábiles para desafiarlos.

G: Cuando los niños se acercan a la pubertad, algunos médicos acuerdan recetar bloqueadores de la pubertad. ¿Puede especificar el propósito de estos bloqueadores y sus efectos en el cuerpo del niño? 

JPL: Los bloqueadores de la pubertad impiden el desarrollo de la pubertad, es decir también de lo que fisiológicamente obliga al niño a reposicionarse en su identidad sexual. Segunda sesión que dije anteriormente!

Al bloquear esta posibilidad de esta manera, hacen aún más posible pensar que pueden liberarse de la restricción anatómica. Pero, ¿quién sabe hoy a largo plazo qué está pasando con estos bloqueadores?

G: ¿Son reversibles los efectos de los bloqueadores de la pubertad?

JPL: Los defensores transgénero dirán que sí; los que se oponen a ellos dirán lo contrario. De hecho, lo más correcto es responder que creemos que es reversible pero no tenemos suficiente retrospección para poder apreciar correctamente los efectos.

G: Si la pubertad se bloquea de esta manera, ¿eso significa que nunca se llevará a cabo o que solo se pospone?

JPL: Sin ser un conocedor del tema, creo que puedo decir que la pubertad solo funciona en un cierto período de la vida. Es un determinante del cuerpo.

G: ¿Crees que es posible construir y pasar a la edad adulta sin pasar por esta etapa de la pubertad?

JPL: Creo que la pubertad es una parte integral de la vida psíquica y psíquica de un sujeto.

G: A los adolescentes se les ofrecen hormonas para que se parezcan físicamente tanto como sea posible al sexo que desean. ¿Hasta qué punto pueden estas hormonas transformar un cuerpo adolescente? 

JPL: ¡Pueden, eso es seguro! Piense en la vellosidad en los niños y el desarrollo de los senos en las niñas.

G: ¿Tomar hormonas del otro sexo tiene consecuencias irreversibles o los efectos se detienen cuando la persona joven deja de tomar estas hormonas?

JPL: Se detienen pero si hubieran obtenido la efectividad de las transformaciones, continuarán.

G: ¿Los menores en Francia se someten a operaciones quirúrgicas para transformar sus cuerpos, como mastectomías, extirpación de los testículos, inversión del pene para formar una vagina?

JPL: No lo sé muy bien. Creo que todavía es bastante raro, pero el problema es que con la creciente afluencia de problemas transgénero, está lejos de ser imposible para un cirujano particularmente celoso ponerse a trabajar en la causa que él o ella consideraría legítima. Sobre todo porque ahora podrá aprovechar las reuniones interdisciplinarias –con endocrinólogos, pediatras, psicólogos, incluso psicoanalistas e incluso pacientes representados por miembros de grupos LGBTQ–, ¡que le habrán dado luz verde!

Por este motivo, los miembros del Observatorio quieren una prohibición legal de intervenir antes de cierta edad. Que al menos este punto sea claro para todos y que la Ley lo garantice.

G: Por lo tanto, estos tratamientos en niños y luego adolescentes tienen consecuencias importantes, e incluso es probable que impacten en toda su vida. Desde el punto de vista médico, ¿está de acuerdo con el principio de caridad administrar tratamientos invasivos con graves consecuencias sin necesidad de que el cuerpo no presente una patología? 

JPL: ¡Claro que no!

G: ¿El sufrimiento psíquico te parece que justifica intervenir de esta manera en los cuerpos de los niños?

JPL: El sufrimiento psicológico que siempre se invita al debate merece una discusión seria y un verdadero debate contradictorio. El sufrimiento viene del sub-hierro, de lo contrario de etimológicamente significa «sub-cojinete». Ya, puede haber dos razones para el desgaste insuficiente, ya sea porque el peso a llevar es demasiado pesado, o porque la capacidad de llevar no es lo suficientemente grande.

La forma de hablar hoy del sufrimiento de quien no puede soportar el sexo que es suyo, interpreta desde el principio dicho sufrimiento como una carga demasiado pesada para llevar. Pero también puede, como he dejado claro, derivarse del hecho de que el tema ya no está preparado –al menos lo está cada vez menos– para soportar el peso de la realidad.

De esta lectura unilateralmente interpretativa, huelga decir que sólo podemos ir cada vez más en la dirección de intervenir para reducir el peso a soportar sin ninguna preocupación por seguir contribuyendo a la capacidad psíquica de poder enfrentar el peso de la existencia humana (lo que implica, hay que decirlo una vez más, la aceptación del límite).

La salud mental, contrariamente a lo que afirma la OMS, no es «un estado de completo bienestar físico, mental y social». Es más bien «la capacidad de saber hacerlo con su falta». Obviamente, esto requiere que ayudemos a desarrollar esta capacidad, y no solo que garanticemos que podamos escapar de las confrontaciones con el malestar y lo imposible.

G: ¿Puede el «consentimiento», la propia petición de los niños afectados, justificar la administración de estos tratamientos?

JPL: ¡Claro que no! A menos, por supuesto, que consideremos que todo lo que tenemos que hacer es responder positivamente a la demanda de los niños que son capaces de determinarse a sí mismos desde el principio. ¿Cuándo se obligará una sociedad de adultos a cumplir con las exigencias del niño, que podría así tener que renunciar a nada de su omnipotencia?

G: ¿Cómo crees que los padres pueden ayudar a los niños que enfrentan este sufrimiento, dependiendo de su edad: primero los más pequeños, luego los preadolescentes, luego los adolescentes?

JPL: Sin duda, uno de los rasgos más preciados que la generación de padres debe transmitir a la siguiente generación es precisamente el hecho de abandonar la omnipotencia infantil, de renunciar a la inmediatez, de consentir que la satisfacción no es total, de aceptar que lo imposible como límite es parte de la existencia sin negar las nuevas posibilidades….

Todo esto se materializa para los padres en el hecho de no tener que responder de inmediato, de tomarse el tiempo y aguantar para escuchar al otro, de aceptar que el niño está aburrido, de no querer llenar su existencia borrando todo lo que pudiera aparecer como tiempo muerto e inútil…. En definitiva, un montón de reacciones que afortunadamente todavía espontáneamente tienen padres que se resisten un poco a las consignas ambientales y que no tienen miedo de utilizar su «autoridad» (en el sentido noble del término y sin autoritarismo) para ayudar a su hijo a crecer «en su cabeza».

G: Los estudios muestran que la gran mayoría de los niños que rechazan su sexo terminan aceptándolo hasta el punto de no recordar que alguna vez lo desafiaron. ¿Crees que la transición social permitida por el cambio de nombre y pronombre, luego la transición médica iniciada por los bloqueadores de la pubertad dan al niño como una especie de respiro para decidir más tarde, o por el contrario el enclosment en un enfoque que en muchos casos habría abandonado si no se hubiera puesto así en los rieles de una transición? 

JPL: Me temo que con el discurso de hoy sobre las personas transgénero, el encuentro con lo imposible ya no se producirá realmente y que solo se pospondrá… en cuyo caso, será el fracaso asegurado. Es cierto que en este sentido, para un niño de 8 años por ejemplo, obtener el consentimiento para cambiar su nombre, para poder convencer a los padres de la corrección de su posición, desde su escuela entonces hasta el Ministerio de Educación Nacional… todo esto sólo puede ir en la dirección de reforzar la omnipotencia infantil, mientras que la educación consiste en este lugar tan preciso de conseguir que renuncie a ella.

El cambio de nombre es muy importante en este sentido porque aceptarlo es ir desde el principio y ya en la dirección de no aceptar la confrontación con un imposible. Por lo tanto, es una razón para creer que este será el camino a seguir. También debe ser uno de esos inaccesibles que la Ley se encarga de identificar y garantizar. En definitiva, renunciar al nombre de pila como referencia social indica que el colectivo ya no se da a la tarea de confirmar la elección individual.

Sin embargo – y todo el mundo puede entender esto – la prevalencia del colectivo es necesaria para la convivencia y debe reemplazar a la del narcisismo que rige el comienzo de la existencia del niño.

En este sentido, para no dejar ninguna ambigüedad sobre el interés de tener en cuenta esta cuestión de la disforia de género (algunos podrían argumentar de hecho que es un progreso para la singularidad), para terminar mis respuestas a sus preguntas pertinentes con estas pocas consideraciones de Freud en su Malestar en la civilización: «La vida de los seres humanos entre ellos se hace posible sólo desde el momento en que hay una mayoría más fuerte que cualquier individuo y se bloquea frente a cualquier individuo. El poder de esta comunidad se opone entonces como un «derecho» al poder individual, condenado como «violencia». Es la sustitución del poder del individuo por el de la comunidad lo que constituye el paso decisivo hacia la . Y añadió un poco más: «Lo que se agita en una sociedad humana, de hecho los impulsos hacia la libertad, puede ser una revuelta contra una injusticia existente y así promover una nueva evolución de la civilización, seguir siendo reconciliable con ella. Pero también puede emanar de los restos de la personalidad original no domesticada por la civilización y así convertirse en la base de la hostilidad hacia ella» [2].

Detrás de la cuestión de las personas transgénero y la forma en que se trata socialmente la disforia de género, está de hecho la cuestión de si estamos avanzando hacia una civilización más o si, por el contrario, es a una des-civilización a la que estamos contribuyendo de esta manera.

[1] M. REVAULT d’ALLONNES, L’esprit du macronisme, Seuil 2021, p.27.

[2] S. FREUD, Le Malaise dans la civilisation, (1929, 2010) Point-essais, Seuil, n°630, p. 93.

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