Estos españoles lo dejaron todo para ayudar a los más pobres entre los pobres y continuar el trabajo de Teresa de Calcuta

“Me habían advertido de que la experiencia supondría un antes y un después en mi vida”. Y a fe que lo fue. La tinerfeña Rosalía Hernández no podía imaginar que lo que debía ser un viaje a la India de apenas tres semanas, acabaría convirtiéndose en una experiencia que la marcaría para siempre.

Solo unos meses después de aquello, tanto ella como su amiga y también enfermera Estefanía Martín decidieron ingresar en las Misioneras de la Caridad, la orden fundada por la Madre Teresa de Calcuta en 1950.

“Mi vacío interior era cada vez mayor”, expone Rosalía, de 35 años, que nunca podrá olvidar aquellos primeros 17 días de trabajo en un hospital para leprosos situado en Shantinagar, en plena selva india. El centro, regentado por las Misioneras de la Caridad, es uno de los más importantes de los que posee la congregación en la India, que hoy volverá a recordar especialmente a aquella monja albanesa que falleció hace quince años, el 5 de septiembre de 1997.

“Entre lisiados, huérfanos y moribundos aprendimos que no es posible transformar la realidad de un día para otro, pero sí ayudar, y también que se puede ser feliz con lo mínimo”, expone la religiosa, que en muy poco tiempo tuvo que adaptarse después a las estrictas normas que rigen la casa que la Orden posee en Sabadell, donde más de 70 jóvenes se preparan para luego ser enviadas a distintos destinos en países de países en desarrollo.

Y es que la ausencia de la Madre Teresa no ha debilitado el trabajo y la expansión de la congregación. De hecho, sólo durante el primer año sin la fundadora se abrieron 20 nuevos centros, y en el segundo, 24 más. En total, las monjas de la Caridad regentan ahora más de 600 casas en 125 países, incluidas cuatro en España (en Madrid, Barcelona, Sabadell y Murcia). El número de miembros también ha aumentado en más de un centenar en los últimos doce meses y ya han sido confirmadas 4.300 misioneras procedentes de unos 80 países diferentes.

Cientos de voluntarios españoles

El flujo de voluntarios también se mantiene y se renueva con jóvenes como el cordobés José Romero, de 25 años, que trabajó los últimos nueve meses en una las primeras casas que fundó la Madre Teresa en la India. Al regresar a España transmite su experiencia a los demás con la convicción de haber vivido “algo increíble y difícil de explicar”.

En Calcuta, la Congregación Misioneras de la Caridad, fundada por la religiosa nacida en Skopie (Macedonia), tiene 19 residencias destinadas a niños huérfanos y de la calle, mujeres, moribundos, leprosos y enfermos de sida.

Durante todo el año reciben a todo aquel que se preste para ayudar. Y los solidarios españoles convierten las cercanías de la casa Madre –donde están las oficinas y la modesta tumba de Teresa de Calcuta– en el lugar del país donde más se oye hablar en castellano. Solo este verano han pasado por la caótica ciudad unos 600 voluntarios españoles de la organización.

Aunque en las oficinas no guardan registro alguno sobre la nacionalidad de quienes deciden aportar su grano de arena a la labor de esta mujer firme como una roca en su fe. “A ella no le importaría este detalle, así que todo sigue tal y como lo dejó. Todo aquel que quiera venir a prestar ayuda es bienvenido”, dice la hermana Dennis, que llegó a la India hace dos décadas.

Con los ‘intocables’, pase lo que pase

Además de su estancia en el hospital de Shantinagar hace cinco años, Rosalía Hernández y Estefanía Martín han pasado varias veces en los últimos años por varios de los centros que posee la organización religiosa en Bombay y Delhi, donde se toparon con la “pobreza extrema” de los llamados dalits o ‘intocables’, los más pobres entre los pobres.

De ellos, Estefanía confiesa “la repugnancia que genera” su labor en otros miembros de la sociedad india, ya que en la mayor parte de los casos se dedican a retirar las heces ajenas, que recogen con un pequeño cuenco y cargan en baldes sobre la cabeza.

Por eso, “nadie les da ni les entrega nada en mano”. “Han tenido que afrontar todo tipo de insultos y humillaciones por hacer una buena labor para la sociedad”, lamenta la monja canaria, que asegura que algunas personas de castas superiores son obligadas a comer excrementos de vaca, tierra y tomar agua del Ganges para purificarse tras haber ‘osado’ tocar a un ‘intocable’.

“La Madre Teresa fue de las primeras en luchar activamente contra esa discriminación, ya que sus centros acogen a todo tipo de personas, sin diferenciar castas ni clases”, subraya José Romero, que tiene claro que “es posible que los mandatarios que recortan las ayudas a la cooperación y el desarrollo no conocen la realidad de los países del Tercer Mundo”.

Una opinión que comparte Rosalía Hernández, quien agradece que la experiencia vivida le haya servido, no sólo para dar un giro de 180 grados a su vida, sino para comprobar que los jóvenes españoles, a pesar del paro o la prima de riesgo, son unos “privilegiados sociales”.

“Si te pones a calcular el nivel económico y social en el que nos encontramos nosotros respecto a la mayor parte de la población mundial, nos encontramos entre el 1% que mejor está”, arguye Estefanía, de 28 años, que pone como ejemplo el caso de un niño leproso, sin piernas y las manos deformadas por la enfermedad que nunca dejaba de sonreír.

“Este agradecimiento lleva consigo una visión de las cosas más relativas. Los grandes dramas de la vida ya no lo son tanto y cambia la perspectiva de lo que es importante y lo que no”, recalca la monja.

Como ella, cientos de chicas de todo el mundo se esfuerzan cada día por emular y continuar la labor que durante más de 45 años llevó a cabo Agnes Gonxha Bojaxhiu (llamada luego Teresa de Calcuta tras nacionalizarse india), que atendió sin descanso a pobres, enfermos, huérfanos y moribundos, al mismo tiempo que guiaba la expansión de su congregación, primero en la India y luego en otros países del mundo. Tras obtener el Premio Nobel de la Paz en 1979, fue beatificada por el papa Juan Pablo II.

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