Las idolatrías del hombre contemporáneo

17 abril, 2019

La idolatría está considerada como la plaga de la posmodernidad. A diferencia de los ateos, nadie confiesa en público  que es idólatra (en algunos casos por no ser conscientes de ello).

Una forma de idolatría inconsciente muy extendida actualmente es la de los padres hacia sus hijos pequeños. Eva Millet la describe en su libro “Hiperpaternidad”. Son padres que ven al hijo como una extensión de sí mismos, al que hay que darle todo lo que desee. Pienso que lo más preocupante es que, en muchas ocasiones, incluso se anticipen a sus deseos. Eso explica por qué algunos hijos no aprecian los regalos paternos: porque no tuvieron un tiempo para esperarlos. Para J. Marías, la espera genera ilusión, que es un ingrediente necesario de la felicidad.

Los hiperpadres llevan la preocupación por la crianza de sus hijos hasta la exageración. Algunos están obsesionados con la estimulación precoz y les ponen profesores particulares innecesarios. Otros les inscriben en un mínimo de seis actividades extraecolares. El resultado es hijos hiperdependientes, miedosos e inseguros, que son incapaces de afrontar hasta la más pequeña frustración.

La idolatría a veces tiene su origen en una decepción: la supuesta felicidad del bienestar material no existe, y deja al hombre  triste y vacío. En esa situación se suele recurrir  a “dioses” ideados por el hombre, con la esperanza de que el culto idolátrico llene el vacío existencial.

 La idolatría ha existido en todas las épocas históricas. Lo que cambia es el tipo de ídolos. Actualmente ya no se adoran objetos  que representan la divinidad,  sino determinados conceptos y formas de vida con las que nos identificamos. Por ejemplo, el conocimiento, la tecnología, la comunicación por teléfono móvil, las redes  sociales, la televisión. Estas realidades no son malas en sí mismas, pero se convierten en ídolos cuando suscitan un amor desmedido y son vistas no como medios, sino como  fines.

Detrás de la adicción a la televisión suele ocultarse una idolatría hacia ese medio de información. Para superarla no es eficaz plantear la “batalla” en el terreno de la televisión, (“o televisión o nada”), sino en el amplio campo del tiempo libre, donde existen otras muchas opciones. Unas palabras de Groucho Marx lo confirman: “Yo encuentro la televisión bastante educativa. Cuando alguien la enciende en casa, me marcho a otra habitación y leo un buen libro”.

Existen otros ídolos más preocupantes que los enumerados, muy ligados a una sociedad que exalta el individualismo y el egocentrismo y que se ha hecho cada vez más tolerante con los caprichos del Yo. Es una sociedad que enaltece el culto a la personalidad y elige como ídolos a personajes populares. Esta forma de idolatría encierra una injusticia: se admira a estrellas del deporte o del cine, lo que hace que sean conocidos mundialmente, mientras que grandes investigadores científicos viven casi en el anonimato.

La admiración hacia personas interesantes estimula el propio crecimiento en valores, pero cuando la admiración es infundada sólo se mantiene por una ceguera: la del fanatismo. La muerte de Michael Jackson en junio de 2009, fue tan desoladora para sus fans, que poco después de su desaparición 15 de ellos se suicidaron. 

Todas las formas de idolatría moderna tienen un rasgo en común: el amor a  uno mismo. “El dinero y el placer, tienden a ocupar el lugar supremo en la escala de valores de la vida de muchas personas. Hoy se vive para ganar dinero o para “gozar la vida”. Todo el resto se subordina a estos fines”. (Cfr. Oscar Alzamora: Los ídolos modernos)
 

Se adora el consumismo, porque satisface la necesidad de aumentar nuestro ego a través de la compra compulsiva de más cosas. Del dinero se espera, erróneamente, seguridad, en contraste con lo que decía Aristóteles: “la seguridad  está en el nomos: en la concordia de hombres libres que buscan la vida buena; de ninguna manera en la riqueza”.
 

El placer como fin en sí mismo crea hastío, vacío y aislamiento, por lo que se buscan sensaciones cada vez más fuertes que acaban despersonalizando  a quienes las persiguen. El dinero y el placer  forman un binomio: se gana más dinero para gastarlo en más y nuevos placeres. 

El procedimiento para liberarnos de ese binomio
es situar a sus  dos componentes en el lugar en el que les corresponde dentro de la escala axiológica, (muy por debajo de valores como la verdad, la bondad y la belleza). Necesitamos un despertar espiritual que nos permita descubrir nuestro vacío existencial y la inutilidad de seguir probando con nuevas idolatrías para llenarlo.

Gerardo Castillo Ceballos, Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

Publicado en El Confidencial.

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