El pánico moral del fascismo en América || El Sonar

5 septiembre, 2017

Antes de que la tormenta Harvey inundara Houston, los titulares de buena parte de la prensa norteamericana estaban copados por la alarma sobre la marea creciente de la extrema derecha que amenaza con anegar la democracia. Desde los disturbios de Charlottesville el 12 de agosto, provocados por la marcha de algunos centenares de activistas de extrema derecha, que terminaron con el atropello y muerte de un contramanifestante, se ha hablado continuamente de “una resurrección del fascismo en América”, favorecida, cómo no, por las ideas o inacciones de Trump.

Los bautizados “supremacistas blancos” serían la punta de lanza de un racismo rampante aún vigente en la sociedad americana. Charlottesville no sería un enfrentamiento aislado, como ha habido tantos otros bajo otros presidentes, sino la falla que revela hoy la división entre los fascistas y los defensores de la democracia. De ahí las voces de alarma: si no reaccionas ahora, luego vendrán a por ti. No hay permiso para mantenerse neutral entre la alt-right y lo que otros califican de alt-left, no menos intolerante con el adversario.

En ese clima, cualquier reparo a la “lucha contra el fascismo” se interpreta como una concesión al enemigo. Después de haber despotricado tanto sobre el furor iconoclasta de los talibanes, ahora el derribo de las estatuas de la Confederación sudista se convierte en un test de pureza ideológica. Y si piensas que quizá es mejor aprender de la historia que pretender borrarla, eres un colaboracionista de la opresión secular.

Puestos a quitar de en medio todo lo que refleje una insensibilidad respecto a la época de la esclavitud, Gone with the Wind puede ser retirada de la programación en Memphis o Las aventuras de Huckleberry Finn proscrita de la biblioteca pública. Tampoco es de buen tono invocar la Primera Enmienda para defender la libertad de expresión de todos, pues ahora lo importante es acabar con el “discurso del odio”, en el que basta que la opinión sea discrepante para que se descalifique como odiosa. En vez de combatirla con razones, hay que silenciarla. Y si, como ocurrió en Boston, se produce una pequeña protesta en defensa de la libertad de expresión, también estos manifestantes pasan a ser “supremacistas blancos”.

Después de tanto lamento sobre la sociedad de la posverdad, cabría esperar que, al menos en los medios de comunicación, los datos sobre los nuevos nazis americanos contaran más que las emociones. Pero no abundan los datos que permitan cuantificar el fenómeno de los “supremacistas bancos”. Da la impresión de que basta la foto de un energúmeno racista con un fusil al hombro para denunciar un peligro nacional. Se pierde así de vista el contexto y las proporciones de un fenómeno, lo que es indispensable para comprender los hechos.

Sin duda, en la sociedad americana existen grupos de “supremacistas blancos”, fanáticos e intolerantes. Otra cosa es que constituyan una amenaza nacional. Todos los indicios sugieren que son pequeños grupos, más presentes en algunas zonas del sur que en el conjunto del país, más peligrosos por su afición a las armas que por su capacidad de movilización. Sus ideas son poco influyentes, y tampoco tienen mucho que ver con el fascismo, excepto en que son simplistas y antidemocráticas.

Para valorar el auge del “nazismo americano”, habría que recordar, como ha hecho Mick Hume en Spiked, que en febrero de 1939, pocos meses antes del comienzo de la II Guerra Mundial, una concentración en el Madison Square Garden, en pleno corazón de Nueva York, reunió a 22.000 miembros del German-American Bund, el mayor grupo pronazi de los años 30 en Estados Unidos. En comparación con eso, las denuncias actuales sobre el peligro nazi parecen sacadas de una obra de ficción, como hizo Philip Roth en La conjura contra América.

La resurrección del fascismo en América tiene los ropajes de uno de esos pánicos morales, que de vez en cuando meten miedo a la sociedad, pero que tienen poco que ver con la realidad. Los medios liberales, que se ven a sí mismos como salvadores de la democracia, necesitan convencernos de que está en peligro. El auge de los movimientos de extrema derecha sería una nueva prueba de la peligrosidad del populismo de Trump.

Los políticos demócratas, incapaces de explicarse por qué el electorado no respondió a sus propuestas, encuentran una respuesta fácil en la convicción de que las mentes populares han sido inficionadas por ideas xenófobas e irracionales de extrema derecha. La rebelión de los votantes contra el establishment político no sería más que una revuelta fascista.

El mejor antídoto contra cualquier pánico moral es una dieta informativa más atenta a los hechos que a las emociones. Pues el verdadero riesgo para la democracia es que el debate político se transforme en una confrontación maniquea de pasiones colectivas. Si, como gritan las pancartas, racismo no es patriotismo, tampoco basta sentirse antifascista para ser un heraldo de la democracia.

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