Hablemos de inmigración

23 julio, 2018

Hace tiempo que tengo ganas de hablar del problema de las migraciones, pero tengo más preguntas que respuestas. De modo que voy a empezar a pensar en voz alta, a ver si, entre todos, somos capaces de llegar a algunas conclusiones interesantes.

Para empezar, me parece que hay dos posiciones extremas sobre este tema, y otras muchas intermedias. Una se plantea en términos individuales y humanitarios: “Debemos acogerlos”. La otra lo hace en términos colectivos y políticos: “Esta es nuestra casa, que se marchen”. Dicho así, parece que deben ganar los primeros, ¿no? Es la moral, de un lado, contra el egoísmo, de otro.

Ahora, volvamos a poner ambas posturas en términos políticos. La primera invoca el principio de libertad: toda persona debe ser libre para elegir dónde se quiere instalar, y ese derecho es particularmente apremiante cuando están en juego valores fundamentales, como la vida, en caso de guerra o de represión política; o la supervivencia, en situaciones de hambre; o, simplemente, el derecho a vivir mejor, buscando un entorno en el que uno pueda llevar una vida digna, ofrecer posibilidades a sus hijos, etc.

La segunda invoca el derecho de las comunidades a gobernarse: si el único principio válido es el de la libertad del individuo, ¿dónde queda el gobierno de la comunidad? ¿Puede una persona exigir el derecho a instalarse en cualquier comunidad, sin contar con los derechos de las personas que ya viven en ella? Claro que también podemos preguntarnos: ¿puede una comunidad negar todo derecho a las personas que no forman parte de la misma?

El lector ya se habrá dado cuenta de que he llevado el agua a mi molino: si planteamos las cosas en términos de derechos, lo más probable es que no lleguemos a conclusiones que convenzan a todos.
Anteriormente planteé el tema de las migraciones desde el punto de vista de los derechos: el derecho de la persona a moverse libremente frente al derecho de las comunidades a autoorganizarse y, por tanto, a limitar el principio de libertad.

El lector me dirá que este planteamiento no es válido en la actualidad: cuando un barco repleto de emigrantes, hambrientos y enfermos, se acerca a tus costas, no hay soberanía que valga. Y estoy de acuerdo: cuando una persona está en la cuneta de la carretera, malherida porque ha sufrido un atropello, yo, que paso por allí, no tengo derecho a invocar leyes, instituciones y normas (que venga la policía de carreteras, que le atienda la sanidad pública, que no me ensucie el coche, que no puedan decir que yo le causé nuevas heridas…). La he de atender, me guste o no. Si sé medicina, podré hacer mucho; si no, quizás pueda tratar de consolarla. Pero no puedo mirar a otro lado.

Pero esta manera de ver el problema de los inmigrantes no es la adecuada. Porque el problema que tenemos hoy no es, por ejemplo, el de Suiza cuando los nazis perseguían a los judíos en Alemania y los países vecinos se encontraban en la necesidad de acoger a personas cuya vida corre peligro si no les dejan cruzar la frontera: hay que dejarlos entrar, sí o sí. Hemos de distinguir la llegada de un barco, a cuyos pasajeros hay que acoger, lo mismo que al atropellado, y la probable llegada de miles de inmigrantes, de manera ordenada o no, legales o ilegales.

Porque el barco no es un caso aislado, sino que forma parte de esa marea humana. Y la manera como resolvamos el problema de la marea va a determinar la solución que podamos dar al problema del barco. Y una vez superada la emergencia, la naturaleza del deber cambia: cuando el atropellado va camino del hospital en una ambulancia, yo no me sentiré obligado a acompañarle. O sea: el deber de acoger al que llega en una patera no es el mismo deber que el de recibirle para siempre; este último deber puede existir, pero es distinto del otro.

Quizás nos viene a la cabeza el recuerdo de que todos hemos sido emigrantes. Mis padres lo fueron, en los años veinte del siglo pasado, y en Barcelona hay miles de personas que vinieron en los cuarentas, cincuentas y sesentas. Inmigrantes llenaron los Estados Unidos, y América Latina. Pero aquello era distinto, y conviene tener esto en cuenta, a la hora de analizar nuestro problema hoy.

Porque el entorno demográfico y político era entonces muy distinto. Los españoles que iban a Cuba, a Venezuela o a Argentina hace un siglo, iban a llenar territorios relativamente vacíos, con conocimientos útiles, una cierta homogeneidad cultural y un régimen político que los aceptaba con más o menos alegría, porque los necesitaban. Desde entonces hemos conocido un desarrollo demográfico enorme en todo el mundo, sobre todo en Asia y África, y hemos organizado nuestra convivencia en términos de Naciones-Estado soberanas, con un mandato de sus ciudadanos para atender, principal si no exclusivamente, las necesidades de sus ciudadanos, por encima de las de los de fuera.

Europa, por ejemplo, es hoy un continente rico, en paz, con unos servicios sociales formidables… y un déficit de población enorme. Los motivos de, por ejemplo, los del Próximo Oriente o África para emigrar a Europa no son los mismos que llevaban a los europeos de hace un siglo y medio a cruzar el Atlántico. Y el marco social y político no es el mismo.

Me dirá el lector que… ¡peor para el marco social y político! Bien, pero habrá que convencerles, ¿no? Y, ¿cómo podemos organizar el diálogo?
En dos entradas anteriores me he ocupado de los problemas de las migraciones, de una manera, lo reconozco, desordenada. Pero ya hemos llegado a algunas conclusiones (bueno, yo he llegado: no tengo por qué exigir al lector que participe de mis puntos de vista):

los principios (morales, políticos, económicos) son útiles, pero no definitivos;
en caso de emergencia, el deber de acoger es prioritario,
pero, una vez pasada la emergencia, cambia la naturaleza del deber –y lo que nos interesa es, sobre todo, ese nuevo deber con el inmigrante y con el refugiado;
el mundo ha cambiado, de modo que los argumentos que desarrollamos hace un siglo han de ser revisados, a la vista de las nuevas circunstancias: pueden servirnos para mirar con simpatía al inmigrante, porque nosotros o nuestros antepasados lo fuimos, pero las emociones, que son muy útiles para movernos a actuar, no son lo más adecuado a la hora de buscar soluciones,
y lo que ha cambiado es la demografía (no son unas pocas familias las que quieren marchar, sino muchos millones de personas), la economía (la diferencia entre el país rico y el pobre es ahora mucho mayor que la que podía haber entre un pueblo de Castilla y una hacienda argentina en 1900), la información…
y la organización política, que ahora se aglutina en Naciones-Estado con caracteres distintos de los de hace un siglo.
“Te gusta complicar las cosas”, me dice el lector. No: me gusta reconocer las cosas complicadas, cuando lo son. Y complicadas quiere decir que tienen numerosas manifestaciones, y que no podemos descuidar ninguna de ellas, si son relevantes.

Sigamos. Ya he dicho que el recurso a los principios no nos llevará a un acuerdo, salvo que estemos de acuerdo en qué principio es el más importante. Y no lo estamos. Por eso, he dicho antes, con otras palabras, que los argumentos morales son importantes, pero tampoco nos llevarán a una solución. Sí nos llevarán a ella, si somos capaces de imponer nuestros principios morales a otros, o si queremos vivir de esos principios hasta el final. Pero lo que estamos diciendo es, en definitiva, que los principios morales no son suficientes.

“Pero, me dice el lector, el Papa Francisco ha hablado muy claro sobre esto”. Sí. He aquí algunas frases de una homilía suya, a principios de julio de este año:

“Cuántos pobres hoy son pisoteados. Cuántos pequeños son exterminados… Y entre ellos, no puedo dejar de mencionar a los emigrantes y refugiados, que continúan llamando a las puertas de las naciones que gozan de mayor bienestar”.
“El Señor promete alivio y liberación a todos los oprimidos del mundo, pero tiene necesidad de nosotros para que su promesa sea eficaz. Necesita nuestros ojos para ver las necesidades de los hermanos y hermanas. Necesita nuestras manos…”
“Frente a los desafíos migratorios de hoy, la única respuesta sensata es la de la solidaridad y la misericordia, una respuesta que no hace demasiados cálculos…”
Pero dice también algo más:

… pero que exige una división equitativa de las responsabilidades, un análisis honesto y sincero de las alternativas y una gestión sensata. Una política justa… que prevé soluciones adecuadas para garantizar la seguridad, el respeto de los derechos y de la dignidad de todos; que sabe mirar el bien del propio país teniendo en cuenta el de los demás países”.
“Les pido que sean testigos de la esperanza en un mundo cada día más preocupado de su presente, con muy poca visión de futuro y reacio a compartir, y que con su respeto por la cultura y las leyes del país que los acoge, elaboren conjuntamente el camino en la integración”.
Desde luego, el Papa invoca la solidaridad y la misericordia: los principios morales son necesarios. Pero recuerda también que hay una dimensión política del problema. Y de esto hablé, brevemente, en una entrada anterior. La democracia tiene dos facetas: la protección de los derechos de la persona, y el ejercicio del poder colectivo. Si lo que domina es lo primero, el principio de libertad, la decisión colectiva desaparece; si predomina el derecho a organizar la vida política, el principio de la mayoría, los derechos de las minorías desaparecen.
¿Son buenas o malas las migraciones? Hay que distinguir: ¿buenas o malas para quién, y en qué aspectos?

Buenas, habitualmente, para el que emigra. Cita a Antonio Garrigues Walker en una reciente entrevista en étic­: “No somos capaces de valorar la fuerza que tiene un refugiado. No puedo imaginarme nada más bello que el deseo de mejorar, de cambiar, el deseo de encontrar la libertad y la vida”. El derecho a buscar otra oportunidad forma parte de lo más íntimo del ser humano.

“Pero perjudica al país de origen, al restarle una mano de obra con capacidad de trabajo, de iniciativa…”. De acuerdo, pero, ¿es la persona para el país, o el país para la persona? Si no ponemos a la persona en el centro, estamos equivocando la meta.

¿Y en el país de destino? Hay muchos estudios que muestran que la inmigración tiene efectos económicos positivos, pero me parece que no convencerán al que quiere dejar su casa porque la mitad de sus vecinos hablan ya otra lengua, tienen otras costumbres y practican otra religión. Los economistas diríamos que es una cuestión de reparto de costes y beneficios. Los filósofos añadirían, seguramente, alguna consideración sobre nuestra concepción de la vida. Hace cien años, en los barrios obreros la gente vivía más en la calle que en su casa: el sentido de comunidad era muy desarrollado. Hoy vivimos en la casa, la puerta cerrada y que no nos molesten. No es esto lo que me gusta, pero todavía no hemos descubierto la manera de vivir en una gran ciudad y mantener una vida comunitaria desarrollada… Quizás nuestras reflexiones sobre las migraciones nos ayuden a rediseñar esto…

¿Cómo hemos hecho frente a estos problemas, en el pasado? Durante mucho tiempo, Europa fue un continente de emigración: el problema no existía. Luego hubo refugiados por razones políticas, pero eran minorías cultas, que no causaban problemas en los países receptores, siempre que no fuesen activistas políticos. Luego llegaron las migraciones locales (españoles trabajando en Alemania, en los años sesenta), pero eran, de nuevo, personas con cualificaciones, de integración relativamente fácil, y que volvían a sus países de origen al cabo de los años, o se integraban totalmente en el que les acogía.

Luego llegaron las migraciones modernas, creando conflictos culturales, religiosos y políticos. La política en esos años, por ejemplo, en Francia, fue: legalizar, integrar y luego cerrar la puerta. Error: se aplicó la solución anterior, a inmigración temporal, sin tener en cuenta, como apunté en una entrada anterior, que las cosas habían cambiado: Europa es ahora el destino deseado de millones de personas, no de unos pocos. Y esto durará muchos años, por el desequilibrio demográfico y económico al que me ha referido otras veces.

Entonces, la solución parece ser desarrollar África y el Próximo Oriente. Sí, pero a largo plazo, porque a corto lo que esta política origina es un aumento de las expectativas y de las cualificaciones (de nuevo, el ejemplo de España en los años sesenta), que alienta más inmigración que, sí, se revertirá más adelante, pero el problema es: ¿qué haremos hasta que la marea dé marcha atrás?

Bueno, me quedo aquí. Ya dije, al principio, que no tenía soluciones. Pero, ¿verdad que cuando uno plantea los problemas como son, todos los problemas, en todas sus dimensiones, empezamos a ver más claro? Se nos caen, las soluciones simplistas (“que entren todos”, “que se marchen todos”), pero podemos sentar las bases de una nueva convivencia en un mundo globalizado. Ya he dicho otras veces que los humanos aprendemos, pero muy despacio. Quizás necesitaremos otro par de generaciones para encontrar soluciones. No nos descorazonemos: los humanos hemos emigrado desde nuestros orígenes: el libro del Génesis nos cuenta que el hijo de nuestros primeros padres, Caín, tuvo que emigrar. La historia se repite.
Bueno, ahora que ya he complicado algo más el análisis, dejo la continuación para otro día.
Antonio Argandoña, profesor emérito del IESE

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