¡Déjate ser feliz! | Familia Actual

FA20150728La gente necesita ser feliz. Sin un atisbo de felicidad, aunque sólo sea la posibilidad de alcanzarla alguna vez, nuestra vida no tendría sentido. Si algo nos mantiene vivos es esa perspectiva de abrazar o, cuando menos, de rozar con los dedos ese estado de dicha.
Pero hay muchas personas que no saben reconocer la felicidad cuando pasa a su lado, están tan preocupadas por ser felices que nunca llegan a serlo. A veces lo son, pero no lo saben, porque la felicidad no es algo que se conoce, sino que se reconoce. Por eso, solo sabe que es feliz quien lo ha sido alguna vez. El que dice: “en aquella época éramos felices”, está reconociendo que ahora no lo es y sabe bien de qué está hablando.

La máxima autoridad en este asunto no la tiene, por tanto, el experto en psicología, en sociología o en las pseudociencias de autoayuda, tan profusas en nuestros días, sino aquel que es feliz. La persona que ha saboreado una vez siquiera la felicidad sabe lo que es. Aquí el sabio es el que saborea, porque la felicidad se parece a la miel, la reconoce quien sabe cómo sabe.

Muchos se toman la felicidad como una tarea, como algo que hay que conseguir, como una meta a conquistar. El que ha sido o es feliz sabe que las cosas no van por ahí, que muchas veces quien se empeña en ser dichoso acaba no siéndolo: su propio empeño le aleja de su fin. A la felicidad no se llega, sino que te la encuentras por el camino. Cuanto más deseosos estamos por alcanzarla, más aceleramos el paso y menos oportunidades le damos para que nos acompañe en nuestro viaje. Estamos tan empecinados en ser felices que muchas veces pasamos de largo y la dejamos al borde del camino.

La felicidad no frecuenta las vías principales sino que gusta de carreteras secundarias y veredas silenciosas. Caminar sosegados, sin la obsesión por llegar, puede ser una forma de darse una oportunidad para ser feliz. Vivir deprisa, por el contrario, es pasar de largo. Somos nosotros los que vamos tan precipitadamente que nos dejamos atrás la ansiada felicidad. Por ganarla, la perdemos.

Todos queremos ser felices, pero no podemos elegir serlo. La felicidad es una dama tímida que cuando la acechas desaparece. No se deja conquistar porque es ella la que conquista. Es algo que nos sucede. Entra en nuestra vida como un cálido rayo de luz que lo ilumina todo, como cuando abrimos los postigos de la ventana y de pronto desaparece la oscuridad. Es algo que nos toca cuando menos lo esperamos, como un regalo que no nos merecemos. No sabemos explicar qué es, pero cuando la felicidad nos invade nos damos perfecta cuenta de ello. Sentirse feliz se parece a sentirse luminoso por dentro, a sentirse lleno de luz.

El encuentro con la felicidad siempre es sorprendente. Te topas con ella sin querer (aunque lo deseas con todas tus fuerzas) y permanece a tu lado todo el tiempo que tú la dejes estar. Este verano, ¡déjate ser feliz!

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