Cataluña en la encrucijada: necesitamos serenidad, objetividad y diálogo

Cataluña ha puesto en marcha la campaña electoral. Tiene a la vista, sobre todo, un periodo postelectoral a partir del 25 de noviembre que puede ser convulso. Estamos ante una encrucijada con varios procesos posibles. Los líderes insisten en actuar de modo pacifico, democrático y civilizado. Ojala fuera así. Observo, sin embargo, cierta violencia psicológica en forma de amenazas, desde uno y otro bando; a veces veladas y otras abiertas; hay indignación en unos y en otros, acusaciones mutuas, crispación, enfrentamientos airados, más allá de la discrepancia de ideas. A veces se oyen descalificaciones poco fundadas y hasta insultos. Las lista de agravios y la inculpación del otro es el pan de cada día.

Con el horizonte de conseguir estado propio para Cataluña, los argumentos para conseguir adhesiones a una u otra causa son con frecuencia más emocionales que racionales. Entre los que proporcionan estos últimos, abundan los económicos y los relativos a derecho comunitario e internacional. Pero, a menudo, son contradictorios, y hasta se diría que distorsionados.

Hay afamados economistas que se decantan por las ventajas económicas de una Cataluña independiente, mientras que otros opinan todo lo contrario. Las posibilidades de ser un estado de Europa son defendidas por unos y negadas por otros. Más discrepancia hay aún entre los argumentos normativos. Mientras unos invocan la legalidad constitucional, otros invocan la democracia por encima de la legalidad constitucional vigente. Unos y otros olvidan que ni la legalidad ni la democracia son absolutos morales. Los argumentos morales para la autodeterminación (de ellos me ocuparé en otra ocasión) son también esgrimidos, a veces, obviando ciertos condicionantes. La unidad de Cataluña y España es presentada como un bien común, pero no todos no lo ven tan claro.

Muchos ciudadanos se muestran muy radicalizados, otros parecen más bien confundidos y perplejos ante tanta contradicción e incertidumbre. La indecisión del voto es anormalmente elevada. Y no me extraña.

No pretendo resolver esos problemas en cuatro líneas, ni menos aún tomar partido. Pero si que propondré tres valores, que me parecen muy convenientes, ahora y, sobre todo, en la etapa postelectoral: serenidad, objetividad y diálogo.

Serenidad, con control emocional, sin perder los nervios, manteniendo la cabeza fría, sin dejarse llevar por impulsos de aversión al otro ni dejarse dominar por la crispación. Ésto no significa frialdad ni aceptación acrítica de opiniones. Al revés, exige reflexionar sobre datos, ideas y argumentos evitando ofender a quien mantiene posiciones contrarias. Actuar no sólo por sentimientos, sino también con la razón.

Objetividad, diciendo la verdad, analizando consecuencias previsibles, sin manipular datos ni engañar de cualquier otro modo, informando de todo lo relevante sin sesgos partidistas, dando argumentos razonables y fiables.

Diálogo, que como reza el refrán “hablando se entiende la gente”. El diálogo exige escuchar, hacer propuestas razonables, buscar puntos comunes con voluntad de encontrar cambios viables, sin imposiciones, ni intransigencias sistemáticas, buscando aquello que es posible, más allá de la maximización de deseos.

Para quienes puedan pensar que es ingenuo actuar con esos valores, habrá que recordar que actuar con serenidad, decir la verdad y tratar de ser objetivo, y una actitud sinceramente abierta al diálogo, tienden a generar confianza en los líderes, mientras que lo contrario lleva al desencanto, a actitudes de aversión, al tiempo que mina la cohesión social. Son valores necesarios también para avanzar de un modo pacífico, democrático y civilizado.
Blog Ética Empresarial y Social.
del profesor del IESE Domènec Melé

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