No es una idea original mía, claro. Lo dice mucha gente. Pero el caso es que carecemos de ideales morales, al menos en el caso de muchos de nuestros políticos, intelectuales y personajes públicos, probablemente porque nuestra sociedad ha perdido esos ideales -la justicia, el pleno empleo, la igualdad de oportunidades para todos…- que nos movían hace unos años. Cuando esos personajes y los medios de comunicación que los jalean se enfrentan a problemas morales, lo hacen a distancia, de un modo calculador e instrumental: los valores ya no cuentan mucho en la vida de las personas, parecen decir. Y, claro, la gente no sabe cómo hacer frente a los problemas morales de su vida diaria. No sabemos cómo crear y desarrollar nuestras convicciones morales, al menos en la vida pública, sobre todo desde que relegamos la religión a la vida privada.
Lo que pasa es, a menudo, que hemos cortado el vínculo de la razón con la moral: ser una persona éticamente correcta no parece tener que ver con una razón, que ha quedado degradada por el oportunismo, el utilitarismo o el irracionalismo, como recordaban el Papa Juan Pablo II, su sucesor, Benedicto XVI, y el sucesor de este, Francisco. Nuestra sociedad es una “sociedad del conocimiento”, no una “sociedad de ideas”, de las que no nos fiamos, ni sabemos qué hacer con ellas. Y esto nos lleva al cambio continuo: las verdades son transitorias y relativas, “así es si así os parece”, como dice el título de una obra teatral de Luigi Pirandello.
Pero la desconfianza en la razón tiene un alto coste para nosotros: perdemos un recurso moral poderosísimo, sobre todo en un mundo incierto y convulso. Nos fiamos de lo que “es”, pero no sabemos dónde encontrar lo que “debe ser”, porque no tenemos ideales que, de alguna manera, nos acerquen a ese “deber ser”. Porque los ideales no son ideas abstractas, generales, sino motores para vivir y para actuar, pegados a la realidad, que nos alejan del cinismo (la vida es así, te guste o no), y de la resignación en la que el cinismo desemboca. Quizás deberíamos reconocer que somos sujetos morales, movidos por el bien y no solo por la ley y la norma, o por el interés personal y la utilidad… Y, a continuación, poner nuestra razón a pensar en lo que debemos hacer, y por qué debemos hacerlo.