Con celibato o sin él || Blog El Sonar

20 diciembre, 2017

Es asombroso cómo a veces una larga y compleja investigación sobre un problema se transmite luego a la opinión pública en unos pocos titulares simplistas. Una prueba más es el informe de la Comisión Real sobre abusos sexuales a menores en Australia, que acaba de ser publicado. Después de escuchar el testimonio de más de 8.000 víctimas, y de revisar la experiencia de más de 4.000 instituciones ­–públicas y privadas, religiosas y laicas, desde clubs deportivos a orfanatos y escuelas–, la Comisión ha publicado su informe con las estadísticas de los abusos y 400 recomendaciones. Pues bien, para algunos titulares todo se resume en esto: para proteger a los niños, la Iglesia católica tiene que suprimir el secreto de confesión en casos de abusos a menores y abolir el celibato sacerdotal.

Ya de entrada, es curioso que el foco de la atención se dirija a la Iglesia católica cuando lo que reconoce la Comisión es que Australia –el país, el de los creyentes y el de los ateos– “ha fallado gravemente a sus deberes” hacia sus niños en las últimas décadas. Según los datos recogidos por la Comisión, el 58% de los casos de abusos sexuales se dieron en instituciones religiosas (de distintas confesiones), el 32,5% en instituciones estatales y el 10,5% en instituciones privadas no religiosas.

De los abusos en instituciones religiosas, el 61,4% se produjeron en instituciones católicas, el 14,8% en anglicanas, el 7,2% en el Ejército de Salvación y el resto en otras denominaciones. Lo cual supone que, del total de abusos, en torno al 35% se cometieron en instituciones católicas y el resto en otras instituciones, religiosas o no. En cuanto a los perpetradores de los abusos, sus ocupaciones más comunes eran ministros religiosos de cualquier confesión (31,8%), maestros (20,4%), trabajadores en residencias (13,5%) y familias de acogida (11,3%).

De estos datos se desprende que más del 70% de los abusadores no tenían ningún compromiso de vivir el celibato. El informe tampoco dice que el celibato sacerdotal sea una causa directa de abusos, pero recomienda que el Vaticano revise la regla del celibato porque aumenta el riesgo en el caso de figuras religiosas que trabajan con niños.

Esto no deja de ser una suposición, que ha sido ya desmentida por investigaciones que han estudiado con datos esta relación.Philip Jenkins,profesor de Historia y Estudios Religiosos de la Universidad Estatal de Pensilvania, no católico, autor del libro Pedophiles and Priests (Oxford University Press, 1996), afirmaba cuando estalló la crisis de los abusos en EE.UU.: “Mis investigaciones de estos casos durante los últimos veinte años indican que no hay ninguna prueba de que los sacerdotes católicos u otros clérigos célibes estén más inclinados a incurrir en mala conducta o abusos que los clérigos de cualquier otra Iglesia, o que los laicos”.

Lo que revelan estas y otras investigaciones es que los sacerdotes católicos acusados de abusos son una minoría: en EE.UU., según el informe del John Jay College of Criminal Justice, fueron un 4% del total de sacerdotes en 52 años. Y también que, aunque hayan acaparado la atención mediática, la incidencia de estos abusos no es mayor que en otras instituciones, religiosas o no.

Ciertamente, el que los abusos a menores se den en otras muchas instituciones –como ha ocurrido también en Australia– no disminuye la gravedad de lo ocurrido entre parte del clero católico. Pero sí pone en duda que la abrogación de la exigencia del celibato sirviera para evitar los casos de abusos de menores. Desde luego, el hecho de que no tuvieran que vivir el celibato, no ha sido muy útil en el caso del 70% de los abusadores australianos.

Es evidente que si un sacerdote no quiere respetar el compromiso de celibato, lo habitual es que se fije en una mujer, no en un menor. De igual modo, si quien incurre en ese abuso es una persona casada, no por eso hay que echar la culpa al compromiso que le obliga a ser fiel a su cónyuge. La realidad es que el matrimonio nunca ha tenido una función terapéutica para curar las tendencias sexuales desviadas, como la pedofilia. Lo que sí cabe esperar es que la Iglesia católica cuide mejor la selección de los aspirantes al sacerdocio, cosa que por lo visto también en Australia se descuidó bastante.

La otra sugerencia, que la Iglesia levante el secreto de confesión en los casos de abusos de menores, revela poca familiaridad con la práctica de la confesión. Por una parte, puede dar la impresión de que el abusador es un devoto penitente de confesión semanal, que vuelve a empezar nada más ser absuelto. Quizá la Comisión Real no es muy consciente de la crisis que hace que no haya filas de penitentes ante los confesionarios. Y si un católico es un abusador habitual, el lugar que menos frecuentará es un confesonario.

Pero, en cualquier caso, ¿por qué levantar el secreto de confesión para los abusos de menores y no también de otros delitos? Después de todo, por condenable que sea el abuso sexual de menores, no lo es menos un asesinato o una estafa que afecta a muchos o la trata de personas. Con esta lógica, el Estado debería hacer una lista de pecados de “denuncia obligatoria” que podría ir ampliándose a cualquier delito. Lo cual no animaría precisamente a los culpables a confesarse. Si a algo puede ayudar la confesión es a que el penitente se arrepienta y cambie de conducta, posibilidad que sería más difícil si no se confesara amparado en el secreto de confesión. Para la Iglesia católica, el secreto de confesión no admite grados: es “inviolable” para todos o no existe.

Todo esto es compatible con que la Iglesia tome las medidas que sean necesarias para proteger a los niños que están a su cuidado, de un modo mucho más eficaz de lo que lo hizo en las pasadas décadas desde los años sesenta. De hecho, no sé de ninguna otra institución que en los últimos años haya adoptado más medidas judiciales y prácticas para hacer realidad la “tolerancia cero” frente a los abusos. Quizá las recomendaciones de la Comisión Real australiana contribuyan a que también el Estado y otras instituciones hagan limpieza con la misma energía.

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