¿Es esta una crisis financiera? blog Antonio Argandoña IESE

Los economistas rara vez nos ponemos de acuerdo sobre lo que va a pasar (eso no lo sabe nadie) o sobre lo que puede pasar, ni siquiera sobre lo que ha pasado. De modo que si no estamos de acuerdo sobre las causas de nuestros males, menos aún podemos coincidir en sus remedios.

En los últimos días han caído en mis manos diferentes papeles sobre las causas de la crisis económica española y sus remedios. Y, claro, una vez más se comprueba lo que he dicho más arriba. Por supuesto, sería pretencioso por mi parte tratar de ofrecer aquí “la” explicación de la crisis y “las” recetas más adecuadas. Pero sí haré algunos comentarios, por si pueden ayudarnos a entender lo que nos pasa. No porque yo tenga la verdad, sino porque el oír todas las campanas nos puede ayudar a formarnos un criterio.

Es frecuente oír que esta es una crisis financiera. Esto parece claro en Estados Unidos, porque empieza con la crisis de las subprime, a mediados de 2007 –y no quiero entrar a discutir aquí por qué aparece esa crisis de hipotecas de alto riesgo, porque nos encontraríamos con explicaciones muy diferentes. En España, esa explosión de la crisis financiera internacional, en el verano de 2007, deja a nuestros bancos sin financiación, lo que interrumpe el crédito, deja sin fondos a las familias y a las empresas (sobre todo a las inmobiliarias y constructoras), e inicia la recesión.

Esta explicación traslada la responsabilidad a dos candidatos altamente apreciados: los Estados Unidos y el capitalismo financiero internacional. La crisis no es culpa nuestra.

La historia admite otra lectura. El mercado inmobiliario español estaba llegando al límite de sus posibilidades. Los tipos de interés estaban subiendo, lo que reducía la rentabilidad de la compra especulativa de viviendas y de suelo para construir (especulativo quiere decir aquí que la demanda se nutría principal, si no únicamente, de la esperanza de que el precio de la vivienda siguiese creciendo, al menos durante bastante tiempo). Las familias españolas tenían que dedicar casi ocho años de su renta en la compra de una vivienda de precio medio, lo cual estaba ya fuera del alcance de la gran mayoría. Y todo esto estaba ya materializándose en los primeros meses de 2007.

Si esto es verdad (y me parece que lo es), la crisis española fue, en primer lugar, el pinchazo de una burbuja, con dos vertientes: una real (mercado inmobiliario desbocado, excesivo crecimiento del consumo, euforia generalizada) y otra financiera (excesivo endeudamiento de familias y empresas, excesivo crecimiento del crédito de los bancos, excesivo endeudamiento de los bancos en el exterior y excesivo crecimiento de la deuda global del país). El episodio de las subprime fue, simplemente, el que puso encima de la mesa un problema que, de todas maneras, estaba ya en marcha, y que hubiese provocado una recesión grave (que luego se vio aumentada por el parón en la financiación de nuestros bancos, de nuestras empresas y de nuestro gobierno). Lo que llamamos la crisis financiera es la consecuencia de aquel excesivo endeudamiento de los bancos, acompañado del cierre de la financiación internacional, de la insolvencia de muchos inmobiliarios, de la morosidad de familias y empresas, etc.

Bien, me dirá el lector: ¿y qué? Ya he dicho que no quiero distribuir responsabilidades, porque todos tenemos muchas, empezando por los bancos y cajas de ahorros, siguiendo por los gobernantes, reguladores y supervisores, y acabando por las familias y empresas, sin omitir a los economistas y a otros agentes. Tampoco quiero exonerar de sus culpas a la Reserva Federal norteamericana, al Banco Central Europeo y a los gobiernos, reguladores, supervisores y banqueros de esos países, que no supieron o no quisieron ver la naturaleza de los problemas que se estaban creando.

Lo que me interesa subrayar aquí es otra cosa. Una crisis financiera, caracterizada por la insolvencia de unas cuantas entidades sistémicas, no deja a un país con una deuda externa del 268% del PIB, ni a unas familias con una deuda próxima al 120% de su renta disponible, ni a unas empresas con una deuda de cerca del 110% del PIB, como tenemos ahora en España, cinco años después del comienzo de la crisis. Esas deudas estaban ya ahí, antes de que estallase la crisis de las subprime, y antes de que nuestros bancos y cajas empezasen a tener problemas.

Y si insisto en esto es porque cualquier solución que queramos encontrar para nuestra economía tiene que tener en cuenta que el país necesita reducir su apalancamiento, lo cual es tarea de años, y muy dolorosa, aunque será bueno que tratemos de que esa proceso se alargue en el tiempo (¿o no?), y que nuestros socios europeos nos ayuden a llevarlo con menos costes. O sea: el exceso de deuda, privada (familias y empresas), bancaria (que fue el vehículo para esa deuda privada) y pública (que es la que, en definitiva, tiene que soportar a las dos anteriores) sigue siendo la clave de cualquier política para la salida de la crisis. Las medidas de austeridad fiscal (o sus contrarias), o la creación de ocupación, o la recuperación de la demanda, son solo una parte de lo que hemos de hacer.

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