Esto es ético o no lo es?

2 diciembre, 2017

Blog Antonio Argandoña. Sigo el hilo de una entrada anterior, en que salía al paso de los que quieren que la ética sea cuestión de blanco o negro, cuando la realidad está llena de grises, y de otros muchos colores. Expliqué allí que hay cosas que no son éticas, ni poco ni mucho, que son malas y se acabó. Y otras que son poco éticas, pero también tienen aspectos buenos, que a veces las salvan.

Un colega del IESE solía decir que, en vez de poner énfasis en la cooperación al mal, habría que hablar más de cooperación al bien. Las críticas a las empresas serían más comedidas si empezasen reconociendo que, bueno, aunque esta empresa estropea algo el medio ambiente (no dramaticemos, ¿eh?), también crea empleo, y vende productos útiles para los consumidores… Me aconsejaron hace años que, si tenía que informar sobre alguien que había hecho algo mal, no dejase de subrayar sus cosas buenas, porque es de justicia reconocerlas.

Y otro colega, Juan Antonio Pérez López, también profesor del IESE, que murió hace unos años, decía que la calidad moral de una acción depende también de la calidad moral de la persona. Uno que en su vida ha dicho una sola verdad, y hoy, con gran esfuerzo y sacrificio, acaba diciendo una verdad a medias, se merece un aplauso, felicitaciones y abrazos. Pero una persona sincera que diga verdad a medias se merece censuras y críticas.

Pero en la entrada antes mencionada dije que hoy hablaría del tercer componente de la ética: normas, bienes… y virtudes. ¿Por qué necesitamos las virtudes, esos hábitos que adquirimos mediante la repetición de actos y la ayuda de los demás, apuntando siempre a conseguir lo mejor para nosotros y para los demás? Pues porque necesitamos fortalecer la voluntad para ser capaces de cumplir las normas y vivir las virtudes. Ese que nunca dijo una verdad, y lo hace hoy por primera vez, quizás lo haga por casualidad, o porque le conviene, o porque se ha equivocado… Pero es muy difícil que mañana vuelva a ser sincero, porque le falta la fortaleza de la voluntad que es necesaria para violentar las muchas razones que nos aconsejan decir una mentira. Más aún: no sabrá dónde hay una verdad y dónde una mentira, ni entenderá por qué ha de decir la verdad y no la mentira. Puede leerlo en los libros de ética, pero no se enterará.

Aristóteles decía que la ética se aprende en las personas virtuosas (no es literal, claro). Si consigo adquirir las virtudes y las practico habitualmente, tendré más sensibilidad por los problemas éticos; una persona que siempre dice la verdad, huele la mentira desde lejos. Y reconoceré el problema. Y sabré que debo buscar la mejor solución, no la que más me gusta o me conviene. Y pensaré alternativas, y si soy muy virtuoso se me ocurrirán muchas alternativas que otros no verán. Y juzgaré esas alternativas buscando la mejor, venciendo, ya lo he dicho, mi resistencia natural, mi comodidad, mi quedar bien, mi pereza, el qué dirán… O sea, decidiré bien. Y, ¡muy importante!, cuando tome la decisión, me esforzaré para ponerla en práctica.

Bonito, ¿no? Pues si esto es así -y yo estoy convencido de que es así-, ya se ve que la persona ética “ve” otras cosas, las valora de otra manera, encuentra consecuencias que los otros no ven, aprende otras cosas, las explica de otra manera, enseña otras historias, genera otros aprendizajes y otras lealtades… ¿A que vale la pena ser ético?

Pero… esto solo lo entiende el que se atreve a vivirlo. En algún momento hay que dar un salto en el vacío y decir: me parece que esto no me interesa, no gano nada haciéndolo, me van a pegar de bofetadas por todas partes… Pero… esto es lo que debo hacer.

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