La escuela marca la diferencia

9 diciembre, 2018

El Financial Times entrevistó el pasado 17 de enero de un joven y prestigioso economista, Roland Fryer, de la Universidad de Harvard. Forma parte de esa generación de nuevos economistas que, con mucho sentido común, tratan de entender las cosas más allá de sus prejuicios y de sus experiencias personales (no se preocupe el lector: no hay muchos de estos).

Me “enganchó” su presentación de una investigación que ha llevado a cabo, y que ha sido aireada en los medios de comunicación en Norteamérica, en la que llega a la conclusión de que, cuando se tienen en cuenta los datos del contexto, la probabilidad de que la policía dispare contra un sospechoso negro no es mayor que la de otras razas. Bueno, por lo menos eso se diferencia de lo que nos dice la prensa.

Pero lo que me interesó en la larga entrevista es su manera de ver la educación, a propósito del conocido tema de los diferentes resultados de negros y blancos (Fryer es, como dicen ahora, “de color”) en las calificaciones escolares. Explica que hay dos interpretaciones de esos resultados: la de izquierdas es que es consecuencia de la pobreza de los negros; la de derechas es que es consecuencia de las familias desestructuradas. Fryer hace notar que “los niños negros obtienen peores resultados porque van a escuelas malas”.

E identifica cinco caracteres de una buena escuela: “jornada y año escolar extensos, el uso de datos por los maestros, una cultura de expectativas altas, tutorías en grupos reducidos y ‘una devoción hacia el capital humano de alta calidad’ (maestros cualificados)” (tomen nota, por favor). Claro, dice, que los padres y la demografía son importantes, pero su conclusión, basada en la evidencia, es que las circunstancias adversas pueden ser contrarrestadas si la escuela es buena. “Las escuelas son realmente suficientes si son buenas”.

Por ejemplo, Fryer hace notar que los niños negros se ven frenados a menudo por la presión de grupo, que dice que trabajar duro es cosa de blancos. Su énfasis en la cultura de las expectativas elevadas apunta precisamente a este problema.

La entrevista tiene muchos más detalles interesantes, como su defensa de las “cuentas de aprendizaje en educación”, que me parece son una forma de los cheques escolares de los que se ha hablado tanto en el pasado: “dar dinero directamente a los padres para que lo gasten en la educación de los hijos, dando más dinero a los padres más pobres”. Y su propuesta de pagar a los maestros, no por resultados pasados, sino por resultados anticipados: pagarles más antes, y amenazarles con retirar el pago mayor si los resultados de sus alumnos no son mejores. En cuanto a la tecnología, dice que “los datos que tengo es que no soluciona la brecha de los resultados”.

El destacado que el periodista pone en la entrevista dice que “sus amigos teenagers formaban parte de bandas y unos cuantos miembros de su familia estaban en la cárcel”, pero Fryer sostiene que “la mejor manera de combatir la violencia de la policía y las malas escuelas es con datos, no con experiencias personales”. Vieja receta, tan olvidada en los debates políticos: busca datos para entender los problemas, estudia experimentos para conocer qué funciona y qué no funciona, aplica el sentido común, rechaza los estereotipos y los prejuicios… Leyéndolo, me acordaba del chiste de los que tratan de cargar un paquete en un camión, entre cuatro o cinco, y no pueden; pasa uno, se los queda mirando, toma el paquete y lo coloca, y comenta uno de los que habían fracasado antes: “hombre, haciendo fuerza, así cualquiera”.

Blog Antonio Argandoña, profesor emérito del IESE 

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