La Manada: que el árbol de la sentencia no nos impida ver el oscuro bosque

12 mayo, 2018

Al margen de la razonable llamada a la calma, a no caer en linchamientos públicos ni juicios paralelos en los medios y a confiar en la justicia, se entiende la indignación popular que ha causado la sentencia del caso de La Manada.
Y se entiende porque –leída la sentencia– los hechos probados son tan contundentes (cinco jóvenes agreden sexualmente a una chica de 18 años en un portal), que las disquisiciones lingüísticas o jurídicas sobre qué significa “intimidar” o los análisis psicológicos sobre cómo tiene una víctima que demostrar esa intimidación chocan contra el sentir común y provocan en todos –hombres y mujeres– una fuerte sensación de inseguridad.

Este debate técnico difumina, además, la cruda realidad: lo que ocurrió en julio de 2016 en Pamplona fue una salvajada que no tendría que ocurrir jamás. En ese sentido, la revisión de la sentencia nos tranquiliza a más de uno.

Terrorífico paisaje social

De todas formas, en esa revisión de la sentencia compensaría estudiar también el terrorífico paisaje social que dibuja este caso. En medio de manifestaciones de unos y defensas de otros, se echa de menos un análisis más profundo de las causas de esta barbarie que, desgraciadamente, como se ha visto estos días en las redes sociales, es mucho más frecuente de lo que pensamos.

En la agresión de la Manada que relata la sentencia se resumen algunos de los problemas que preocupan a padres, educadores y jóvenes. Problemas que con frecuencia se silencian por miedo a ser tachados de conservadores o alarmistas. Cuestiones complejas que quizás requieran dar un volantazo antes de que nuestra sociedad derrape.

Ahí están los efectos del consumo excesivo de alcohol entre los jóvenes (y no tan jóvenes). Ahí está la banalización de las relaciones sexuales (primer paso para quitar importancia al no consentimiento) y la normalización de conductas claramente depravadas. Esta trivialización está en los mensajes de WhatsApp que enviaba el grupo (a una veintena de personas a las que parecía normal hablar de violaciones, burundanga o “salir de caza”) o en la inacción del conserje al que un grupo de jóvenes borrachos con una chica mucho más joven le piden una habitación para tener sexo (les evito la terminología utilizada, mucho más burda) y tampoco le sorprende.

Y ahí están las consecuencias de la pornografía, que se ha convertido en la educadora sexual de miles de adolescentes. Nadie duda que la pornografía tiene una relación directa con el machismo y con las conductas violentas hacia la mujer (que juega un papel de mero objeto sexual, que es lo que relata crudamente la sentencia). Sin embargo, son todavía pocas las voces que ponen sobre la mesa este tema mientras que la solución de otros –potenciar una industria porno que además de convertir en objetos sexuales a las mujeres, cosifique a los hombres– es sencillamente delirante. Como señalaba hace unos días con lucidez José Antonio Marina: “El machismo permanece porque intentamos erradicarlo con una mano, y lo fomentamos con otra. Todo el mundo sabe que la pornografía fomenta el machismo, pero la solución que se da es fomentar la pornografía femenina, que fortalece el modelo”.

En el fondo, esta trivialización, este tratar a las personas como si fueran objetos, esta deshumanización de lo sexual está en la base de una dolorosa realidad: los delitos sexuales se tratan a veces con una pasmosa ligereza… pero es la misma ligereza con la que tratamos todo lo sexual. Si queremos que la sociedad entienda el mensaje de que no es lo mismo que te roben el bolso a que te quiten la integridad, a lo mejor hay que repensar a fondo algunas cuestiones y reflexionar sobre los modelos relacionales que estamos ofreciendo en la literatura, el cine, la televisión, la moda o las redes sociales. Y poner en tela de juicio muchos discursos políticamente correctos, que atentan sin embargo directamente contra el sentido común.

Una batalla con un enemigo común

Por otra parte, en el paisaje de la sentencia está también la urgente necesidad de avanzar en paridad y que, en la revisión de las leyes que se está planteando, haya hombres y mujeres. La complementariedad es necesaria en todos los ámbitos, pero –en casos como este– la no representación de uno de los sexos es, probablemente, injusto. Es cierto que la Justicia es ciega y no entiende de sexos, pero para que los jueces acierten, hacen falta leyes que recojan las aportaciones de hombres y mujeres.

Por último, se echa de menos esta paridad también en las manifestaciones en contra de la sentencia. ¿Por qué tan pocos hombres han salido a la calle? Quizás la culpa la hemos tenido nosotras convirtiendo estas manifestaciones en algo “nuestro”, defendiendo –incluso- manifestaciones no mixtas y generalizando y convirtiendo unas conductas concretas (por numerosas que sean, y son) en una norma general. Plantear esta lucha por la igualdad y contra el machismo como una guerra de sexos es absurdo, entre otras cosas porque hay mujeres machistas y hombres feministas. Es cierto que las estadísticas están ahí y la violencia sexual afecta –por mayoría aplastante– a las mujeres. Pero en la batalla frente a esta lacra no sobra nadie y no pueden faltar ellos. Además, afortunadamente, son cada vez más los hombres convencidos de que con la igualdad salimos ganando todos.

No se trata de que un bando venza a otro, se trata de derrotar juntos a un enemigo común.

En definitiva, que el árbol de una sentencia controvertida no nos impida ver un bosque que necesita como el comer que alguien entre a podar más de una rama. Y que la reacción airada de una parte del público –aun con lemas que gusten más o menos– nos impulse a llegar a una verdadera regeneración moral de la sociedad. Una regeneración que es ahora o nunca.

Ana Sánchez de la Nieta(ACEPRENSA)

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