Alcohol: acceso y exceso

Blog Familia actual.-El consumo de alcohol entre adolescentes, e incluso niños, se ha convertido en un problema tan evidente y tan grave que no encararlo de una vez por todas nos puede llevar a un coma social. El gobierno ha dicho que está estudiando la medida de  multar a los padres cuyos hijos repitan un coma etílico, por suponer una dejación de la tutela efectiva, así como la posibilidad de considerar maltrato el hecho de que los progenitores permitan que sus hijos se agarren borracheras en su propio domicilio (ver).

alcoholPor incidir en casos tan extremos, las medidas propuestas no parecen que vayan a solucionar el problema. Porque, aunque los comas etílicos son mucho más frecuentes de lo que pensamos, la “recaída” a la que se refiere la propuesta del gobierno parece que no lo es (así lo pone de manifiesto el pediatra Santiago Mintegi en una reciente entrevista) y tampoco queda muy claro cuándo se puedan producir lo que el Delegado del Plan Nacional sobre Drogas, Francisco Babín, llama “intoxicaciones etílicas permanentes en su propio domicilio”. Con todo, por lo menos se ha conseguido una cosa importante: que se hable del tema y haya sonado la alarma que pueda despertar a una conciencia adormecida por la aceptación social del alcohol.

Esa es la gran dificultad: convivimos con el alcohol, lo hemos introducido en la dieta diaria, lo convocamos para celebrar una fiesta o cuando algo nos ha ido mal. Si un hijo ve a su padre tomarse un whisky porque ha tenido un día de perros, si cada vez que tenemos una celebración familiar destapamos una botella de cava, si en esa comida familiar invitamos a tomarse una copita al niño de doce años porque “ya es casi un hombre”…, si el alcohol está en los supermercados, en la publicidad, en la calle, en el Congreso…,  lo que estamos haciendo es nada más y nada menos que socializar el alcohol. Después, que no nos extrañe que los adolescentes lo utilicen para socializarse.

El problema del alcohol no parece ser su uso, sino su exceso. Los expertos afirman que bastan tres años de abuso para que una persona acabe siendo alcohólica, por lo que, si la edad de inicio ronda los 12-13 años, nuestra sociedad cuenta ya con adolescentes no sólo alcoholizados, sino alcohólicos. Pero parece que no vemos la misma realidad, porque la propia socialización del alcohol hace que relativicemos el tema y que no lo percibamos como peligroso.

Por este mismo motivo, no acabamos de atajar el problema, porque nos preocupamos por el exceso de alcohol que consumen nuestros adolescentes, pero no por el acceso que tienen a él. En nuestro país, tres de cada cuatro menores que intentan comprar bebidas alcohólicas lo consiguen con facilidad. La puerta al consumo está abierta de par en par y nadie se atreve a cerrarla, por la sencilla razón de que echaríamos cerrojo a un hábito demasiado integrado en nuestra sociedad, calificado como inocuo e incluso saludable en ciertos aspectos.

No obstante, urge tomar partido, no podemos nadar y guardar la ropa. Jugar a la ambigüedad resulta muy peligroso y, en educación, catastrófico. En este tema, corremos el peligro de entrar, como sociedad, en un coma ético.

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