Liberalismo, utopía y Dios

19 abril, 2018

El liberalismo no se parece al socialismo, ni al carnívoro comunista ni al vegetariano socialdemócrata, porque no aspira a cambiar el mundo convirtiéndolo en el nuevo Edén, sino que se basa en el respeto hacia los planes de vida de cada persona.
Carlos Rodríguez Braun en Actuall.El liberalismo es en ocasiones criticado como si fuera un anhelo o una utopía. Y, para colmo de males, una utopía materialista, racionalista, y atea.

Si el liberalismo fuera solo un afán en pos de una quimera, cabría censurarlo identificándolo con el socialismo, que, sí es ilusión. Todas las variantes del socialismo, en efecto, han prometido el paraíso en la Tierra, desde aquella vieja consigna marxista que aseguraba que la extirpación del capitalismo conduciría a un mundo feliz que satisfaría todas nuestras necesidades.
Y con ese ensueño presuntuoso, Marx tuvo la osadía de desdeñar al socialismo no marxista llamándolo “utópico”. En verdad, el socialismo es una utopía, pero cuanto más se intenta alcanzar ese horizonte, cuanto más se procede a vulnerar las instituciones del mercado —la propiedad privada y los contratos libres— peor es el resultado práctico en el que se han concretado los proyectos anticapitalistas, que han llevado a la muerte a decenas de millones de trabajadores.

Se dirá que no todo el socialismo es tan criminal como el que regó la tierra con sangre obrera en China, Rusia o Camboya. Y es verdad. También existe un socialismo vegetariano que no desea la aniquilación completa del capitalismo sino su amputación parcial. Es el mundo de la socialdemocracia, que, al no ser plenamente anticapitalista, no asesina a los trabajadores en masa, sino que los somete al “ogro filantrópico” del que hablaba Octavio Paz: les arrebata mediante impuestos una porción abultada y creciente de su salario, y condiciona su vida con toda suerte de controles, regulaciones, prohibiciones y multas. Pero no los encarcela masivamente, y les permite elegir a sus gobernantes. También promete un paraíso igualitario, y también aduce que se alcanzará sacrificando sólo a los más ricos, lo que también promete el comunismo, y nunca es verdad.

El liberalismo, en cambio, no se parece al socialismo, ni al carnívoro comunista ni al vegetariano socialdemócrata, porque no aspira a cambiar el mundo convirtiéndolo en el nuevo Edén, sino que se basa en el respeto hacia los planes de vida de cada persona: es la persona el objetivo que el liberalismo aspira a preservar y a amparar, no la tribu. Se podrá decir que es una meta ardua, porque estamos rodeados de socialistas, es decir, de quienes procuran lograr un mundo mejor sacrificando la libertad individual. Pero una cosa es que el objetivo no sea sencillo y otra cosa es que sea utópico, como los objetivos de los socialistas.

El socialismo es por regla general materialista, racionalista y antirreligioso. Que en estos tres campos sea comparable al liberalismo es también dudoso.

Aunque el liberalismo no predica una creencia única, y la Iglesia evidentemente no es de liberales o socialistas sino de todos, es claro que el que sí es antirreligioso es el socialismo

El liberalismo no es materialista porque no cree que las personas sean meros medios para alcanzar fines, sino que somos un fin en nosotros mismos, en nuestras personas, que no se agotan en sus intereses materiales, aunque también haya que respetarlos. Por eso, por cierto, el liberalismo nunca equivale a una selva sino a un sistema de reglas que garantice ese respeto a las personas.

Tampoco es racionalista el liberalismo, porque desconfía de quienes proclaman saber mediante la razón y la ciencia cómo hay que darle la vuelta al mundo como un guante. El liberalismo se opone a esa “fatal arrogancia”, que diría Hayek.

Al partir de la base del respeto a las personas, el liberalismo respeta sus creencias, siempre que no comporten la violación de los derechos de los demás. Pero aunque el liberalismo no predica una creencia única, y la Iglesia evidentemente no es de liberales o socialistas sino de todos, es claro que el que sí es antirreligioso es el socialismo.

Por tanto, el liberalismo ni es hostil de por sí a las creencias trascendentes ni mucho menos conspira contra la moral. Pero sospecho que no es neutral, en el sentido de que, al defender, como vimos, que cada persona es un fin en sí misma, se acerca más a la religión que a su negación, precisamente porque la fe no es solo creer en Dios sino también creer que cada hombre y cada mujer somos imagen de Él.

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