Cruda realidad / Los acosos sexuales y la autodestrucción de Hollywood

25 noviembre, 2017

Está de moda. Sacar trapos sucios y decir que tal productor o actor me engañó y me sedujo. Lo cual huele de hipocresía victoriana. Es una forma de autolinchamiento, de derrumbamiento de un monumento al fariseísmo.

Actuall.Hace ya tiempo que no entro en una sala de cine y ni recuerdo la última vez que vi una película contemporánea, de semi estreno, en la pantalla pequeña, pero voy a comprar un cubo enorme de palomitas y a pertrecharme con todos los refrescos que pueda necesitar, a recostarme en el sofá y a disponerme a disfrutar de la última superproducción de Hollywood: su propia autodisolución.

Sí, ya sé que esta catarsis mastodóntica va más allá de Hollywood, que los últimos en ser acusados de abusos sexuales son el presentador progresista -y, como tal, telepredicador del dogma actual- Charlie Rose, y el eterno diputado demócrata de la Cámara de Representantes por Michigan John Conyers.
Pero Hollywood sigue siendo el epicentro de la riada, como es el epicentro de ese sermoneo constante y eficaz con el que se nos meten los nuevos artículos de fe a tacón, entre una irresistible sonrisa del galán y unas conmovedoras lágrimas de la dama.

Por eso les pido: déjenme disfrutar, aunque sea un placer malicioso, ver cómo casi cada día la nueva Inquisición manda a la hoguera a uno de estos nuevos aristócratas que llevan décadas diciéndonos desde sus mansiones en Malibú cómo tenemos que vivir el resto de los mortales para ser tan virtuosos como ellos.

Naturalmente, no creo que nadie con dos dedos de frente pensara que en Hollywood, precisamente en Hollywood, el abuso de poder y su traducción carnal no era moneda corriente.

Si hay un sector donde los navajazos deben de ser de aplaudir es en esta Meca con el poder de convertir a un donnadie en una cara familiar en todo el planeta.

Naturalmente también, muchas de las acusaciones son risibles, comentarios subidos de tono, insinuaciones picantes; cosas, en fin, que si bien desagradables nos hacen quedar a las mujeres, no como los seres decididos, fuertes y eficaces que pretenden que somos todas, sino como damiselas victorianas que piden las sales ante la menor insinuación grosera.

Esta es unas de las incontables contradicciones de la modernidad, una prueba de esa disonancia cognitiva que el progresista maneja como nadie, sosteniendo en su cabeza una idea y la contraria

Verán: las mujeres somos, por un lado, iguales a los hombres, fuertes, inteligentes y capaces, ‘Go, Girl!’, “soy mujer, óyeme rugir”.

Pero, por otro, todo nos ofende, de todo se nos tiene que proteger, necesitamos cuotas y el mundo laboral debe ajustarse a lo que parecen nuestras incontables necesidades y exigencias.

Naturalmente, por último, está lo que todo el mundo tiene en la cabeza y absolutamente nadie se atreverá a decir aunque lo abran en canal, porque no volvería a salir en los medios mientras viviese:

Que esto es una carretera de dos sentidos, y que si los ‘machos’ de Hollywood se han aprovechado de su poder para abusar de la candidez de las aspirantes a estrellas, las aspirantes a estrellas tenían igualmente un poderosísimo incentivo para aprovecharse de su juventud y su belleza a fin de encandilar al productor en cuestión y conseguirse el papel de sus sueños a cambio de sus favores.

Lo divertido es que estos señores acusados tendrían, estoy seguro, mil anécdotas que referir en el sentido contrario, pero ellos mismos se han privado de esta ‘defensa’ con su celo apostólico para vendernos el nuevo sexismo, que consiste en denigrar constantemente un sexo y ensalzar el otro (sí, solo hay dos).

Sugerir que las mujeres no somos seres angelicales y que algunas no tienen reparos en servirse de sus encantos para trepar es pecado de leso feminismo, aunque resulte perfectamente lógico, aunque la historia esté abarrotada de casos y aunque en privado todos lo reconozcamos.

Pero la modernidad es una rebelión contra la naturaleza y el sentido común, y a raíz del caso de la Manada que comentábamos el otro día han vuelto las voces –surgidas de lugares tan altos como la ex candidata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton– que exigen que a las mujeres se nos crea siempre en todas nuestras acusaciones, sin esas molestias procesales de pruebas, testigos y demás zarandajas.
Piénsenlo: gente inteligente, capaz y con enorme influencia sosteniendo completamente en serio que las mujeres somos incapaces de mentir. Una se queda sin palabras ante algo así. Por si sirve de algo, yo soy perfectamente capaz de hacerlo.

Hace tiempo que llevo profetizando en este espacio que el fin de la locura progresista no vendrá por la oposición del sentido común, hoy tan en retirada, sino de la autodestrucción, de la reducción al absurdo, de la lucha caníbal de unas tribus de víctimas contra otras.

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