La importancia del olvido

23 enero, 2019

Enrique Rojas. ABC.-La memoria es un archivo donde se almacena todo lo que vivimos y nos pasa. Tiene sus propias leyes. Y, además, tiene una residencia cerebral donde se almacenan las experiencias del pasado. Los últimos hallazgos sobre su investigación nos hablan de una memoria episódica, que archiva episodios repletos de detalles y que cuenta con más conexiones en las regiones posteriores del cerebro, donde se procesan la información visual y la percepción de los sentidos. Y otra, la memoria semántica que guarda el significado de los acontecimientos, es más conceptual y se dedica a organizar y jerarquizar toda la información, ésta se localiza en la región prefrontal del cerebro.

Hay además una memoria a corto plazo que hospeda lo reciente y otra, memoria a largo plazo que recoge lo antiguo. De cada evento se retienen dos versiones, una más burda y otra más fina, en distintas zonas del hipocampo (un área cerebral con forma de caballito de mar).

Los niños empiezan a tener memoria auténtica a partir de los 3, 4, 5 años aproximadamente. Es entonces cuando son capaces de fijar hechos, acontecimientos personales, que años más tarde pueden ser rememorados. El aprendizaje de la infancia, la pubertad y la adolescencia consiste en la adquisición de conocimientos, mientras que la memoria, retiene esa información; ambos procesos están estrechamente unidos. Aprender es recordar.

El término memoria alberga dos sentidos: uno, el de registro mental de lo que nos ha sucedido, otro de recuperar esas experiencias. Y tiene tres estadios sucesivos: codificación, almacenamiento ordenado y recuperación. Con el paso de los años los recuerdos cambian de alguna manera, se pueden distorsionar o clarificarse o tener una interpretación diferente de cuando sucedió. La memoria tiene una plasticidad, que se mueve, gira, redondea el hecho, lo sitúa…

Hay una memoria buena, que es aquella que se refiere a hechos positivos y que si tiramos de ella, salen muchas cosas que hemos ido experimentando y que los alegra repasarlos. Cuando nos enamoramos y cómo se dieron aquellos acontecimientos, un éxito profesional que fue significativo a nivel personal, un logro por el que uno luchó durante mucho tiempo y finalmente fue alcanzado. Hay una memoria mala que retiene lo negativo y que si uno no ha sido capaz pasarlo a segundo o tercer plano de la despensa biográfica, aquello sale a menudo y supone un sufrimiento intermitente, que afea la personalidad y la vuelve tóxica. La memoria es más bien femenina, ya que la mujer tiene unas conexiones cerebrales más complejas, por medio de las cuales guarda los acontecimientos con más precisión y detalle y, por tanto, por este vericueto puede sufrir más.

La felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. La capacidad para olvidar lo malo, lo dañino, lo que hizo sufrir de alguna manera, es fundamental. Uno necesita reconciliarse con la parte mala de su pasado. Y esta es una tarea importante, porque si no uno se puede convertir en una persona agria, amargada, resentida, dolida y un poco echada a perder… lo que llamaban los clásicos, una persona neurótica: que vive con conflictos no resueltos que de forma intermitente asoman, saltan, se ponen de pie y piden paso… con todo lo que eso significa.

Una persona madura es aquella que vive instalada en el presente intentando sacarle el máximo partido; tiene asumido el pasado y ha sido capaz de ir cerrando las heridas y traumas de atrás, con todo lo que eso trae consigo; y vive sobre todo abierta hacia el futuro, que es la dimensión más prometedora, ya que la felicidad consiste en ilusión.

El olvido es necesario para la supervivencia psicológica. Borra errores, fallos, inexperiencias propias de cualquier comienzo profesional, andanzas afectivas sin fundamento y ese desconocer la importancia de lo que uno dice o hace cuando aún es joven y no sabe el alcance real de la conducta.

Se aprende a vivir, viviendo. Inteligencia consiste en un conjunto de operaciones para manejar información remota y reciente y que dé como resultado una conducta positiva, equilibrada, que se ajusta a la realidad. Un caudal de datos archivados que juntan el pasado vivido y el presente fugaz. La inteligencia es polivalente. Una buena inteligencia sabe computar lo vivido con lo sabido, la experiencia de la vida con los distintos conocimientos que uno ha ido aprendiendo. En una palabra y dicho de forma descriptiva: inteligencia es capacidad para aprender, tino para juzgar, arte y oficio para gestionar la propia vida en los grandes temas, intentando aspirar a lo mejor.

Aprender qué cosas debemos olvidar es sabiduría. Madurez es saber echar fuera de nuestra memoria todo aquello que ha sido perturbador y quedarnos con las lecciones aprendidas de aquellas experiencias. Pero borrando la parte dañina. La vida es la gran maestra, enseña lecciones que no vienen en los libros. Tarda uno mucho tiempo en darse cuenta de las cosas realmente importantes. Lo diría de otra manera: a lo sencillo se tarda tiempo en llegar.

Si la vida es una operación que se realiza hacia delante, la experiencia de la vida se realiza hacia atrás. Como Jano, una cara mira hacia el pasado y otra hacia el futuro. Así apuntamos hacia una felicidad razonable, que consiste entre otras cosas en poner freno a ambiciones excesivas, moderar nuestras expectativas. Ser feliz consiste en limitarse.

Enrique Rojas es catedrático de Psiquiatría | Artículo publicado en ABC.es

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