Porqué no nos ponemos de acuerdo

23 febrero, 2019

¿Por qué no nos ponemos de acuerdo, al menos en temas de política o sociedad? Hace unos días encontré una entrada en un blog del Independent Institute que me ayudó a entenderlo. La tesis es muy sencilla: hay tres maneras de concebir las relaciones sociales: la socialdemócrata (el blog la llama liberal, en el sentido norteamericano del término, es decir, más próximo al socialismo), la conservadora y la libertaria (luego haré una “enmienda a la totalidad”).

  1. La versión socialdemócrata presenta esas relaciones en términos de “opresores” vs. “oprimidos”. En su versión tradicional, sería trabajadores vs capitalistas; más modernamente, ricos vs pobres; en términos de ideología de género, varones vs mujeres…
  2. La versión conservadora: “civilización” vs “barbarie”, “orden” vs “desorden”, “reglas” vs “improvisación”.
  3. La versión libertaria (en Europa diríamos liberal clásica): “libertad” vs “coacción” o “poder”.

¿Qué pasa con los inmigrantes? Los primeros dicen: están oprimidos por sus gobiernos, por los plutócratas, por el capitalismo globalizado, por la policía de fronteras, por los campos de refugiados… Hay que encontrar una lugar donde puedan ir. Los segundos dicen: no se puede permitir que vayan donde quieran, que no cumplan la ley, que perturben las comunidades tradicionales de nuestros países. Los terceros: que vayan a donde quieran, pero, eso sí, que se hagan cargo de sus asuntos, que no quieran que les financiemos su decisión.

Me parece que esta manera de ver los problemas es útil para entender las distintas posiciones. Lo difícil es dialogar, una vez hemos llegado a la conclusión de que tú piensas como piensas mientras que yo pienso de otra manera. Lo “fácil” es plantear concesiones, pero esto continúa la dialéctica del enfrentamiento. Me parece que lo que hay que hacer es, principalmente, tratar de entender al otro, y que el otro me entienda a mí. ¿Qué entiendes por opresión, por barbarie, por coacción? La “enmienda a la totalidad” que planteo antes es solo una invitación a abandonar las categorías colectivas: tú eres socialdemócrata, el otro es libertario… Porque, probablemente, cada uno de nosotros es muchas cosas al mismo tiempo: una cosa cuando hablamos de tráfico, otra cuando lo hacemos de pensiones, otra con la educación y otra con el derecho a la muerte digna… Al final, encerrar al otro en una clasificación es una forma de excluir el diálogo desde el principio.

Pero el tema me preocupa mucho, porque estamos en una sociedad (o unas sociedades, porque esto pasa en muchos lugares) en la que la gente no se entiende, quizás porque no se escucha. De modo que vuelvo sobre el tema, a riesgo de hacerme pesado.

En aquella entrada señalé que tendemos a agrupar a las personas de acuerdo con un estereotipo que nos formamos sobre ellos. Eso es lógico: conocemos a mucha gente, y no tenemos tiempo, ni medios, ni ganas de conocerles con detalle. De modo que les ponemos una etiqueta: españolista, conservador, de izquierdas, cristiano… y nos ahorramos todo lo demás. Solo profundizamos en dos tipos de personas: aquellas con las que tenemos que convivir, y aquellas con las que estamos de acuerdo. Con las primeras profundizamos en aquellas cosas que nos interesan de ellas y dejamos las demás. Con las segundas nos encontramos cómodos.

¿Por qué nos encontramos cómodos con estos últimos? Probablemente, porque las fricciones son mínimas: podemos hablar de muchas cosas, compartir gustos y aficiones, socializarnos… sin que la máquina chirríe. Como dicen algunos sociólogos, somos de la misma tribu. A menudo, la tribu se limita a unas cuantas cosas: somos hinchas del mismo club, compartimos un ideario político, nos gustan las mismas películas… Mientras hablemos solo de esas cosas, la relación funcionará bien. El peligro de las tribus es que pronto aparece el “ellos” contra “nosotros”: ser de la misma tribu implica mirar a los demás como extraños, y quizás como enemigos. La tribu lleva a agrupar la gente por lealtades: a una idea, un interés, un líder…

Es curioso que esto ocurra en una época en la que hemos prescindido de la verdad: no existe, no puede ser conocida, tú tienes tu verdad y yo tengo la mía… El relativismo no nos ha traído el acuerdo, sino la confrontación, quizás porque, si no existe la verdad, no tiene objeto hablar sobre eso, porque, a lo más, llegaremos a una situación de choque frontal o, lo que puede ser peor, quizás tú me convenzas de tu verdad… y entonces me complicas la vida.

¿Hay antídotos contra esa enfermedad? Al final, lo único que se me ocurre es tomarse en serio a las personas. Ese que piensa distinto, que es “de los otros”, es una persona, tiene una historia, tiene sus ilusiones y sus temores, es “otro yo”. ¿Qué tengo en común con él? Quizás vale la pena que le conozca… aunque a lo mejor me complica la vida, si resulta que acabo entendiendo por qué piensa de otra manera… Esto no resulta fácil de aplicar en grandes cantidades, pero sí de uno en uno, o de unos pocos en unos pocos. Abrámonos. Hagamos amigos o, si no llegamos a eso, ampliamos nuestra lista de conocidos. Preguntémonos por qué piensan distinto; preguntémoles por qué piensan distinto… Visitemos a “los otros”. ¿Vale? ¿O me estoy volviendo utópico?

Blog Antonio Argandoña, profesor emérito del IESE

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