Con las “fobias” no se discute || Blog El Sonar

31 enero, 2018

Para atraer la atención del disperso internauta nada mejor en estos días que apelar a su indignación. Lo importante no es informarle sino enervarle. El material combustible puede ser el último tuit provocador de Trump, un estereotipo sexista en un anuncio, una voz fuera del coro del #MeToo, una información que la minoría de turno considera lesiva para su autoestima, una opinión a contracorriente de lo políticamente correcto… Elegido el material, se enciende la mecha con un “¡Hay que ver lo que dice!” con acentos condenatorios.

Con este simple recurso es fácil obtener “likes” y “retuits” de gente que así piensa estar contribuyendo a una buena causa. Los productores de contenidos se frotan las manos, pues cada clic en la noticia aumenta sus ingresos publicitarios. Las redes sociales “se incendian”, aunque este fuego produzca más calor que luz, pues casi nadie irá a leer el origen del material escandaloso.

Pues de escándalo se trata. Hecho o dicho considerado inmoral y condenable, y que puede ser ocasión de mal ejemplo social. Aunque nuestra sociedad alabe en teoría la libertad de expresión y hasta la transgresión, ha generado una nueva ortodoxia tan intocable como las anteriores. También ahora hay “gente de orden”, en forma de organizaciones y lobbies que se ocupan de hacer la policía de las ideas, en defensa del nuevo establishment. Y con el hostigamiento mediático o las presiones legales intentan silenciar al discrepante.

Rasgarse las vestiduras ante la opinión disidente dispensa de hacer buena información. A menudo basta con seleccionar una frase que proporcione un titular llamativo, sin mencionar el contexto o tergiversándolo. Tampoco hay cabida para un debate de ideas, pues de entrada se supone que quien infringe un tabú está necesariamente equivocado. Ni tan siquiera hace falta recabar su opinión, no vaya a ser que pueda aclarar lo que se intenta enturbiar.

El recurso más expeditivo y cada vez más frecuente es tachar la opinión contraria de “fobia”. El calificativo supone tratarla no como una idea objetable, sino como el fruto de un desorden mental. La propia postura se considera tan normal e incuestionable que quien sostiene lo contrario debe padecer un trastorno, que le lleva a una reacción irracional y peligrosa. Por lo tanto no hay nada que discutir con él. Redefinir una opinión como “fobia” suprime de entrada cualquier debate.

En las guerras culturales de hoy se observa una epidemia de estas “fobias”. Primera fue la homofobia, luego vinieron la islamofobia, la transfobia, la aporofobia… El objetivo último es descalificar al que se aparta de la opinión dominante –supuesta o real–, de modo que se considere inadmisible mantener la opinión contraria.

Acabamos de ver un episodio de este tipo en las reacciones de algunos ante el nombramiento de la jurista María Elósegui, elegida por el Consejo de Europa para ser juez en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). Ser la primera mujer española en un puesto internacional prestigioso suele despertar felicitaciones y satisfacción nacional. Y más cuando no es fruto de un mero cabildeo político, sino consecuencia de un currículum sólido como investigadora y docente en derechos humanos.

Pero algunos lobbies han descubierto que esta mujer no les sirve. Ha escrito de muchos temas, pero para ellos lo único que importa es que no se ha declarado a favor del matrimonio gay, ni hace suyas todas las tesis LGTB sobre la transexualidad, y hasta ha dicho que un comportamiento sexual de acuerdo con el propio sexo biológico favorece un estilo de vida más sano. Así que el colectivo LGTB ha disparado inmediatamente contra ella, tachando estas posturas de “homófobas” y pidiendo su cabeza.

Pero por la misma razón habría que calificar de homófobo al propio TEDH, que en 2010, en una demanda contra Austria, sentenció por unanimidad que el Convenio Europeo de Derechos Humanos no obliga a ningún Estado firmante a reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Esta decisión correspondería tomarla, en su caso, a cada Estado. Como también sentenció en 2012, en un caso contra Francia, que la negativa a que una lesbiana adopte a la hija de su pareja no es discriminatorio.

Así que da la impresión de que el TEDH es más respetuoso con las distintas regulaciones posibles que los que quieren imponer a todos una misma postura en estos temas. Pero los debeladores de “fobias” pretenden que solo sea legítimo expresar la suya. Por mucho que invoquen la diversidad, lo que quieren es el triunfo del pensamiento único, el suyo.

Si algún síntoma de fobia se puede detectar aquí, es el miedo y la aversión a que otros expresen libremente opiniones no conformistas. Como ha escrito el británico Mick Hume, “podría incluso ser visto como un síntoma del desorden de personalidad narcisista pensar que cualquiera que defiende firmemente opiniones contrarias debe estar un poco loco”.

Así, en vez de una libre discusión en un espacio público abierto, corremos el riesgo de claustrofobia, encerrados dentro de una sola visión oficial.

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