¿Por qué vivimos instalados en la crisis moral?

11 junio, 2018

Toda persona, con contadas excepciones, está influida por las deformaciones de su propio orden social. Esto es siempre así y en todos los tiempos. Solo condiciones personales peculiares o un esfuerzo como razonador independiente pueden significar una excepción a la regla.

En nuestro tiempo la influencia es mucho mayor y más manipulable. La razón radica en la potencia de la comunicación no presencial. Las redes sociales, la televisión y, en menor medida, los demás medios presionan con una masividad e insistencia nunca vista sobre la capacidad de pensar y formar la propia conciencia de cada ser humano. De ahí que la batalla de la comunicación, la batalla cultural, en un sentido amplio, sea la batalla de nuestro tiempo.

Esta característica, la importancia de los grandes vectores de la comunicación, ha hecho que las barreras entre el espacio público y privado desaparezcan, y de ahí, que los padres pierdan parte de su capacidad para educar a sus hijos. Es un cambio radical que se inicia en el siglo XX y que alcanza una magnitud inimaginable en los años cincuenta del siglo pasado, con el desarrollo de los grandes grupos empresariales e Internet y los teléfonos móviles 3G.

A lo largo de la historia humana, incluso cuando el libro hizo su aparición, las ideas de las gentes, los marcos de referencia dentro de los que vivían, estaban determinados en gran medida por la tradición y el derecho consuetudinario. Ambos, en particular la tradición, solo podían surgir de la voluntad popular expresada a lo largo del tiempo.

No podían existir unos pocos centros que con ayuda de mucho dinero saturaran el medio comunicativo con nuevos paradigmas. La tradición era en este sentido más democrática porque era la voz popular y no era manipulable. Esta situación hacia más lenta la formación de nuevas ideas -aunque no las impedía.

En los tiempos actuales sucede lo contrario. Vivimos en tiempos de comida rápida y promoción comercial de marca, lo cual es insano, y venimos de una cocina familiar, lenta con mucho “chup, chup” y un aprovechamiento máximo de los recursos. Hemos perdido en el cambio por la radicalidad con la que se realiza, solo posible en el actual modelo capitalista… pero esa es otra historia.
Volvamos al principio, todo ser razonador está sujeto a las deformaciones de su tiempo. Cuando eso no sucede tenemos una obra de valores más o menos eternos. Los evangelios son un ejemplo, el más completo, porque supera el desorden del tiempo en que fueron escritos y todos los posteriores.

De aquel enunciado es lógico deducir que cada época tiene grandes limitaciones para diagnosticar cuáles son sus males reales. La convulsa Europa del siglo XX es un ejemplo próximo, y su superación a partir de 1945 y los “treinta gloriosos” expresan un cambio de paradigma que ha sido en gran medida destruido reiniciando un nuevo ciclo critico.

Y es que no es posible un buen diagnóstico de los males que nos aquejan “la crisis de valores”, el “machísimo”, la desigualdad creciente, el hundimiento del resultado escolar de los chicos, la extensión de la drogadicción legal e ilegal, el trauma del cambio climático, la crisis demográfica y de la familia y sus consecuencias, y así una larga lista de cuestiones concretas, sin acudir a los recursos de las épocas precedentes.

Y esto significa recuperar el papel decisivo de la tradición destruida, del derecho consuetudinario de antes de las grandes rupturas, y las fuentes culturales que nos han construido como sociedad, como civilización. Recuperar no significa incorporar acríticamente el pasado en un ejercicio imposible de añoranza y mitificación. También comporta educar en todas las fases de la vida, también en la de adulto, aportando los recursos personales necesarios para abordar nuestros deseos, proyectos y problemas desde una capacidad realmente razonadora práctica, es decir, dotados de las virtudes necesarias a los distintos fines.

Lo dicho significa aprovechar aquellos recursos para interpretarnos mejor. Ellos son el paso atrás que todo pintor necesita dar para completar una buena obra.

Si no actuamos en este sentido, este país junto con una determina concepción de Europa surgida en 1945, será dañado, si no -a largo plazo- destruido, porque su incapacidad le lleva a crear nuevas deformaciones sin haber resuelto ninguna de las precedentes, configurando así una acumulación crítica acentuada por la aceleración en la que vivimos.

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