Conducta sexual inapropiada || El Sonar

2 octubre, 2018

Quién lo iba a decir! Empezamos la revolución sexual clamando contra el puritanismo y la represión, y ahora la acusación más temible contra un personaje público es la de “conducta sexual inapropiada”. La política norteamericana es la pista principal de este espectáculo en el que chocan ideología y sexo, generaciones y clases. El proceso de confirmación del candidato a juez del Supremo Brett Kavanaugh se ha convertido en un “culebrón” que va a copar las audiencias. Normalmente en este proceso se discute la competencia jurídica del nominado, si es capaz de interpretar la ley al margen de sus preferencias, si se atiene más o menos a letra de la Constitución o si la interpreta de un modo expansivo, qué posturas ha apoyado en sus sentencias como juez…

Pero todo esto ha pasado a un segundo plano para centrar toda la atención en qué pasó en una fiesta en su etapa escolar hace 37 años, si hubo una agresión sexual y si el joven Kavanaugh estaba allí. Al calor de la polémica, han surgido acusaciones de otras mujeres contra el candidato, quien a su vez ha sido defendido por otras que aseguran haber sido tratadas siempre con respeto. Los medios contrarios al candidato de Trump presentan como “revelaciones” lo que hasta el momento son acusaciones no probadas, y esperan que, aunque no haya evidencias, la suma de titulares acabe hundiendo al candidato.

Es difícil que pueda salir nada convincente en este tipo de asuntos donde es tu palabra contra la mía, sobre todo cuando ha pasado tanto tiempo y las que se presentan como víctimas nunca denunciaron nada. Lo más probable es que al final unos acaben en el “te creo, hermana” (algunos ya lo han dicho antes de oírla) y otros hablen de “campaña de difamación organizada”.

Esté donde esté la verdad, lo significativo del asunto es que la acusación de “conducta sexual inapropiada” se haya convertido hoy día en un ariete político. Parece que hemos vuelto a los tiempos de Sexual Politics, de 1970, cuando Kate Millet denunciaba que la política es esencialmente sexual y que incluso las democracias son un dominio del patriarcado. Da la impresión de que, a fin de cuentas, la revolución sexual no liberó tanto a las mujeres. Si hemos de hacer caso a las denuncias del #MeToo, parece que el mundo del espectáculo, de la política, del arte, de la moda… está dominado por hombres abusadores, que reinterpretaron la liberación sexual conforme a la idea de que las mujeres debían estar disponibles.
La reacción contra estos atropellos tendrá un efecto disuasorio. Pero tal como está planteado es difícil que cree un nuevo clima de respeto en las relaciones entre hombres y mujeres. El actor Sean Penn, que no parece ser un votante de Trump, comentaba estos días en unas declaraciones a la NBC que “el espíritu de la mayor parte del movimiento #MeToo es dividir a hombres y mujeres”. “Desconfío de algo que está lleno de estridencia y de rabia, sin matices. E incluso cuando se intenta matizar algo, el matiz es atacado”.

Puestos a matizar, cabría recordar que con el pretexto de la liberación sexual se admitieron muchos comportamientos que han dado lugar a relaciones abusivas. Que es ingenuo esperar un exquisito respeto al “no es no”, cuando antes se han desmantelado las barreras mentales y de costumbres que llevan a controlar los impulsos. Y que el consentimiento es muy pobre cuando el sexo no tiene nada que ver con el sentimiento compartido.

Muchas de estas defensas se perdieron con la revolución sexual. Ahora queremos rebobinar y pedir cuentas: ¿Qué hiciste en la universidad, papi? Pero puede ser un buen momento para pararse a distinguir entre tabúes y lo que ahora llamaríamos “buenas prácticas”.

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