Sobre el potencial de crecimiento de la economía española III

13 febrero, 2018

Antonio Argandoña, profesor del IES.-
Después de las filípicas de mis últimas entradas, que el lector considerará quizás negativas, y lo son, me queda aún otra dimensión, que me parece la más importante, porque es la que explica muchas de las cosas mal hechas y muchos de los fracasos recogidos en las entradas anteriores.

Me refiero a los fallos en las instituciones. Ya han aparecido antes las del mercado de trabajo y la educación, pero hay más. La deficiente calidad de las normas y las regulaciones. La hemorragia de leyes, que a menudo se quedan en papel mojado, porque falta la voluntad política de ponerlas en práctica (lo que, a menudo, es más una suerte que una desgracia). Los abusos de poder por parte de las administraciones y de los gobernantes. Y de las empresas, que a menudo tienen un elevado poder político y de mercado, lo que impone barreras de entrada a los competidores, inversiones ineficientes, congelación de recursos… que están en la base de aquella baja productividad de la que hablaba en la primera de estas entradas.

Y escasa seguridad jurídica, tanto en la elaboración de las normas como en su aplicación (y en su no aplicación) y en el funcionamiento de la justicia. Escasa calidad de la función pública, con honrosas excepciones, que son eso, excepciones. Supervisión lamentable (recuerde el lector los orígenes de nuestra crisis financiera).

Y luego, la actitud y los valores (o disvalores) de los ciudadanos, que han aprendido a vivir a costa de las leyes, incumpliéndolas, ocultando sus ingresos al Fisco o practicando la economía sumergida y la factura sin IVA. Luego nos quejamos de la corrupción…

Bueno, ya está bien. He querido acabar mis meditaciones con este discurso que parece extemporáneo y malhumorado, porque quería hacer notar que nuestros males no nos han caído del cielo, sino que nos los hemos provocado nosotros mismos, todos, unos más que otros, pero todos. Que no es una cuestión de más leyes y normas, de más regulaciones, de pedir que nos den más y negarnos a contribuir nosotros. Pero me doy cuenta de que, explicado todo lo anterior, estoy queriendo decir que hay bloqueos muy importantes, que impiden que los partidos políticos funcionen como lo que tienen que ser, y que los políticos lleven a cabo su tarea como Dios manda, y que los ciudadanos estemos en condiciones de exigir a esos políticos lo que tenemos que exigirles.

Pero no soy del todo pesimista. Hay que cambiar cosas. Insisto: no leyes, sino conductas. Los economistas confiamos mucho en los incentivos: como decía un profesor de la Harvard Business School hace bastantes años, la gente, el final, hace aquello para lo que le pagan. Pero no todos los incentivos son económicos, sino también culturales, sociales y morales. Otro día contaré las cosas buenas que la ética puede aportar a los males de nuestra sociedad. Con la ayuda de la sociedad civil. O sea, la ayuda mía y tuya (y me pongo delante para que quede claro que todos, todos, todos debemos hacer frente a esos problemas).

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