Aceprensa :El falso consenso de la “inquisición gay” en Italia

En Italia hablan cada vez más de la “inquisición gay”, que impide tratar con serenidad problemas que se refieran a los homosexuales. Ante cualquier afirmación, por muy ponderada que sea, aparece enseguida el lobby gay negando el pan y la sal a quien se haya permitido poner en duda las verdades oficiales o las peticiones legislativas de los activistas homosexuales. Pero una cosa es que la homosexualidad como tal haya desaparecido de las listas oficiales de las enfermedades psiquiátricas, y otra muy distinta que, como cualquier hijo de vecino, los homosexuales puedan tener dolencias que afectan a los nervios o a la mente y que requieren una ayuda médica.

Éste es el trasfondo de la entrevista que hace Massimo Introvigne en La nuova bussola quotidiana (5-11-2013) a la profesora Chiara Atzori. Tenía que haber dado una conferencia en una escuela católica de Turín, pero activistas LGBT recurrieron al Ayuntamiento pidiendo que se anulara la conferencia y que, de lo contrario, se suspendiera el concierto por el que recibe financiación pública. La escuela dio marcha atrás, aunque la archidiócesis de Turín protestó enérgicamente por el intento de imponer un pensamiento único sobre estos asuntos, como si no pudiera haber ideas diferentes a las del lobby gay.

La doctora Atzori, especialista en enfermedades infecciosas, fue acusada de considerar la homosexualidad como una infección: la ridiculizaron e insultaron públicamente, caricaturizando su postura científica, como suele suceder en estos casos. Por eso, Introvigne se dirige directamente a ella. Atzori le dice que la acusación es tan ridícula, que no merece respuesta. Explica al sociólogo de Turín que lleva veinte años trabajando en el campo de su especialidad, y no siente ninguna necesidad de disculparse. “Soy especialista en SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual, que por desgracia están muy difundidas también en la comunidad homosexual. He realizado trabajos de campo, incluso en los Estados Unidos y África, y he participado en numerosos congresos internacionales. Tengo muchos pacientes homosexuales, que me honran con su estima y su amistad. Nunca he afirmado que la homosexualidad sea una enfermedad”.

Pero la presentan como “la Nicolosi italiana”, con referencia al psicoterapeuta estadounidense Joseph Nicolosi, partidario de una “terapia reparativa” para los homosexuales, descartada en Italia por el Colegio de Psicólogos. En realidad, contesta, “primero: no soy una psicoterapeuta. En segundo lugar, mi único contacto con el Dr. Nicolosi consiste en haber escrito hace diez años el prólogo a la edición italiana de un libro suyo. Nicolosi, sin embargo, no es irrelevante. No todos comparten sus teorías, pero sigue siendo miembro de la Asociación Psiquiátrica Americana y es invitado a hablar en congresos de todo el mundo. El Colegio de Psicólogos italianos, cuyo presidente es controvertido por sus posiciones militantes, no tiene competencia para ‘prohibir’ nada, y sus recomendaciones no tienen fuerza de ley”.

Por otra parte, Atzori explica que la llamada “terapia reparativa no se dirige a homosexuales contentos y satisfechos con su condición. Nació para otro tipo de personas: las que experimentan una orientación homosexual no deseada, y viven con malestar e incertidumbre. Estas personas son más numerosas de lo que se piensa, y los psicólogos que agradan al presidente del Colegio italiano proponen una terapia Gat –terapia afirmativa gay–, que parte de la premisa de que su malestar nace de la interiorización de la homofobia presente en la sociedad, y trata de llevarlos a superar su malestar viviendo positivamente su homosexualidad. Puede que para algunos las cosas sean así, pero no me convence la afirmación dogmática de que deba ser así para todos, que todas las personas dudosas de su identidad sexual serían felizmente homosexuales si la sociedad no fuese homófoba. La alternativa a la Gat es la terapia reparativa: la palabra ‘reparativa’ no implica que en esas personas haya una enfermedad que ‘reparar’. La palabra procede del lenguaje psicoanalítico, y presupone que la homosexualidad no deseada es un intento (‘síntoma reparativo’ en el psicoanálisis) de la persona de recuperar la propia identidad sexual de la que, por las más diversas razones, se habría separado inconscientemente. Podría suceder que esta hipótesis no se confirmase. La terapia reparativa trata simplemente de experimentarla, a partir de la petición ‑lo repito una vez más- de personas que viven en una situación de incertidumbre”.

A la pregunta de Introvigne sobre la especial animadversión que le muestran los activistas LGBT, responde que “es tal vez porque rompo un falso consenso, según el cual la orientación homosexual es siempre, por definición, hermosa, buena y feliz: solo habría gays alegres y militantes, nunca personas con dudas o malestar. Este falso consenso trata de ejercer hoy una hegemonía sobre toda la cultura. Y siempre me ha apasionado la hegemonía por una razón de familia: Antonio Gramsci, el teórico comunista italiano de la hegemonía, fue mi tío abuelo. Pero permítanme decir que Gramsci era más democrático y tolerante que el actual lobby LGBT”.

Censura previa
Un editorial sobre este caso publicado posteriormente en el semanario de la Archidiócesis de Turín, critica a quienes parecen “arrogarse un derecho que no está escrito en ninguna parte: el de que para hablar de homosexualidad solo están habilitados los que han obtenido una aprobación previa de algunas ‘instituciones’ culturales y políticas que son expresión de movimientos homosexuales o de sus simpatizantes”.

Frente a esa pretensión, “hay que decir con claridad que, en este país, nadie tiene derecho a ejercer una censura previa sobre las palabras o las iniciativas de otros. Sobre todo, y más sutilmente, es preciso reafirmar que no existe ‘un solo modo’ de afrontar las cuestiones, cualesquiera que sean”. “El riesgo ínsito en las censuras y en los lobbies consiste en que al final queda un solo modo de mirar la realidad, y de vivir la vida, el expresado por la cultura dominante”.

De este modo, “todos los problemas se simplifican, las distinciones resultan inútiles y la única ‘libertad’ que queda es la que tomar partido, sin permitirse ya el lujo de razonar y debatir”.

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