LA DICTADURA DE LOS ‘LIKES’. ¿Una sociedad superficial?

27 abril, 2018

Son tus hijos.-A todos nos gusta gustar. Pero con las redes sociales, esta pulsión puede magnificarse hasta convertirse en obsesión. La necesidad de recibir estímulos positivos engancha. Y muchos se ven obligados a repetir la misma conducta una y otra vez.

Todos estamos expuestos a la crítica social, más aún si aireamos voluntariamente nuestras intimidades. Bien lo saben instagramers, blogueros y youtubers, que muchas veces ofrecen la imagen de la felicidad plena y la verdad absoluta en sus redes sociales. Llegados desde el universo virtual, estas celebrities de nuevo cuño se han convertido en los actuales prescriptores de gustos y opiniones, los llamados influencers. La posibilidad de ser conocido nunca estuvo tan a nuestro alcance como ahora, y los usuarios anónimos que cada día dedican más tiempo a ser observados, admirados y valorados se cuentan ya por millones. A las personas les gusta gustar. Y la capacidad de difusión de Internet nos ofrece la posibilidad de gustar a mucha más gente. Pero al mismo tiempo, nos somete a la dictadura de la observación constante, lo que nos impulsa a evitar cometer errores que puedan trascender. Lo que antes se limitaba a un instante y a un grupo reducido de personas, tiene ahora una audiencia potencial permanente e ilimitada. ¿De dónde surge esa necesidad de complacer?

Parte de nuestra identidad —en particular en la pubertad y la adolescencia— se configura a través de la relación con nuestros iguales. Configuramos nuestra personalidad según cómo nos sentimos con nosotros mismos y con las opiniones que recibimos del mundo exterior. Lo que los demás piensan de nosotros es uno de los factores determinantes en la construcción de nuestro carácter. Las nuevas tecnologías nos ofrecen la posibilidad de diseñar un nuevo yo, el digital, que podemos idealizar y controlar: nosotros elegimos qué mostrar, qué imagen dar. Pero la creación y el mantenimiento de esta apariencia tiene un coste: ejecutar la mejor interpretación de nuestra vida pierde valor si no existe un público que la observe, si no trasciende. ­Necesitamos seguidores. El verdadero valor del me gusta es confirmar que nuestras acciones son observadas y evaluadas positivamente. Esto nos hace sentir el placer del triunfo, del objetivo conseguido. Cuando mostramos una faceta de nosotros mismos y recibimos un feedback que la valida se activan los circuitos cerebrales del refuerzo, lo que provoca que queramos más. Y esto acaba funcionando como una droga.

Cada nuevo me gusta refuerza una conducta que nos lleva a repetirla; necesitamos más y más y más, como ocurre con cualquier adicción. El impacto de las estampas de la felicidad y de la perfección es efectivo. La audiencia desea ver aquello que no tiene, extendiendo el valor del instante a su vida: si una persona sale sonriendo en todas las fotos, significa que es feliz. Para que nuestra imagen digital se corresponda con lo que deseamos ser, solo hay que hacer eso: mostrar felicidad, aunque esta se asiente sobre la desgracia de vivir por y para la captura de ese momento. Hoy somos víctimas de la tiranía de la popularidad y el optimismo, un derivado directo del culto al cinismo. Se mide la importancia de una foto por sus likes, de una idea por sus retuits y de una persona por su número de seguidores. El alcance de una opinión personal, de una crítica, ya no se limita al entorno donde se exprese, ni ese escrito se relega a una estantería a la que, tal vez, acudamos años después y leamos con sonrojo aquello que un día consideramos. Ahora, el público se cuenta por millones. Y ya nada es transitorio.

Por todo esto, corremos el riesgo de vivir en una pose constante. No está permitido enfadarse, tener un mal día o estar de mal humor. La indiferencia no tiene cabida en un mundo que da tanta cotización al posicionamiento y, a ser posible, al posicionamiento explícito, cercano al radicalismo. Entre los retos más acuciantes que esto conlleva, destaca la necesidad de hacernos cargo de la incontrolable esfera de influencia a la que están sometidos nuestros menores, seres humanos que todavía están recopilando datos con los que formarse una opinión propia. Nunca antes fue tan fácil para un niño o adolescente acceder a argumentos extremistas esgrimidos por falsos profetas vociferantes.

¿Qué sucede cuando los valores que se compran y se venden para conseguir ser alguien influyente se van simplificando hasta la frivolización del ser humano? ¿Dónde queda el sujeto pensante y autónomo, la persona con capacidad de reflexión, decisión y creación de un sistema ideológico independiente y adaptado a un contexto social más o menos normativo? Los jóvenes hoy perciben las ideas de ídolos de la canción, de los videojuegos, del deporte, de la moda o de la belleza sin diferenciar si estos individuos saben de qué están hablando cuando opinan sobre temas para los que, en no pocas ocasiones, no tienen argumentos. En esta era, podemos acostarnos como sujetos anónimos y despertar a la mañana siguiente siendo trending topic, tan solo es necesario que una persona con el número suficiente de seguidores nos relacione con algún hecho escandaloso y en un tono lo suficientemente extravagante o agresivo como para que se desencadene el efecto retuit. Para bien o para mal, en la sociedad actual todos somos audiencia, pero también todos somos audibles. No hay descanso.

El mundo nos observa y nos divulga. La verdad no importa necesariamente. Muchas veces, la enmienda de una calumnia obtendrá un número de retuits comparativamente despreciable. Los adultos, como los más jóvenes, también acumulamos me gusta y tendemos a establecer pautas sobre aquellas cosas cuyo contenido más nos “ha gustado”. Contabilizamos seguidores y nos disgustamos al perderlos. Los conferenciantes ya no se valoran, en según qué foros, por sus conocimientos o publicaciones académicas, sino por el número de seguidores que tienen en Twitter. Y esto puede depender más de lo simpático que sea tu perro y el partido que seas capaz de sacarle que de tener unos conocimientos sólidos sobre el contenido del panel al que has sido invitado. Ya no importa qué conclusiones se han obtenido en el debate. La magia termina cuando se contabiliza el número de personas que ha acudido al evento. ¿Cómo gestionar y controlar esta adicción? Aquí llamo a las autoridades a legislar. Y a los filósofos a filosofar. No se puede dar a un niño un teléfono móvil y después quitárselo. Debemos recapacitar, adelantarnos a los acontecimientos.

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