Cisma dentro del cisma lefebvriano por Salvador Bernal

Por desgracia, se repite la historia: las ramas desgajadas del tronco de la Iglesia católica no son capaces de mantener tampoco su propia unidad.

La historia, pródiga en divisiones, ofrece ahora la penosa situación de la ruptura dentro de la Fraternidad sacerdotal de san Pío X, con la expulsión del obispo Richard Williamson, ordenado por el propio Marcel Lefebvre en 1988. Alcanzó notoriedad pública en 2009, por sus afirmaciones negacionistas del Holocausto, justo cuando el Papa levantaba la excomunión de los obispos lefebvrianos como signo de diálogo.

A pesar de las apariencias, importa mucho acentuar la comprensión: se trata de un hombre procedente del anglicanismo, y la experiencia muestra las dificultades de conversos ante la ligereza de fenómenos «postconciliares». El propio Jacques Maritain reaccionó hacia 1966 con un libro emblemático, El campesino del Garona, en el que hacía un análisis profundo de la situación. Pero otros no resistieron el embate: veían cómo se trivializaban temas que habían debido superar, no sin «sangre», hasta su conversión al catolicismo.

Ciertamente, negar el Holocausto no es una afirmación herética (sí un delito en países como Alemania o Francia, aunque en el Hexágono no lo será por ahora respecto del genocidio armenio, declarada la inconstitucionalidad de una ley que limitaba la libertad de expresión). Pero de los eclesiásticos se esperan actitudes prudentes que, al menos, eviten escándalos, especialmente en Alemania. De hecho, en aquella extensa entrevista publicada con el título Luz del mundo, Benedicto XVI afirmó que habría tomado otra decisión respecto del levantamiento de las excomuniones a obispos integristas de haber conocido antes las declaraciones de Richardson. Pero el cisma lefebvriano es muchísimo más grave, pues no acepta doctrinas nucleares del Concilio Vaticano II (cfr. Religión Confidencial, 28 de febrero de 2012).

Para los integristas, el Concilio rompe con la Tradición, particularmente en materia de libertad religiosa, ecumenismo y colegialidad. Lo tuvo muy en cuenta la propia comisión pontificia Ecclesia Dei, constituida para llevar adelante el diálogo con la Fraternidad sacerdotal de san Pío X y tratar de superar el cisma. Por eso, entregaron en la sesión del 14 de septiembre de 2011 un «Preámbulo doctrinal»: los principios y criterios de interpretación necesarios para garantizar la fidelidad al Magisterio de la Iglesia, sin perjuicio de admitir discusiones legítimas sobre expresiones o formulaciones particulares del Concilio Vaticano II y del Magisterio posterior.

Los superiores de la Fraternidad decidieron la expulsión de Williamson a comienzos de octubre, ante su falta de respeto y obediencia a los órganos de gobierno de esa institución. Venía publicando semanalmente sus Commentaires Eleison, una especie de newsletter con su visión de la fe católica, con duros ataques a la «Roma modernista», y también a Mons. Bernard Fellay, superior de la Fraternidad. Su distanciamiento era cada vez más notorio, hasta el punto de que fue excluido de la reunión celebrada en Albano en octubre de 2011, para debatir la respuesta al mencionado «preámbulo doctrinal» para la posible reconciliación con Roma.

El obispo británico no ha aceptado pacíficamente la decisión. Su afán de independencia le llevó a publicar en el diario de extrema derecha Rivarol una extensa carta abierta a Fellay, en la que justifica sus comportamientos en términos de fidelidad a Lefebvre. Acusa a los superiores de la Fraternidad de haber traicionado su espíritu, y considera que su compromiso es perpetuo, y no puede borrarse de un plumazo. Llega a sugerir a Fellay que dimita como Superior «por la gloria de Dios, el bien de las almas, la paz interior de la Fraternidad y su propia salvación eterna».

La postura de Williamson es la más radical, pero no la única. El debate es vivo dentro de la Fraternidad, como se comprueba en sus publicaciones y en las entrevistas que Fellay ha concedido en los últimos meses. Se entiende que haya pedido «un tiempo suplementario, de reflexión y de estudio, para preparar su respuesta a las últimas iniciativas de la Santa Sede». Y se comprende también la reacción positiva de Roma, que concede ese compás de espera. En una declaración formal del pasado 27 de octubre recuerda los hitos del camino recorrido, especialmente por parte de Roma, y concluye: «es comprensible que haga falta tiempo para asimilar el significado de estos hechos recientes. Ya que nuestro Santo Padre Benedicto XVI quiere promover y preservar la unidad de la Iglesia mediante la reconciliación, largamente esperada, de la Fraternidad sacerdotal de San Pío X con la Sede de Pedro ‑una fuerte manifestación de la actuación del munus Petrinum- es necesario tener paciencia, serenidad, perseverancia y confianza».

Ciertamente, Roma extrema la paciencia con los lefebvrianos. Pero no resulta nada fácil que éstos den su brazo a torcer.

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