Derechos u oportunidades ||Blog Antonio Argandoña

25 noviembre, 2017

Oh, cielos! ¡A Antonio le ha vuelto a entrar la enfermedad filosófica! ¿De qué nos va a hablar hoy? Lo siento. Bueno, no lo siento: empecé a escribir este blog hace ya unos cuantos años para decir lo que pensaba sobre algunas cosas, y sigo. Como casi siempre, no estoy muy seguro de mis ideas; por eso las pongo por escrito, con la esperanza de que alguien me abra los ojos y corrija mis errores. O sea que os paso la patata caliente a vosotros, mis lectores. Quiero hablar de derechos. Gran invento de la humanidad: tengo derecho a… Lo tengo porque me ampara la ley, porque lo afirma un contrato, porque… soy un ser humano y, como tal, tengo derecho a la vida, a la libertad, a tener mis propias ideas, a expresarlas y defenderlas, a no ser atacado injustamente… Los derechos son míos, frente a algunas personas o frente a todo el mundo. Con límites, habitualmente, empezando por el derecho del otro cuando se opone al mío.

Preparaba hace unos días una conferencia que di en el Foro Liberal, en Madrid, y me puse a pensar qué es la libertad. Un derecho, claro. Humano, o sea, innato, no concedido por nadie, que nadie puede quitarme -pueden, claro, pero haciendo injusticia y violencia. Pero al que yo puedo renunciar, en un acto de libertad (eso es el compromiso: un acto de libertad que, aparentemente, niega la libertad). Y me preguntaba por qué hoy la gente no valora mucho ese derecho. Y se me ocurría que, ¿para qué quiero ser libre? ¿Para consumir lo que quiera? Muy bien, gracias, pero yo no puedo disfrutarlo, porque estoy en paro y no tengo recursos. Me encantaría viajar a las Islas Seychelles, pero no sé si podré comer mañana, o sea que… mi libertad no me sirve de mucho. Es un derecho que no puedo disfrutar.

Y me acordaba de Amartya Sen y de Martha Nussbaum: los derechos son capacidades. Si no puedo satisfacer mi necesidad, mi libertad para hacerlo no me sirve. Y me venía a la mente lo que mucha gente dice: ¡dame los medios para satisfacer mi derecho, para ser libre! O sea, mi derecho crea un deber de otro, no a respetar mi derecho, sino a darme los medios. Y esto plantea un problema: ¿tengo derecho a los medios? ¿A todos, sean cuales sean? ¿A que me los dé alguien, sea quien sea? O sea, ¿voy a convertirme en dependiente (del Estado, de la seguridad social, de mi jefe) para ser libre? Esta es una de las paradojas de nuestra sociedad: renuncio a controlar mi vida en algunos aspectos (empleo, pensión, sanidad) a cambio de hacer lo que quiero con lo que me queda a mí de mi vida.

Y se me ocurría que hay otra manera de pensar en la libertad, o en los derechos, que es más profunda, útil y prometedora. La libertad es, además de un derecho, una oportunidad. Pero una oportunidad llama a un fin: oportunidad para estudiar, oportunidad para ejercer mi empresarialidad, oportunidad para alimentar a mi familia… Esto va más allá de la libertad como derecho (que ya es mucho, sin duda): es una “libertad para”, que va más allá de la “libertad de”.

Pero cuando alguien me dice que “tengo derecho a…” puedo preguntarle “¿para qué quieres ese derecho?”. Porque es mío, me responderá. De acuerdo, le diré, y le reconoceré el derecho. Pero si me pide capacidades (ayuda, medios), tendré que preguntarle: “¿para qué quieres esos medios? ¿Qué oportunidad quieres explotar?” ¿No lo sabes? Pues te reconoceré un derecho abstracto y nada más. ¿Sí lo sabes y me lo dices? Ahora cambia (o puede cambiar) la naturaleza de mi obligación: me puedo convertir en “socio” de tu proyecto. ¿No es atractivo esto?

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