Códigos éticos o sentido común || blog Antonio Argandoña

3 abril, 2017

ELucy Kellaway provocó esta entrada, con un artículo en el Financial Times de hace unos días, titulado “Los códigos de conducta contra el sentido común” (ya sabe el lector que me gustan las traducciones libres). El título me animó a leerlo. Y, tengo que reconocer, estoy de acuerdo, al menos con una buena parte del mismo, casi con todo.

El argumento de Lucy me parece que lo hacemos muchos, aunque a veces con la boca pequeña: los códigos de conducta dicen algunas cosas muy bien dichas y sensatas, dicen muchas generalidades y dicen algunas tonterías.

Menciona algunos ejemplos del código del FT. Los que trabajan en esa empresa han de actuar con honestidad y profesionalidad (de nuevo es mi traducción), y esto le parece bien, y a mí también. Los que trabajan en el FT han de conocer bien el código. Lucy dice que no pasa por eso, que la prosa es aburrida y demasiado largo, y que nunca llega al final. Y que los empleados del periódico tienen obligación de denunciar a sus colegas que incumplen el código, por ejemplo, añade, porque no se lo han leído. Y esto no le parece bien. Y, dice también que denunciar a un colega por algo tan tonto como eso supone ir contra su propio código, que manda no perjudicar a un colega, sobre todo si es, además, un buen periodista.

Estoy de acuerdo con Lucy en varios puntos. Uno: la mayoría de códigos que corren por ahí son, sobre todo, procedimientos para quitarse las responsabilidades de encima. Lucy lo explica al final del artículo: son, dice, en parte un ejercicio de relaciones públicas, y en parte una excusa para despedir a alguien que la dirección dice que no ha cumplido con el código.Y a veces, añade, la trampa se cierra sobre el que no tiene la culpa.

Dos: los códigos son copiados de otros códigos, la mayoría de las veces, de modo que no tienen cosas originales, lo que confirma la tesis de Lucy de las relaciones públicas. Se tienen porque hay que tenerlos, porque a veces vienen bien.

Tres: un código copiado de otra empresa, o escrito por un consultor externo, no está pensado para orientar la vida y la conducta de las personas en la empresa que lo publica. Ya he dicho otras veces que un código tiene que proceder de la experiencia viva de la empresa, de lo que hacen bien o mal sus empleados, de su cultura, de sus restricciones… No porque todo esté bien, sino porque he de conocer eso, si quiero legislar sobre ello. Si el jefe manda vender más y el producto no es bueno, el vendedor tendrá que mentir al cliente o al jefe de ventas. El código trata precisamente de evitar esto, pero está mal planteado: la culpa no es del vendedor mentiroso, sino del jefe incompetente.

A Lucy le gustan los códigos cortos, como a mí. Me encanta el que tenemos en el Colegio de Economistas de Catalunya: un listado de principios, corto, dirigido a formar la conciencia de los economistas y a orientar su conducta. Llevo muchos años en su Comité de Normativa y Ética Profesional, y nunca hemos tenido necesidad de un código detallado para tomar decisiones sensatas.

Otra cosa es que, a veces, convenga ampliar el código: no con más principios, sino con orientaciones. Esto lo hemos hecho en el Colegio, por ejemplo, sobre el Principio de Capacitación Profesional, haciendo una reflexión sobre por qué y cómo debe formarse un economista para ser un buen economista, qué medios puede usar, cómo se puede mantener al día… No hay nada obligatorio en ese comentario, pero sirve, sin duda, al economista, para darse cuenta de lo que le pide la sociedad y el Colegio, y para animarle a hacer más.

Y esto cumple la otra función de los códigos, que me parece más importante que su mismo contenido: el código hay que usarlo, manosearlo, gastarlo, emplearlo… Es la contrapartida de hacerlo “sobre el terreno”: usarlo “sobre el terreno”, cada día, a todas horas, sobre todo por los de arriba.

Pero he dicho también que discrepaba de Lucy en algún punto. Al menos en dos. Uno es que tener un código es un artilugio educativo: sirve para que a la gente le suene que hay cosas que no se pueden hacer, que algo está bien o mal, que “aquí hacemos las cosas así”. Y eso es importante, porque el que empieza obedeciendo al código aunque no le guste, acabará, quizás, poniéndolo en práctica porque, en definitiva, es una buena manera de hacer las cosas. Pero, claro, ese es el código bien escrito y bien aplicado, no el mero papel que te entregan una vez al año para que lo firmes. Cuanto más inmoral sea la plantilla, más necesidad habrá de algún código, aunque sea malo.

El otro punto es que hay gente que necesita un código claro, taxativo, que especifique, por ejemplo, que puedes hacer regalos de hasta 39,99 euros; un céntimo más, ya no. Porque no tienen una conciencia bien formada, que entiende que con 3 euros puedo estar violentando la libertad de una persona, y que puedo dar 3.000 a otro sin que esto le cree ninguna obligación con mi empresa. O porque tenemos una mentalidad de cumplimiento: lo importante no es trabajar bien, sino cumplir la ley. Mala práctica, pero muy generalizada. Y, claro, también porque hay muchos que quieren tener muy claro el punto a partir del cual su conducta está penalizada por el código, porque no quieren jugarse el puesto de trabajo. Tampoco es muy reconfortante.

Los Comentarios de la Cátedra son breves artículos que desarrollan, sin grandes pretensiones académicas, algún tema de interés y actualidad sobre Responsabilidad Social de las Empresas.

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